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Pasion y Remordimiento Pelicula Completa en Nuestra Carne

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Pasion y Remordimiento Pelicula Completa en Nuestra Carne

Era una noche calurosa en el DF, de esas que te pegan el pelo a la nuca y te hacen sudar hasta el alma. Me recosté en el sofá de mi depa en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un secreto. Tenía ganas de algo que me moviera por dentro, neta. Abrí la laptop y busqué pasion y remordimiento pelicula completa, esa película vieja que decían que era puro fuego prohibido. La encontré en un sitio pirata, la descargué rapidito y le di play. La pantalla se iluminó con besos robados, miradas que queman, cuerpos enredados en sábanas revueltas. El olor a palomitas rancias del microondas se mezclaba con mi propio aroma, ese dulzor entre las piernas que ya empezaba a traicionarme.

La prota, una morra como yo, caía en los brazos de su amante, un tipo con ojos de diablo. Sus gemidos salían del parlante, roncos, reales, y yo sentía el calor subiendo por mi pecho.

¿Por qué carajos me pongo así con una pinche película?
me dije, mientras mi mano bajaba sola por mi blusa suelta. Recordé a Marco, mi ex, el wey que me dejó hace un año por una pendeja de oficina. Pero neta, lo extrañaba. Su olor a colonia barata y sudor fresco, su verga dura contra mi nalga en la mañana. Saqué el cel y le mandé un mensaje: "Wey, ven. Tengo algo que ver contigo". No esperé respuesta, sabía que vendría volando.

Media hora después, la puerta sonó. Abrí y ahí estaba él, con esa sonrisa chueca que me deshacía. Olía a cerveza y a la noche de la calle, tacos de suadero en el aire. "Qué onda, carnala", dijo, entrando como si nunca se hubiera ido. Lo jalé al sofá, pausamos la pasion y remordimiento pelicula completa en la escena donde ella lo monta como si no hubiera mañana. "Mira esto", le susurré, mi aliento caliente en su oreja. Sus ojos se clavaron en la pantalla, pero yo veía cómo se le ponía la piel de gallina, cómo su pantalón se tensaba.

Nos sentamos cerquita, muslos pegados, el calor de su pierna traspasando la tela delgada de mi short. "Esta película es como nosotros, ¿no?", murmuró, su voz grave vibrando en mi piel. Yo asentí, mordiéndome el labio. Su mano rozó mi rodilla, un toque inocente que no lo era. Sentí el pulso en mi concha, latiendo fuerte, húmeda ya. No pares, pensé, mientras el olor de su excitación llegaba hasta mí, ese almizcle macho que me volvía loca. Hablamos de todo y nada, de los meses separados, de cómo él se arrepentía de haberme dejado. "Fui un pendejo", confesó, y yo reí bajito, porque sí, lo fue, pero ahora estaba aquí.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Su dedo trazó mi muslo, subiendo lento, torturándome. Yo giré la cara, nuestros labios a milímetros. El primer beso fue suave, explorador, saboreando el tequila en su lengua. Pero pronto se volvió hambre pura. Lo empujé contra el sofá, montándome encima, sintiendo su verga tiesa presionando mi centro. "Te extrañé tanto, Marco", jadeé, mientras mis caderas se movían solas, frotándome contra él. Sus manos grandes me amasaron las nalgas, apretando fuerte, dejando marcas que dolían rico.

Nos quitamos la ropa como fieras. Su camisa voló, revelando ese pecho moreno, velludo justo donde me gustaba enterrar la cara. Yo me saqué la blusa, mis chichis saltando libres, pezones duros como piedras. Él los chupó con hambre, lamiendo, mordisqueando, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación. Olía a mi piel sudada, a su saliva mezclada con mi sudor. Bajé la mano, metiéndola en su bóxer, agarrando esa verga gruesa, palpitante. "Métemela ya", le rogué, pero él sonrió malicioso. "No tan rápido, mamacita".

Me recostó, besando mi vientre, bajando hasta mi concha empapada. Su lengua entró como un rayo, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis jugos que sabían a sal y deseo. Gemí fuerte, arqueándome, mis uñas en su pelo.

¡Dios, qué rico!
El placer subía en olas, mis piernas temblando, el sofá crujiendo bajo nosotros. Él metió dos dedos, curvándolos justo ahí, follándome lento mientras su boca no paraba. Yo exploté primero, un orgasmo que me dejó viendo estrellas, gritando su nombre, el cuerpo convulsionando.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas. Sentí la punta de su verga en mi entrada, resbalosa, caliente. "Dime que la quieres", gruñó. "¡Sí, cabrón, métela toda!", respondí, empujando contra él. Entró de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El sonido de carne contra carne empezó, chapoteando con mis jugos. Sus bolas golpeaban mi clítoris, sus manos en mis caderas guiándome. Sudábamos como locos, el olor a sexo puro invadiendo todo. "Eres tan chingona", jadeaba él, acelerando, su aliento en mi espalda.

Cambié de posición, queriendo verlo. Me monté encima, cabalgándolo como en la película. Sus ojos clavados en mis chichis rebotando, sus manos amasándolas. Yo controlaba el ritmo, bajando duro, sintiendo cada vena de su verga rozándome por dentro. El placer era eléctrico, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Él se tensó, gruñendo, "Me vengo, amor". Yo aceleré, mi segundo orgasmo rompiéndome en pedazos, leche caliente llenándome, goteando por mis muslos. Colapsamos juntos, pegajosos, jadeantes, el corazón tronando como tambores.

Después, en la calma, nos quedamos abrazados, la pantalla aún pausada en pasion y remordimiento pelicula completa. Su dedo trazaba mi espina, suave. "Esto no cambia nada, ¿verdad?", murmuró, y ahí vino el remordimiento, un pinchazo en el pecho. Sabíamos que mañana él volvería con su novia, yo con mi vida sola. Pero en ese momento, con su piel pegada a la mía, el olor de nuestro amor líquido secándose, no importaba. "Fue perfecto, wey", le dije, besándolo lento. Él sonrió triste, pero satisfecho. Se vistió despacio, prometiendo volver. Cerré la puerta, volví al sofá, y reanudé la película. La pasion había sido real, el remordimiento un precio chido por esa noche completa de fuego en nuestra carne.

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