Michelle Renaud Pasión y Poder
Michelle Renaud caminaba por los pasillos acristalados de su corporativo en Polanco, el tacón de sus Louboutins resonando como un eco de autoridad. El aroma a café recién molido y cuero nuevo flotaba en el aire, mezclado con su perfume sutil de jazmín y vainilla que volvía locos a todos. Era la CEO de Renaud Enterprises, una mujer que había construido su imperio con uñas y dientes, sin pedir permiso a nadie. Pensión y poder, se repetía cada mañana frente al espejo, mientras se ajustaba el traje sastre negro que abrazaba sus curvas como una segunda piel.
Alejandro, su nuevo chofer, la esperaba abajo con el Mercedes negro reluciente bajo el sol de mediodía. Era un tipo alto, moreno, con ojos cafés que parecían prometer secretos. Lo había contratado esa semana porque el anterior era un pendejo que no sabía ni estacionarse bien. Órale, güey, maneja como los grandes
, le había dicho en la entrevista, y él solo sonrió, con esa dentadura perfecta que le iluminaba la cara.
—Michelle Renaud, ¿lista para la junta en Santa Fe? —preguntó él, abriendo la puerta trasera con una reverencia juguetona.
Ella subió, cruzando las piernas con elegancia, sintiendo el roce sedoso de las medias contra su piel. El motor rugió suave, y el aire acondicionado envió una brisa fresca que erizó sus brazos. Este wey tiene algo, pensó, mirándolo por el retrovisor. Sus manos fuertes en el volante, el cuello bronceado asomando por la camisa blanca. La tensión empezó ahí, un cosquilleo en el estómago que no era hambre.
¿Por qué carajos me pongo así? Soy Michelle Renaud, la que manda, no la que se moja por un chofer.
En la junta, Michelle dominó la sala. Hablaba con voz firme, gesticulando con manicure rojo fuego, mientras los ejecutivos asentían como borregos. Pero su mente vagaba al Mercedes, a Alejandro esperando abajo. Al salir, el calor de la tarde la golpeó, y el sudor perlaba su escote. Él abrió la puerta otra vez, y sus dedos rozaron accidentalmente los de ella. Electricidad. Pura corriente que subió por su brazo hasta el centro de su ser.
—¿Todo bien, jefa? —dijo él, con esa voz grave que vibraba en su pecho.
—Sí, pendejo, pero acelera que tengo calor —rió ella, juguetona, acomodándose en el asiento de piel tibia.
El tráfico de la Ciudad de México era un caos, pero Alejandro zigzagueaba como un pro. La música de fondo, un corrido tumbado suave, llenaba el silencio cargado. Michelle lo miró directo por el espejo.
—Cuéntame de ti, Alejandro. ¿Qué haces cuando no me llevas a todos lados?
Él sonrió, sin quitar los ojos del camino. —Salgo con cuates, tomo chelas en el antro, bailo salsa. ¿Y tú, Michelle Renaud? ¿Pasion y poder todo el día?
Ella se inclinó hacia adelante, el escote profundizándose. —Pasión y poder, eso resume mi vida. Pero a veces extraño lo simple, lo crudo.
El roce de sus miradas fue el primer chispazo. Esa noche, en su penthouse con vista al Reforma, Michelle no pudo dormir. El vino tinto en su copa sabía a cerezas maduras, pero su cuerpo ardía por algo más. Se duchó, el agua caliente cayendo en cascada sobre sus pechos firmes, imaginando manos fuertes en vez de jabón. Mañana lo invito a cenar, decidió, saliendo envuelta en una toalla blanca que olía a lavanda.
Al día siguiente, el deseo era un nudo en su vientre. Lo mandó a recogerla temprano, pretextando una reunión privada. En el auto, el aire estaba denso, cargado de feromonas invisibles.
—Hoy no hay juntas, Alejandro. Vamos a mi casa. Cocino chido, ¿vienes?
Él arqueó la ceja, el pulso acelerándose. —Neta? ¿La gran Michelle Renaud cocinando para mí?
