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Pasión en Japonés entre Sábanas Mexicanas

6875 palabras

Pasión en Japonés entre Sábanas Mexicanas

Imagina que estás en un bar chido de Polanco, con luces tenues que bailan sobre tu piel morena. El aire huele a sake caliente y a tacos de sushi que acaban de pasar por la barra. Tú, con ese vestido negro ajustado que resalta tus curvas, tomas un sorbo de tu michelada mientras observas al tipo ese que acaba de entrar. Hiroshi, se llama, un japonés alto y delgado, con ojos rasgados que brillan como neón de Tokio. Lleva una camisa blanca impecable, arremangada, mostrando antebrazos fuertes. Neta, desde que lo viste, sientes un cosquilleo en el estómago, como si el tequila te hubiera pegado de una.

Se acerca a la barra, pide un whisky en un japonés suave mezclado con inglés. Tú no aguantas y le sueltas un "¿Qué onda, wey? ¿Hablas español?" con tu acento chilango puro. Él se ríe, una risa baja y ronca que te eriza la piel, y responde en un español torpe pero sexy: "Un poco. Tú... muy bonita." Órale, piensas, este carnal sabe lo que hace. Empiezan a platicar, él cuenta que está de viaje de negocios en la Ciudad de México, que adora la comida picante y las noches calurosas. Tú le hablas de tus clases de japonés que tomaste hace un rato, por curiosidad, para ver animes sin subtítulos. Pasión en japonés, le dices, recordando una frase que aprendiste: "Aishiteru", que significa te amo, pero con un fuego que quema por dentro.

La tensión crece con cada mirada. Sus ojos recorren tu escote, y tú sientes el calor subir por tus muslos. El bar zumba con risas y música lounge, pero entre ustedes hay un silencio cargado, como el aire antes de la lluvia. Él se acerca más, su aliento huele a whisky y a algo exótico, como jazmín y mar. "¿Quieres aprender más japonés... pasión?" susurra, y su mano roza la tuya accidentalmente, pero no tanto. Tú asientes, el pulso te late en las sienes. Salen del bar tomados de la mano, el viento nocturno de Reforma acaricia tu piel, erizándola. Caminan hacia su hotel, un cinco estrellas con vistas al skyline, y cada paso aviva el fuego en tu vientre.

¿Qué carajos estoy haciendo?, piensas mientras suben en el elevador. Pero neta, su cercanía te enloquece. Ese olor a colonia fresca, su calor corporal tan cerca.

En la habitación, las luces de la ciudad parpadean a través de las cortinas. Él cierra la puerta con un clic suave, y de pronto te voltea contra la pared, besándote con hambre. Sus labios son firmes, su lengua sabe a sake dulce y salado. Tú gimes bajito, tus manos enredándose en su cabello negro azabache, suave como seda. "Kimochi ii", murmura contra tu boca, y tú preguntas qué significa. "Se siente bien", traduce, y lo repite mientras sus manos bajan por tu espalda, desabrochando el vestido con dedos precisos, como un samurai manejando su katana.

El vestido cae al piso con un susurro, dejándote en lencería roja que contrasta con tu piel canela. Él te mira, devorándote con los ojos, y sientes su erección presionando contra tu vientre. "Estás cañón, Hiroshi", le dices, y él ríe, quitándose la camisa. Su pecho es liso, musculoso, con un vello fino que invita a tocar. Lo empujas a la cama king size, las sábanas frescas contra su piel caliente. Te subes encima, montándolo como una reina, sintiendo su durección dura bajo tus nalgas. El aroma de su excitación sube, almizclado y embriagador, mezclado con tu propio olor a deseo húmedo.

Empieza el juego lento. Tus uñas arañan su pecho suavemente, dejando marcas rosadas que él adora. "Motto... más fuerte", pide en japonés entrecortado, y tú obedeces, apretando sus pezones entre tus dedos. Él gime, un sonido gutural que vibra en tu clítoris. Baja las manos a tu culo, amasándolo con fuerza, y tú arqueas la espalda, el placer como electricidad recorriéndote la espina. Pasión en japonés, piensas, mientras él susurra "Suki da yo" – me gustas –, su voz ronca como grava.

La intensidad sube. Te quitas el bra, tus senos rebotan libres, pezones duros como piedras preciosas. Él se incorpora, chupándolos con avidez, su lengua girando en círculos que te hacen jadear. Sientes la saliva tibia, el roce áspero de su barba incipiente. "¡Qué rico, cabrón!", gritas, tirando de su pelo. Él te voltea boca abajo, besando tu nuca, bajando por la columna vertebral con labios febriles. El colchón se hunde bajo su peso, y cuando llega a tus glúteos, separa tus piernas con gentileza. Su aliento caliente en tu sexo te hace temblar, el vello de tu monte púbico erizado.

Neta, nunca sentí algo así. Es como si su boca hablara japonés directamente a mi alma.

Lame tu clítoris con maestría, lento al principio, saboreando tus jugos salados y dulces. Tú muerdes la almohada, el olor a lavanda del hotel mezclándose con el almizcle de sexo. Sus dedos entran en ti, curvándose justo ahí, en el punto G, frotando con ritmo experto. "Iku... ven", murmura, animándote a correrte. El orgasmo te golpea como un volcán, ondas de placer sacudiendo tu cuerpo, jugos empapando sus labios. Gritas su nombre, "¡Hiroshi, sí!", las piernas temblando.

Pero no para. Te pone de rodillas, su verga gruesa y venosa frente a tu cara. La tocas, suave como terciopelo sobre acero, oliendo a hombre puro. La chupas, saboreando la gota salada de precum, tu lengua bailando en la cabeza hinchada. Él gruñe, "Sugoi... increíble", sus caderas moviéndose despacio. Lo montas de nuevo, esta vez de reversa, sintiendo cómo te llena por completo, estirándote deliciosamente. El slap-slap de carne contra carne llena la habitación, sudor perlando vuestras pieles, el aire espeso de gemidos y jadeos.

Él te agarra las caderas, embistiéndote desde abajo con fuerza controlada. Cada penetración roza tu clítoris interno, construyendo otra ola. "Aishiteru... te amo en pasión", jadea, mezclando idiomas, y tú respondes "Te quiero adentro, wey, dame todo". El clímax llega juntos: tú aprietas alrededor de él, ordeñándolo, mientras él se corre con un rugido, chorros calientes llenándote, desbordando por tus muslos. El mundo se disuelve en blanco, pulsos latiendo al unísono, olores de semen y sudor envolviéndolos.

Caen exhaustos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y tibia. Él acaricia tu cabello, besando tu frente. "Pasión en japonés... contigo, perfecta", susurra. Tú ríes bajito, el corazón lleno, sintiendo su semen escurrir lento. Afuera, la ciudad duerme, pero en esa cama, el fuego aún arde embers. Te acurrucas contra su pecho, oyendo su corazón calmarse, sabiendo que esta noche mexicana con sabor japonés te cambió para siempre. Mañana quién sabe, pero ahora, en el afterglow, todo es paz y promesas susurradas.

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