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Flor de la Pasion Dibujo en Piel Ardiente

7585 palabras

Flor de la Pasion Dibujo en Piel Ardiente

El sol de Puerto Escondido caía a plomo sobre las calles empedradas, pero adentro del taller de tatuajes La Ola Azul, el aire estaba fresco, cargado con olor a tinta fresca y madera de cedro. Laura empujó la puerta de cristal, haciendo sonar la campanita que colgaba del techo. Tenía veintiocho años, piel morena besada por el mar, y un antojo loco de marcar su cuerpo con algo que gritara pasión. Había visto en Instagram un flor de la pasion dibujo que le había robado el aliento: pétalos violetas retorcidos como lenguas de fuego, centro dorado palpitante, como un corazón expuesto.

¡Órale, pasa, mamacita! —gritó desde el fondo un vozarrón grave, con ese acento oaxaqueño que erizaba la piel.

Ahí estaba Javier, el tatuador, un moreno de brazos tatuados hasta los hombros, con ojos negros que parecían pozos sin fondo. Treinta y tantos, con una sonrisa pícara que prometía pecados. Laura sintió un cosquilleo en el estómago, como cuando el mar te lame los pies antes de una ola grande.

¿Qué chingados hago aquí? Solo vine por un tatuaje, pero este carnal me ve como si ya me estuviera desnudando.

—Quiero esa flor de la pasion dibujo —dijo ella, señalando la foto en su celular—. Pero grande, en la cadera, que se curve como si estuviera viva.

Javier se acercó, su colonia de sándalo invadiendo el espacio. Tomó el teléfono, rozando sus dedos con los de ella. El toque fue eléctrico, un chispazo que le subió por el brazo hasta los pezones, que se endurecieron bajo la blusa ligera.

Está chingón ese diseño, güey. Pero para que quede perfecto, hay que probarlo primero en la piel. ¿Te animas a un dibujo temporal? Con henna, se ve como real, y si te late, lo hacemos permanente.

Laura asintió, el corazón latiéndole como tambor en fiesta. Se quitó la falda playera, quedando en tanga y top. Javier preparó la henna, mezclándola con aceites que olían a jazmín y canela. La hizo recostarse en la camilla, piel contra cuero fresco.

El primer trazo fue un suspiro. La punta del pincel, suave como pluma de garza, rozó su cadera. Javier dibujaba con precisión, pétalos curvándose sobre su hueso ilíaco, el centro de la flor rozando el borde de su tanga. Cada pasada enviaba ondas de calor, el barro fresco contrastando con su piel caliente.

Relájate, nena —murmuró él, su aliento cálido en su muslo—. Siente cómo la flor cobra vida en ti.

Laura cerró los ojos, oyendo el rasgueo del pincel, el ventilador zumbando, el lejano romper de olas. Su mente divagaba: imaginaba la flor abriéndose, pétalos húmedos de rocío, centro palpitante invitando a ser tocado.

Terminado el dibujo, Javier se apartó para admirarlo. —Mírate, estás de poca madre. Como una diosa azteca con su emblema de pasión.

Ella se incorporó, mirándose en el espejo. La flor de la pasion dibujo parecía moverse con su respiración, violetas intensos contra su piel canela, el centro dorado brillando como miel caliente. Se sintió poderosa, sexy, deseada.

—¿Te gusta? —preguntó él, voz ronca, ojos fijos en la curva de su cadera.

—Me encanta —susurró ella, girándose hacia él—. Tú lo hiciste perfecto.

El aire se espesó, cargado de electricidad. Javier dio un paso, su mano grande posándose en su cintura, pulgar rozando el borde del dibujo. Laura no se apartó; al contrario, su cuerpo se inclinó hacia él, pechos subiendo y bajando rápido.

¡La neta, este pendejo me prende como mecha! ¿Y si le digo que sí? Solo hoy, puro vicio consensual.