En el penthouse, el sol se colaba por ventanales enormes, bañando la cocina de mármol en oro líquido. Ella preparó tacos de arrachera, el chisporroteo de la carne en la plancha llenando el aire con humo ahumado y especias. Él la ayudó, sus cuerpos rozándose al pasar platos. Un hombro contra el suyo, calor piel con piel. El tequila reposado bajó suave, quemando la garganta y soltando lenguas.
—Eres una chingona, Michelle. Poder puro —dijo él, sus ojos devorándola mientras ella lamía sal de sus dedos.
Quiero que me devore él. Que me haga suya sin protocolos de oficina.
La cena terminó, platos apilados, y el sofá de terciopelo los llamó. Se sentaron cerca, demasiado cerca. Sus rodillas se tocaron, y ella no se apartó. El aroma de su colonia masculina, madera y cítricos, la mareaba. Alejandro giró su rostro con una mano tibia, pulgar rozando su labio inferior hinchado de anticipación.
—¿Puedo? —murmuró, aliento cálido contra su boca.
—Sí, wey, ya —susurró ella, y sus labios chocaron en un beso hambriento.
La lengua de él exploró su boca, sabor a tequila y deseo. Manos everywhere: las de él subiendo por sus muslos, arrugando la falda; las de ella enredándose en su pelo negro, tirando suave. Se levantaron sin romper el contacto, tropezando hacia la recámara. El colchón king size los recibió con un suspiro de resortes. Michelle se quitó la blusa, revelando encaje negro que apenas contenía sus senos. Él gruñó, bajando la cabeza para morder suave el borde del sostén.
—Eres fuego, Michelle Renaud —jadeó, mientras sus dedos desabrochaban el brasier. Pezones duros como piedras bajo su lengua áspera, círculos húmedos que enviaban descargas a su clítoris palpitante.
Ella arqueó la espalda, gimiendo bajo. Qué rico, cabrón. Le quitó la camisa, lamiendo el sudor salado de su pecho definido, bajando hasta el cinturón. El pantalón cayó, revelando su verga erecta, gruesa y venosa, goteando precum. La tomó en mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso furioso bajo la piel aterciopelada.
—Chúpamela, jefa —rogó él, voz ronca.
Ella obedeció, labios envolviéndolo, lengua girando en la cabeza sensible. Sabor almizclado, varonil, la volvía loca. Él la levantó, invirtiendo posiciones. Falda arriba, tanga a un lado, dedos hundiéndose en su coño empapado. Estás chorreando, pinche rica, murmuró, mientras lamía su clítoris hinchado, succionando como si fuera miel.
Michelle gritó, uñas clavándose en sus hombros. Olas de placer la recorrían, el sonido de succiones obscenas mezclándose con sus jadeos. —Métemela ya, Alejandro, no aguanto.
Él se posicionó, la punta rozando su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Lleno, completo. Empujones lentos al principio, piel chocando piel con palmadas húmedas. Ella envolvió piernas en su cintura, talones clavándose en su culo firme.
Esto es pasión y poder. Mi poder, su pasión, fusionados.
El ritmo aceleró, sudor goteando de frentes, mezclándose en charcos salados. Él la volteó a cuatro patas, agarrando caderas, embistiendo profundo. Sus bolas golpeaban su clítoris, enviando chispas. Ella se tocó, frotando furiosa, mientras él gruñía obscenidades al oído: Te voy a llenar, Michelle, eres mía.
El orgasmo la alcanzó como un tsunami, coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer empapando sábanas. Él siguió, prolongando su éxtasis, hasta que explotó dentro, semen caliente inundándola en pulsos interminables.
Cayeron exhaustos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose. El aroma a sexo impregnaba la habitación, mezclado con sus perfumes. Él la besó la frente, tierno ahora.
—Pasión y poder, ¿eh? Contigo es real —susurró.
Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. En ese afterglow, con el skyline titilando afuera, Michelle se sintió invencible. No solo por su imperio, sino por haber entregado y recibido placer puro, consensual, ardiente. Mañana volvería el poder, pero esta noche era solo pasión.