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Abismo de Pasión Capítulo 5

5966 palabras

Abismo de Pasión Capítulo 5

La noche en Polanco se sentía como un velo de seda negra, con las luces de los autos ricos zumbando allá abajo desde el balcón de mi penthouse. Yo, Ana, llevaba un vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa mexicana lista para devorar al mundo. Órale, ¿por qué carajos estoy tan nerviosa? me dije, mientras el aroma del tequila reposado que acababa de servirme subía hasta mi nariz, dulce y ahumado, calmando un poco el revoloteo en mi estómago.

Marco llegó puntual, como siempre, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Alto, moreno, con esa barba de tres días que raspaba de la forma perfecta. "Ey, preciosa", murmuró al entrar, su voz grave como un corrido ranchero. Me abrazó por la cintura, y sentí su calor filtrándose a través de la tela fina. Olía a colonia cara mezclada con el sudor fresco de la ciudad, un olor que me ponía la piel de gallina.

Este wey me tiene en el abismo de pasión, capítulo cinco de esta novela que no para. Cada vez que lo veo, es como si el mundo se achicara a sus ojos café y sus manos fuertes.

Nos sentamos en el sofá de cuero italiano, con vistas al skyline de la CDMX brillando como estrellas caídas. Brindamos con los tequilas, el líquido quemando dulce en mi lengua, y charlamos de tonterías: el tráfico infernal, esa pinche serie que veíamos juntos antes de que todo se fuera al carajo por mis pendejadas de celos. Pero la tensión crecía, como el calor húmedo que subía entre mis muslos. Sus ojos bajaban a mi escote, y yo notaba cómo su pecho subía y bajaba más rápido.

"¿Sabes qué, Ana? No aguanto más verte así de rica sin tocarte", dijo, dejando su vaso y acercándose. Su aliento cálido rozó mi cuello, y un escalofrío me recorrió la espina. Le respondí con un beso lento, saboreando el tequila en su boca, nuestras lenguas danzando como en un baile de salsa prohibido. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando el vestido, y yo gemí bajito, sintiendo el pulso acelerado en mi centro.

Acto uno cerrado: la chispa prendida. Lo jalé hacia la recámara, donde las sábanas de algodón egipcio esperaban, iluminadas por la luz tenue de las velas de vainilla que perfumaban el aire. Me quitó el vestido con dedos temblorosos de deseo, besando cada centímetro de piel que liberaba. "Qué chingona estás, carnala", susurró, mientras yo le desabotonaba la camisa, oliendo su piel salada, masculina, que me hacía salivar.

En la cama, el colchón se hundió bajo nuestro peso. Empecé a lamer su pecho, saboreando el sudor salado que perlaba su piel, mientras él me masajeaba los senos, pellizcando los pezones hasta que dolían rico. ¡Neta, este hombre sabe cómo volverme loca! Mi mano bajó a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra presionando contra la tela. La saqué, gruesa y venosa, palpitando en mi palma caliente. Él jadeó, un sonido ronco que vibró en mis oídos como música prohibida.

Abismo de pasión, capítulo cinco: aquí viene el clímax que tanto anhelaba. No hay vuelta atrás, wey.

Lo empujé boca arriba y me subí encima, frotando mi concha húmeda contra su pija, lubricándonos mutuamente. El olor a sexo empezaba a llenar la habitación, almizclado y embriagador, mezclado con la vainilla de las velas. "Métemela ya, Marco, no seas pendejo", le rogué, y él obedeció, guiándola dentro de mí con un thrust profundo que me arrancó un grito. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo, el placer punzante como un rayo.

Cabalgamos lento al principio, mis caderas girando en círculos, sintiendo cómo sus bolas chocaban contra mi culo con cada bajada. El sonido era obsceno: piel mojada aplastándose, jadeos entrecortados, mi clítoris rozando su pubis peludo. Sudábamos como locos, gotas resbalando por mi espalda, y él las lamía, saladas en su lengua. "¡Ay, cabrón, qué rico te sientes!", grité, acelerando, mis uñas clavándose en su pecho moreno.

Pero no era solo físico. En mi mente, flashbacks: nuestras primeras veces en la playa de Puerto Vallarta, el mar rugiendo mientras nos follábamos bajo las palmeras. Esto es más que sexo, es el abismo donde caigo voluntariamente, capítulo cinco de nuestra historia jodida y perfecta. Él volteó las tornas, poniéndome de perrito, sus manos amasando mis nalgas redondas. Entró de nuevo, más fuerte, el slap-slap de sus caderas contra mí resonando como tambores aztecas. Alcancé atrás para tocar mis labios hinchados, masturbándome mientras él me taladraba.

La intensidad subía: mi corazón latiendo en los oídos, el aire espeso de gemidos y olor a coño mojado. "Ven conmigo, Ana, déjate ir", gruñó, su voz quebrada. Sentí su verga hincharse dentro, y eso me catapultó. El orgasmo explotó como fuegos artificiales en el Zócalo, olas de placer convulsionando mis músculos, apretándolo como un puño. Él se corrió segundos después, chorros calientes inundándome, gimiendo mi nombre como una oración.

Colapsamos, jadeantes, enredados en sábanas empapadas. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso entre mis muslos. Lo besé lento, saboreando el aftertaste salado en su boca. "Eres lo máximo, wey", murmuré, mi cabeza en su pecho, escuchando su corazón desacelerar al ritmo del mío.

Después, en la ducha de lluvia, el agua caliente nos lavó, jabón de lavanda espumando entre nuestros cuerpos. Nos enjabonamos mutuamente, risas mezcladas con besos suaves. Este abismo de pasión no es fondo sin salida; es un capítulo cinco que promete más, con él a mi lado. Secos, nos acurrucamos en la cama, la ciudad zumbando afuera, pero nuestro mundo en paz. Mañana sería otro día en esta jungla de concreto, pero esta noche, éramos invencibles.

Con su brazo alrededor de mi cintura, me dormí oliendo su piel limpia, sabiendo que el deseo renacería al amanecer. Fin del capítulo, pero no del fuego.

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