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Como Revivir la Pasion en un Hombre

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Como Revivir la Pasion en un Hombre

Imagina que eres Laura, una morra de treinta y tantos, con curvas que todavía vuelven locos a los weyes en la calle. Vives en una casa chida en la colonia Roma, con balcones que dan a la avenida Álvaro Obregón, donde el ruido de los coches se mezcla con el aroma de tacos al pastor de la taquería de la esquina. Tu carnal, Miguel, es un tipo guapo, de esos que todavía te hace suspirar cuando se quita la camisa después de un día en la oficina. Pero neta, la rutina los ha chingado: los chamacos ya crecieron y se fueron, el trabajo lo trae estresado, y las noches son puro Netflix y ronquidos.

Esta noche decides que ya estuvo. Yo sé como revivir la pasión en un hombre, piensas mientras te miras en el espejo del baño, el vapor del agua caliente todavía flotando en el aire como un velo sensual. Te pones ese vestido negro ajustado que te regaló en tu último santo, el que resalta tus chichis y deja ver el encaje de tu brasier. El olor a jazmín de tu perfume se expande, dulce y provocador, mientras te maquillas los labios de rojo fuego. En la cocina, el sartén chisporrotea con las enchiladas suizas que preparaste, el queso derritiéndose como promesas calientes, y el cilantro fresco picado que huele a tierra mojada después de la lluvia.

¡Miguel, carnal, ven pa'cá! —gritas desde la sala, poniendo salsa romántica en el Spotify, una de Alejandro Fernández que habla de amores eternos pero con ese tumbao que invita a mover las caderas.

Él entra, cansado, con la camisa desabotonada mostrando ese pecho moreno que tanto te gustaba lamer en los primeros años. Sus ojos se abren grandes al verte. ¿Funcionará? ¿Recordará lo que era follar como animales?

Miguel se detiene en la puerta, el aroma de la comida y tu perfume golpeándolo como una ola. —¿Qué onda, mi reina? ¿Celebraaaamos algo? —dice con esa sonrisa pícara que te humedece de golpe.

Lo jalas de la mano, sientes la aspereza de su piel contra la tuya, callos de tanto manejar el coche en el tráfico de Insurgentes. —Baila conmigo, pendejo —le susurras al oído, tu aliento caliente rozando su oreja, mientras pegas tu cuerpo al suyo. La música sube, sus manos en tu cintura, fuertes, posesivas. Sientes su verga endureciéndose contra tu panza, ese bulto que late como un corazón salvaje. El roce de sus dedos en tu espalda baja, bajando el zipper del vestido centímetro a centímetro, el sonido metálico como un susurro obsceno.

Acto uno se cierra con la cena a medias, platos empujados a un lado de la mesa. Tus tetas semi al aire, él devorándolas con la mirada mientras lame salsa de tus dedos, el sabor picante mezclándose con su saliva salada. —Te extrañé así, Laura, murmura, su voz ronca como gravel de tequila reposado.

El medio tiempo arranca con más intensidad. Lo llevas al sillón de la sala, las luces tenues de las velas parpadeando sombras en las paredes adornadas con fotos de sus viajes a la playa en Puerto Vallarta. Te sientas en su regazo, cabalgando lento, sintiendo cada vena de su verga a través de los pantalones. Tus uñas arañan su cuello, dejando marcas rojas que huelen a sudor fresco.

Como revivir la pasión en un hombre: con roces que queman, besos que muerden, y miradas que prometen todo.
Él gime, un sonido gutural que vibra en tu clítoris, y te voltea boca abajo, su boca en tu cuello, mordisqueando mientras sus manos exploran tu culo redondo, apretándolo como masa para tortillas.

Quítate todo, mi amor —te ordena, y obedeces porque esta noche mandan los dos. La ropa cae al piso con susurros suaves, el aire fresco de la noche entrando por la ventana abierta, trayendo olor a lluvia lejana y flores de bugambilia. Su lengua recorre tu ombligo, baja, lame el sudor entre tus muslos, ese sabor almizclado de tu excitación que lo enloquece. Sientes su nariz rozando tu concha depilada, húmeda, hinchada, el calor de su aliento como fuego líquido. Tus caderas se arquean, pidiendo más, mientras tus dedos se enredan en su pelo negro, tirando suave.

Él se levanta, se baja los chones, y ahí está: su verga gruesa, venosa, apuntando a ti como un arma cargada. La tocas, sientes el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada, el precum salado en tu lengua cuando la chupas, girando la cabeza lento, saboreando cada centímetro. Miguel jadea, sus bolas pesadas rozando tu barbilla, el olor masculino intenso, embriagador. —Neta, Laura, me vas a matar, dice entre dientes, levantándote para cargarte al cuarto.

En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia de amante, la tensión sube al máximo. Te abre las piernas, sus ojos fijos en los tuyos, pidiendo permiso con una mirada. Asientes, y entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote, llenándote hasta el fondo. El sonido húmedo de vuestros cuerpos uniéndose, chapoteos rítmicos, se mezcla con tus gemidos altos, ¡Ay, cabrón, más duro! Sientes cada embestida, el roce en tu punto G, el sudor goteando de su frente a tus tetas, salado en tu piel.

La escalada es brutal: posiciones cambian, tú encima cabalgando como jinete en rodeo, tus chichis rebotando, él chupándolas, mordiendo pezones duros como piedras. Luego de lado, su mano en tu clítoris, frotando círculos rápidos, el placer acumulándose como tormenta en el DF. Tus paredes lo aprietan, ordeñándolo, mientras sus bolas golpean tu culo con palmadas sonoras.

Esto es como revivir la pasión en un hombre: dejar que el fuego duerma, pero avivarlo con tu cuerpo, tu voz, tu alma.
Él gruñe, acelera, y sientes su verga hincharse más, lista para explotar.

El clímax llega como avalancha. Tú primero, el orgasmo te sacude, olas de placer desde el útero hasta las yemas de los dedos, gritando su nombre mientras tu concha chorrea jugos calientes sobre su pija. Él te sigue, embistiendo profundo, vaciándose dentro con chorros calientes que sientes palpitar, su semen mezclándose con el tuyo, goteando entre tus muslos. Colapsan juntos, pechos agitados, el olor a sexo denso en el aire, sudor y fluidos corporales como perfume prohibido.

En el afterglow, yacen enredados, su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón latir calmándose. La lluvia ahora cae fuerte afuera, tamborileando en el tejado, un ritmo suave que acompaña sus respiraciones. —Gracias, mi vida. No sé qué me pasó, pero esto... esto fue chingón, murmura Miguel, besando tu piel húmeda.

Tú sonríes en la oscuridad, acariciando su espalda ancha. Como revivir la pasión en un hombre: no con palabras, sino con el cuerpo que habla verdades antiguas. La noche termina con promesas susurradas, planes de escapadas a la playa, y un fuego reavivado que promete no apagarse. Mañana será otro día, pero esta pasión, carnal y eterna, ya late de nuevo en sus venas.

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