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Cañaveral de Pasiones Sebastian Zurita

7432 palabras

Cañaveral de Pasiones Sebastian Zurita

El sol de mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de pasiones en las afueras de Veracruz. Las cañas altas se mecían con la brisa salada del Golfo, susurrando secretos que solo el viento conocía. Yo, Mariana, había venido aquí huyendo del bullicio de la ciudad, buscando un rato de paz en ese mar verde que olía a tierra húmeda y dulzor fermentado. Mis sandalias se hundían en el barro suave, y el roce de las hojas contra mi piel bronceada me erizaba los vellos. Llevaba un vestido ligero de algodón, pegado al cuerpo por el sudor, que delineaba mis curvas sin pudor.

De repente, lo vi. Sebastian Zurita. Sí, ese Sebastian Zurita, el galán de las telenovelas que todas mis amigas babeaban en las redes. Estaba de pie entre las cañas, con una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver su piel morena y musculosa. Sudor brillaba en su clavícula, y su cabello negro revuelto por el viento le daba un aire salvaje. ¿Qué chingados hacía él aquí, en medio de este cañaveral de pasiones Sebastian Zurita perdido? Mi corazón dio un brinco, como si me hubieran inyectado adrenalina pura.

¿Perdida, preciosa? —dijo con esa voz ronca que reconocía de la tele, pero mil veces más real, más cercana. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos que subían y bajaban con la respiración agitada.

Me acerqué, sintiendo el calor de la tierra subir por mis piernas.

¿Qué pedo, Mariana? Este pendejo es una estrella, no te hagas bolas
, pensé, pero mi cuerpo ya traicionaba mis nervios. Olía a él: colonia fresca mezclada con sudor masculino y el dulzor de las cañas.

—Nah, güey, solo paseando. ¿Y tú? ¿Escapando de los fans o qué? —respondí con mi acento veracruzano, juguetona, para disimular el cosquilleo en el estómago.

Se rio, un sonido grave que vibró en mi pecho. —Algo así. Necesitaba un break del caos. Este lugar es perfecto, ¿no? Cañaveral de pasiones, como lo llaman los locales. Lleno de... fuego escondido.

Su mirada se clavó en la mía, y sentí un tirón en el bajo vientre. Caminamos juntos entre las cañas, rozándonos los brazos accidentalmente. Cada roce era eléctrico, como chispas en la piel húmeda. Hablamos de todo: de la jodida fama que lo asfixiaba, de mi vida normalita como diseñadora gráfica en Xalapa, de cómo el mar y la caña nos unían en este pedazo de paraíso mexicano.

El sol bajaba un poco, tiñendo el cielo de naranja. Nos sentamos en un claro, sobre un lecho de hojas secas que crujían bajo nuestro peso. Sebastian sacó una cerveza fría de su mochila, y el pop del corcho fue como una promesa. Bebimos, el líquido helado bajando por mi garganta reseca, mientras sus dedos rozaban los míos al pasarme la lata.

Pinche tentación andante
, me dije, notando cómo mi vestido se subía por los muslos, exponiendo la piel suave y depilada.

—Tienes unos ojos que matan, Mariana —murmuró, inclinándose. Su aliento olía a cerveza y a menta. Mi pulso se aceleró, latiendo en mis sienes, en mi sexo que ya empezaba a humedecerse.

Lo miré fijo. —Y tú una boca que invita a pecar, Sebastian.

Nuestros labios se encontraron en un beso lento, exploratorio. Sabía a sal y deseo, su lengua suave invadiendo mi boca con hambre contenida. Gemí bajito, mis manos en su nuca, enredando los dedos en su pelo. El beso se volvió feroz, dientes chocando, lenguas danzando como las cañas en la brisa. Sus manos grandes subieron por mis muslos, arrugando el vestido, hasta encontrar mis bragas de encaje. Las apartó con un dedo hábil, y jadeé cuando rozó mi clítoris hinchado.

—Estás chingón de mojada, morra —susurró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. El olor de mi propia excitación se mezclaba con el suyo, almizclado y potente. Me recostó sobre las hojas, el suelo fresco contra mi espalda arqueada.

Acto dos: la escalada. Sebastian se quitó la camisa, revelando un torso esculpido, pectorales firmes salpicados de vello oscuro. Lo toqué, sintiendo los músculos tensos bajo mis palmas, el calor de su piel como fuego vivo. Bajé la cremallera de sus jeans, liberando su verga dura, gruesa, venosa, que saltó libre apuntando al cielo. La tomé en la mano, suave terciopelo sobre acero, y él gruñó, un sonido animal que me empapó más.

—Chúpamela, reina —pidió, y yo obedecí, arrodillándome. La cabeza rosada entró en mi boca, salada por el pre-semen, y la succioné con ganas, lengua girando alrededor del glande. Él jadeaba, manos en mi cabeza guiándome, follándome la boca con embestidas suaves.

Esto es mejor que cualquier fantasía con este cabrón
, pensé mientras tragaba más profundo, mi garganta relajándose para él.

Me levantó, me quitó el vestido de un tirón. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Los lamió, succionó, mordió suave, enviando descargas directas a mi coño palpitante. Me tendí, abriendo las piernas, invitándolo. —Cógeme ya, pinche Zurita. No me hagas esperar.

Se posicionó, la punta de su pija rozando mis labios vaginales empapados. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Grité de placer, uñas clavadas en su espalda. El cañaveral de pasiones Sebastian Zurita nos envolvía, las cañas testigos mudos de nuestro ritual. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida profunda tocando mi cervix, frotando mi punto G. El slap slap de piel contra piel, mis jugos chorreando, su sudor goteando en mis tetas.

Aceleró, mis caderas subiendo a su encuentro. —¡Más duro, cabrón! —exigí, y él obedeció, follándome como poseído. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre. Él gemía mi nombre, Mariana, puta madre, qué rico coño. El clímax me golpeó, un estallido de estrellas, mi cuerpo convulsionando, chorros calientes salpicando su pubis.

No paró. Me volteó a cuatro patas, el barro fresco en mis rodillas. Entró de nuevo, mano en mi clítoris frotando circles, la otra jalándome el pelo. El ángulo era perfecto, su verga golpeando spots que me volvían loca. Olía a sexo crudo, a tierra removida, a caña machacada. Sudábamos como marranos, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí.

—Me vengo, amor —gruñó, y sentí su verga hincharse, pulsando. Calor líquido me inundó, semen espeso pintando mis paredes. Colapsamos juntos, él encima, pesando delicioso, besos perezosos mientras las réplicas nos sacudían.

Acto tres: el afterglow. Yacíamos enredados, el sol poniente tiñendo el cañaveral de rojo pasión. Su cabeza en mis tetas, mi mano acariciando su espalda llena de rasguños míos. El aire olía a semen, sudor y jazmín silvestre. Respirábamos acompasados, el mundo reducido a nosotros dos.

—Esto fue... épico, Mariana —dijo, besando mi ombligo—. ¿Volveremos?

Sonreí, trazando su mandíbula.

En este cañaveral de pasiones, con Sebastian Zurita, todo es posible
. —Órale, güey. Cuando quieras.

Nos vestimos lento, risas compartidas, promesas susurradas. Caminamos de vuelta, manos entrelazadas, el eco de nuestros gemidos aún vibrando en el viento. Veracruz guardaría nuestro secreto, dulce como la caña, ardiente como el deseo que acababa de nacer.

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