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La Pasion Ardiente de la Pelicula de Mel Gibson La Pasion de Cristo

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La Pasion Ardiente de la Pelicula de Mel Gibson La Pasion de Cristo

Estás recostado en el sofá de tu departamento en la Condesa, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a palomitas recién hechas flotando en el aire. Tu novia, Lupe, se acurruca contra ti, su piel morena y suave rozando tu brazo desnudo. Llevan meses saliendo, wey, y cada noche es como una chispita que prende más el fuego. Hoy decidieron ver la película de Mel Gibson, La Pasión de Cristo, porque Lupe es fanática de esas historias intensas, de sufrimiento y redención que te dejan el alma revuelta.

"Órale, carnal, esta película es bien pesada", dice ella con esa voz ronca que te pone la piel de gallina, mientras el tráiler empieza en la tele grande. Sus dedos trazan círculos perezosos en tu muslo, y sientes el calor de su cuerpo filtrándose por la playera floja que trae puesta. Tú asientes, pero ya tu mente vuela. Mel Gibson dirigió esta obra maestra, con toda esa pasión cruda, sudor y sangre que parece palpitar en la pantalla. No es porno, neta, pero hay algo en esa entrega total que te acelera el pulso.

La película arranca. Jim Caviezel como Jesús, azotado, coronado de espinas. Lupe aprieta tu mano, su respiración se acelera con cada latigazo que suena como trueno en los altavoces. ¿Por qué me excita tanto esto?, piensas, mientras el aroma de su perfume mezclado con el sudor leve de la noche te invade las fosas nasales. Su pecho sube y baja rápido, rozando tu costado, y sientes cómo sus pezones se endurecen bajo la tela delgada. Tú tratas de concentrarte en la historia, en la traición de Judas, pero tu verga ya empieza a despertar, presionando contra el pantalón de pijama.

En la escena del huerto de Getsemaní, donde Jesús suda sangre en agonía, Lupe gira la cara hacia ti. Sus ojos oscuros brillan con algo más que empatía. "Mira cómo sufre por amor, wey... qué pasión tan cabrona". Su mano sube por tu muslo, juguetona, y tú sientes el roce eléctrico de sus uñas cortas. El corazón te late como tambor, y el sonido de la lluvia en la película se mezcla con el zumbido de tu propia sangre.

"¿Quieres que paremos?", susurras, pero tu voz sale ronca, traicionándote.
Ella niega con la cabeza, mordiéndose el labio inferior, hinchado y rojo.

El beso de Judas en pantalla, traicionero y húmedo, es el detonante. Lupe se voltea completamente hacia ti, sus labios capturando los tuyos en un beso que sabe a sal y deseo. Su lengua invade tu boca, explorando con hambre, mientras sus manos tiran de tu playera. Sientes el sabor de las palomitas en ella, dulce y crujiente, mezclado con su saliva cálida. Tus dedos se hunden en su cabello negro, ondulado, oliendo a shampoo de coco fresco. La película sigue de fondo, los gemidos de dolor de Cristo como banda sonora perversa para su beso cada vez más feroz.

Acto dos: la escalada. La pausas la película con el control remoto que cae al piso, olvidado. Lupe te empuja contra los cojines, montándose a horcajadas sobre ti. Su peso es perfecto, sus caderas anchas presionando contra tu erección dura como piedra. "Quiero esa pasión, pendejo", murmura contra tu cuello, lamiendo la piel salada, mordisqueando el lóbulo de tu oreja. Sientes su aliento caliente, su aliento acelerado, y el olor almizclado de su excitación empieza a filtrarse, embriagador, haciendo que tu cabeza dé vueltas.

Le quitas la playera de un jalón, revelando sus tetas firmes, pezones chocolate oscuros erguidos como balas. Tus manos las acunan, pulgares rozando las puntas sensibles, y ella gime bajito, arqueando la espalda. Neta, esta morra me vuelve loco, piensas mientras bajas la boca a uno, chupando fuerte, saboreando la piel suave y el leve sudor que perla ahí. Ella se mueve sobre ti, frotando su concha húmeda contra tu verga a través de la tela, el calor húmedo traspasando todo. "Estás mojada, rica", le dices, y ella ríe, juguetona: "Culpa de Mel Gibson y su pinche película, wey".

La volteas, poniéndola de rodillas en el sofá, y le bajas los shorts. Su culo redondo, prieto, se ofrece, y el olor de su panocha empapada te golpea como una ola: almizcle dulce, invitador. Metes los dedos entre sus labios hinchados, resbalosos de jugos, y ella jadea, empujando hacia atrás. "Sí, así, cabrón... métemela ya". Pero no, vas despacio. La lames desde atrás, lengua plana deslizándose por su raja, probando su sabor ácido y salado, mientras tus manos aprietan sus nalgas. Sus gemidos suben de volumen, mezclándose con el eco lejano de la película pausada, donde Cristo carga la cruz.

La tensión crece como tormenta. Te paras, te quitas todo, y ella se gira, ojos vidriosos de lujuria. Te jala hacia abajo, su boca envuelve tu verga de golpe, chupando con avidez. Sientes la succión caliente, su lengua girando alrededor del glande, saliva goteando por tu saco. Tus caderas se mueven solas, follando su boca suave, mientras agarras su cabeza.

"Eres una diosa, Lupe... qué chingón"
, gruñes, y ella responde con vibraciones de su garganta que te hacen ver estrellas.

Pero quieres más. La levantas, la llevas a la recámara, alfombra mullida bajo tus pies descalzos. La tumbas en la cama king size, sábanas de algodón fresco oliendo a detergente limpio. Te posicionas entre sus piernas abiertas, su concha reluciente, palpitante. Rozas la punta de tu verga contra su clítoris, viendo cómo tiembla, oyendo sus ruegos: "Cógeme ya, no seas mamón". Empujas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes calientes y aterciopeladas te aprietan, succionándote adentro. El sonido húmedo de la unión, chapoteo obsceno, llena la habitación.

Follan despacio al principio, mirándose a los ojos, sudores mezclándose, pieles chocando con palmadas rítmicas. Ella clava uñas en tu espalda, dejando surcos rojos que arden delicioso. Aceleras, embistiendo profundo, bolas golpeando su culo, mientras ella grita: "¡Más fuerte, wey! ¡Desátame la pasión como en esa película!". El clímax se acerca, pulsos latiendo en sincronía, olores de sexo impregnando el aire: sudor, semen preeyaculatorio, su esencia femenina.

El desahogo final. Cambian a ella encima, cabalgándote como amazona salvaje. Sus tetas rebotan, cabello azotando su cara, gemidos convirtiéndose en alaridos. Sientes su concha contraerse, ordeñándote, y explotas dentro, chorros calientes llenándola mientras ella se corre, chorros de squirt mojando tus muslos, cuerpo convulsionando. Caen juntos, exhaustos, piel pegajosa, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco.

Después, en el afterglow, Lupe se acurruca en tu pecho, dedo trazando patrones en tu piel húmeda. El olor a sexo persiste, dulce y saciante. "Gracias por esa película de Mel Gibson, La Pasión de Cristo... despertó algo cabrón en nosotros", susurra, besando tu hombro. Tú sonríes, acariciando su espalda. Sí, wey, la pasión no solo es sufrir... también es esto, puro fuego compartido. Afuera, la ciudad murmura, pero aquí, en su nido, reina la paz satisfecha, con promesas de más noches así.

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