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Las Hijas de la Pasión de Jesucristo y María Dolorosa Desatan su Fuego Interno

7290 palabras

Las Hijas de la Pasión de Jesucristo y María Dolorosa Desatan su Fuego Interno

En el corazón de Oaxaca, durante la Semana Santa, el aire olía a copal quemado y a flores de cempasúchil marchitas. La iglesia de Santo Domingo rebosaba de velas parpadeantes y murmullos devotos. Yo, Ana, de veinticinco años, caminaba entre las sombras con mi hábito negro ajustado al cuerpo, sintiendo cómo la tela rozaba mi piel sudada. Éramos las hijas de la Pasión de Jesucristo y María Dolorosa, un grupo de mujeres adultas que nos dedicábamos a recrear el Viacrucis con pasión genuina, cargando cruces pesadas y flagelándonos simbólicamente para honrar el sufrimiento divino. Pero esa noche, algo ardía en mí que no era solo fe.

Sofía, mi mejor amiga desde la infancia, caminaba a mi lado. Tenía veintiocho, curvas generosas que el hábito no podía ocultar del todo, y unos ojos cafés que brillaban como chocolate derretido bajo las luces tenues. ¿Por qué carajos mi corazón late así cuando la veo? me pregunté, mientras el incienso me picaba en la nariz y el eco de las oraciones rebotaba en las paredes de cantera. Habíamos crecido juntas en este pueblo colonial, hijas de familias acomodadas que nos enviaban a retiros espirituales. Ahora, solteras por elección, nos entregábamos a esta cofradía con un fervor que a veces me confundía con otro tipo de calor.

—Oye, nena, ¿ya te pusiste la corona de espinas? —me dijo Sofía con esa voz ronca que me erizaba la piel, ajustándome el velo con dedos suaves. Su aliento olía a té de manzanilla y a algo dulce, prohibido. Nuestros brazos se rozaron, y sentí un chispazo, como si la electricidad de las velas nos hubiera alcanzado. El deseo inicial era sutil, un cosquilleo en el vientre que atribuía al ayuno, pero sus caderas balanceándose al caminar me traicionaban.

¡Virgen santa, Ana, contrólate! Esto es la Pasión, no tu panocha pidiendo acción.
Pero el conflicto crecía: juramos castidad, pero ¿y si la pasión de Cristo era también carnal?

La procesión empezó al atardecer. El sol teñía el cielo de rojo sangre, y el tamborileo de las matracas ahogaba mis pensamientos. Cargábamos la imagen de María Dolorosa, sus ojos de vidrio llorando lágrimas pintadas. Sofía y yo íbamos al frente, nuestras manos entrelazadas bajo la sábana bordada. El sudor nos pegaba la ropa al cuerpo; yo sentía mis pezones endurecidos rozando la tela áspera, y olía mi propia excitación mezclada con el perfume de jazmín que Sofía usaba en secreto. La multitud nos vitoreaba: "¡Viva Jesús de la Pasión!", pero en mi mente gritaba "¡Viva el fuego entre mis piernas!".

Al llegar al calvario improvisado en la plaza, el padre nos bendijo y nos dejó solas en la capillita lateral para cambiarnos. Ahí, en penumbras iluminadas por una vela solitaria, la tensión estalló. Sofía se quitó el velo primero, soltando su melena negra ondulada que cayó como cascada sobre sus hombros. Su piel brilla como miel bajo la luz, pensé, y mi boca se secó.

—Ana, wey, ¿qué te pasa? Estás roja como tomate —rió bajito, quitándose el hábito despacio. Quedó en sostén blanco de encaje y falda ligera, sus tetas llenas subiendo y bajando con la respiración agitada. El olor a su sudor almizclado me invadió, dulce y salado, como el mar de Puerto Escondido que visitamos una vez de jóvenes.

—Es que... tú, Sofi. Me pones... no sé, calenturienta —confesé, mi voz temblando. Ella se acercó, su mano en mi mejilla, tibia como un tamal recién hecho. Nuestros labios se rozaron accidentalmente al inclinarme, y el mundo se detuvo. Su boca sabía a miel y a vino de consagrar, suave al principio, luego hambrienta. ¡Esto es pecado! Pero qué rico pecado, rugió mi mente mientras su lengua exploraba la mía, chupando con urgencia.

La escalada fue gradual, como la subida al Gólgota. La ayudé a quitarse el sostén, revelando pezones oscuros y duros como chiles secos. Los lamí con devoción, saboreando su sal, sintiendo su gemido vibrar en mi garganta. "¡Ay, pinche Ana, no pares!" jadeó ella, arañándome la espalda con uñas pintadas de rojo pasión. Yo me quité la blusa, y sus manos expertas —¿dónde aprendió esto, la santa?— masajearon mis tetas, pellizcando hasta que grité bajito. El aire se llenó de nuestros jadeos y del crepitar de la vela, mientras sus dedos bajaban a mi falda, rozando mi calzón empapado.

Nos recostamos en el altar de madera pulida, que olía a óleo bendito y a polvo antiguo. Sofía se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento.

Esto es mi Viacrucis personal, el camino al éxtasis
, pensé, mientras ella separaba mis labios con ternura. Su lengua era fuego líquido, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mi jugo que sabía a limón dulce. "¡Más, cabrona, métela toda!" le supliqué en mexicano puro, mis caderas alzándose solas. Ella metió dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis alaridos ahogados contra su cabello.

Pero no era solo físico; las emociones bullían. Sofía no es solo mi hermana en la fe, es mi alma gemela en la carne. Le conté entre besos mis dudas, cómo la Pasión de Cristo me hacía imaginar cuerpos entrelazados en agonía placentera. Ella confesó lo mismo: "Desde que entramos a las hijas de la Pasión de Jesucristo y María Dolorosa, siento este vacío que solo tú llenas, mi reina." Lágrimas rodaron por sus mejillas mientras la penetraba con mis dedos, su coño apretado y caliente envolviéndome como guante de terciopelo. La hice correrse primero, su cuerpo convulsionando, gritando "¡Jesús, María, Ana!", squirt empapando el mantel del altar.

El clímax nos alcanzó juntas. Yo encima, frotando mi panocha contra la suya en tribadismo feroz, piel contra piel resbalosa de sudor y jugos. Nuestros clítoris chocaban como espadas, el roce eléctrico enviando ondas desde el vientre hasta la nuca. Olía a sexo puro, a mujer en celo, a nosotras. "¡Córrete conmigo, amor!" rugió ella, y explotamos: mi orgasmo fue un tsunami, pulsos interminables, visión borrosa con chispas de colores, gusto a su piel en mi boca mientras la mordía el hombro. Gritamos en unión, eco en la capillita vacía.

En el afterglow, nos abrazamos desnudas sobre el altar, respiraciones calmándose como olas mansas. La vela se apagó sola, dejando solo la luz de la luna filtrándose por las rejas. Su cabeza en mi pecho, corazón latiendo al unísono. Esto no es fin del mundo, es principio de nuestra pasión verdadera, reflexioné. No renunciamos a nuestra fe; la expandimos. Las hijas de la Pasión de Jesucristo y María Dolorosa ahora sabíamos que el dolor y el placer van de la mano, como en el cuerpo de Cristo.

Salimos de la capillita de la mano, hábitos puestos de nuevo, pero con sonrisas secretas. La procesión seguía afuera, ajena a nuestro milagro carnal. Mañana cargaríamos la cruz con nueva fuerza, sabiendo que el verdadero éxtasis reside en entregarse por completo. Y en las noches venideras, nos entregaríamos mutuamente, sin culpas, solo puro fuego mexicano.

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