Acto dos: la escalada. Javier la besó primero, labios firmes probando los suyos, lengua danzando como ola en playa. Laura respondió con hambre, manos enredándose en su cabello negro, tirando suave. Él la levantó a la camilla, quitándole el top con urgencia reverente. Sus pechos libres, pezones oscuros duros como piedras de obsidiana.

Eres una chulada, Laura —gruñó, boca bajando a morderle el cuello, chupar el lóbulo de la oreja. Olía a mar y sudor limpio, sabor salado en su lengua.

Ella jadeó, uñas arañando su espalda bajo la camiseta. —Quítatela, carnal. Quiero sentirte todo.

Camisetas volaron, pantalones siguieron. Javier desnudo era escultura viva: pecho ancho, abdomen marcado, verga erecta gruesa, venosa, apuntando como flecha. Laura la tocó, piel aterciopelada sobre hierro caliente, pulso latiendo en su palma. Él gimió, profundo, animal.

Manos expertas exploraron. Javier trazó la flor de la pasion dibujo con lengua, lamiendo henna fresca, pétalos húmedos ahora de saliva. Bajó más, tanga a un lado, lengua hundiéndose en su sexo depilado, clítoris hinchado como el centro de la flor. Laura arqueó la espalda, gemidos escapando: ¡Ay, cabrón, qué rico! Sabor a mariscos frescos, jugos dulces mezclados con henna especiada.

Ella lo empujó abajo, montándolo. Verza en mano, la frotó contra su entrada húmeda, labios vaginales abriéndose como pétalos. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, estirada, llena. Javier gruñó, manos en sus caderas guiando, pulgares presionando la flor dibujada.

Cabálgame, reina —pidió él, ojos en llamas.

Laura montó como amazona, caderas girando, subiendo bajando. Piel contra piel chapoteando, sudor perlando cuerpos, olor a sexo crudo invadiendo el taller. Cada embestida rozaba su punto G, la flor vibrando con el movimiento, henna fresca untándose en su pubis.

¡Esto es puro fuego! Su verga me parte en dos, pero qué chido duele-placer. La flor late conmigo, pasión pura.

Cambiaron: él encima, misionero feroz, piernas de ella en sus hombros, penetrando profundo. Olas de placer subiendo, vientre contrayéndose. Javier chupó sus tetas, mordiendo pezones, mientras su mano bajaba a frotar clítoris. Ella gritó, uñas en su culo empujándolo más adentro.

Me vengo, pendejo! —chilló Laura, orgasmo explotando como pirotecnia en Guelaguetza. Paredes vaginales apretando su verga, jugos chorreando.

Javier siguió bombeando, gruñendo, hasta que se tensó, semen caliente llenándola en chorros potentes. Colapsaron, jadeantes, corazones tronando al unísono.

Acto tres: el afterglow. Yacían enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos, henna emborronada pero aún vibrante. Javier besó la flor de la pasión dibujo, ahora parte de ella para siempre.

¿Lo hacemos permanente? —preguntó él, voz suave, dedo trazando su espina dorsal.

Laura sonrió, girándose a besarlo lento. —Sí, carnal. Esta flor es nuestra pasión. Mañana lo tatuamos de verdad.

Se levantaron despacio, duchándose juntos en el baño trasero. Agua caliente lavando pecados, manos jabonosas explorando de nuevo, pero tiernas. Salieron al atardecer, playa llamando con su rumor eterno. Laura caminaba con paso nuevo, la flor latiendo en su piel, recuerdo ardiente en su alma.

En la noche, sola en su cabaña, se miró al espejo. La henna perduraba, pétalos violetas recordándole el día. Tocó su sexo aún sensible, sonrisa pícara.

Qué chingonería de día. Javier y su flor de la pasion dibujo me despertaron el fuego que traía dormido. Mañana más, y quién sabe, tal vez algo más que tatuajes.

Durmió con sueños de olas y pasiones florecidas, cuerpo saciado, corazón abierto como esa flor eterna.

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