La Pasion Sensual de Cristo Segun San Juan
En la penumbra de mi recámara en el corazón de Guadalajara, con el aroma a jazmín flotando desde el jardín, me recosté en la cama king size que compartíamos Juan y yo. Era Viernes Santo, pero en lugar de procesiones ruidosas y veladoras parpadeantes, preferíamos nuestra propia ceremonia privada. Juan, mi hombre de ojos oscuros y piel morena curtida por el sol tapatío, entró con el libro en la mano: La Pasión de Cristo según San Juan. Lo había comprado en la catedral esa misma mañana, con una sonrisa pícara que me hizo mojarme al instante.
"Órale, mi reina", murmuró con esa voz ronca que me eriza la piel, "voy a leerte esto como si fueras María Magdalena y yo el mismísimo Cristo". Su aliento cálido rozó mi oreja mientras se acostaba a mi lado, el colchón hundiéndose bajo su peso musculoso. Yo, Ana, de curvas generosas y labios carnosos, vestida solo con una camisola de encaje negro que apenas cubría mis pechos llenos, sentí un cosquilleo en el vientre. El aire estaba cargado de ese olor a hombre limpio, mezclado con el sudor ligero de la tarde calurosa.
Abrió el libro y comenzó a leer en voz baja, pausada, como un sacerdote en éxtasis. "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios...". Cada palabra salía de su boca como una caricia prohibida. Mis pezones se endurecieron contra la tela fina, y apreté las piernas para contener el calor que subía desde mi panocha. Lo miré: su mandíbula cuadrada, la vena palpitando en su cuello, las manos grandes que tanto me habían explorado. "¿Por qué esto me prende tanto?", pensé, mientras mi mente divagaba en imágenes pecaminosas. Juan levantó la vista, sus ojos brillando con deseo. "¿Quieres que siga, o prefieres que te demuestre la pasión de verdad?"
El primer acto de nuestra noche santa acababa de empezar. Le quité el libro de las manos y lo besé con hambre, saboreando el dulzor de su lengua que sabía a café de olla y promesas. Nuestros cuerpos se pegaron, piel contra piel, el roce áspero de su pecho velludo contra mis senos suaves. Olía a su loción de sándalo, y yo a mi perfume de vainilla que lo volvía loco. "Chíngame con tus palabras primero", le susurré, guiando su mano bajo mi camisola.
La tensión crecía como la procesión que subía la colina afuera, con tambores lejanos retumbando en mi pecho. Juan deslizó sus dedos por mi muslo interno, rozando el calor húmedo entre mis piernas. "Estás empapada, mi amor", gruñó, y yo gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. Sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, lo masajearon en círculos lentos, enviando chispas de placer por mi espina. Yo arañé su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas, el sudor empezando a perlar su piel. En mi mente, las palabras del libro se mezclaban: "Padre, líbrame de esta hora...". Pero yo no quería librarme; quería hundirme más.
¿Soy una pecadora por desearlo así? Que se joda el pecado, esto es mi salvación, pensé mientras mi cadera se arqueaba contra su mano.
Nos quitamos la ropa con urgencia juguetona. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando hacia mí como una ofrenda. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, el calor que emanaba como un hierro al rojo. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su pre-semen, mientras él jadeaba "¡Qué chingón, Ana!". El sonido de su voz quebrada me empoderaba, me hacía sentir diosa en vez de devota.
El medio tiempo llegó con la escalada imparable. Juan me volteó boca abajo, besando mi nuca, lamiendo el sudor de mi espalda hasta llegar a mis nalgas redondas. Sus manos las separaron, y su lengua exploró mi culito y luego bajó a mi panocha chorreante. El placer era eléctrico: el roce húmedo de su boca, el chasquido de sus labios succionando mis labios mayores, el aroma almizclado de mi excitación llenando la habitación. Grité su nombre, mis caderas temblando, mientras él introducía dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. "La Pasión de Cristo según San Juan nunca fue tan viva", balbuceé entre gemidos, y él rio contra mi piel, vibrando hasta mi alma.
Me giró de nuevo, colocándome a horcajadas sobre él. Nuestros ojos se clavaron: los suyos fieros, los míos suplicantes. Deslicé su pinga dentro de mí, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, me llenaba hasta el fondo. El estirón ardiente dio paso a un placer pleno, mis paredes internas apretándolo como un guante. Comencé a cabalgarlo despacio, el slap-slap de nuestros cuerpos chocando, el chirrido de la cama, sus manos amasando mis tetas. Sudor goteaba de su frente al valle entre mis pechos; lo lamí, salado y adictivo. "Más rápido, pendejita caliente", me urgió con cariño juguetón, y yo aceleré, mis gemidos convirtiéndose en alaridos.
La intensidad psicológica nos envolvía. En su mente, yo era la redentora; en la mía, él mi mesías carnal. Recordé fragmentos del libro: "Consumado es". Sí, lo sería pronto. Cambiamos posiciones: él encima, embistiéndome con fuerza controlada, su pelvis golpeando mi clítoris con cada thrust. Sentía su corazón galopando contra mi pecho, olía nuestro sexo mezclado con el jazmín, oía los susurros de "te amo" entre jadeos. Mis uñas en su culo lo espoleaban, mis piernas envolviéndolo como cadenas de pasión.
El clímax se acercaba como la resurrección prometida. "¡Me vengo, Juan!", grité, y el orgasmo me destrozó en olas: contracciones pulsantes alrededor de su verga, visión borrosa, un grito gutural que debió oírse en la calle. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su rugido animal vibrando en mi cuello. Colapsamos, entrelazados, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.
En el afterglow, Juan me acarició el cabello húmedo, besando mi sien. El libro yacía olvidado en el suelo, páginas abiertas como testigo de nuestra herejía santa. "La Pasión de Cristo según San Juan palidece ante la nuestra", susurró, y yo sonreí, saboreando el remanente de él en mis labios. Afuera, los cohetes de la procesión estallaban, pero nuestro fuego interno ardía más fuerte. Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, planeando la próxima lectura pecaminosa. Esta era nuestra fe, nuestra comunión carnal, eterna y chida como solo en México se vive.