Pasión por las Joyas
En el corazón de Polanco, donde las luces de los escaparates brillan como estrellas caídas, mi boutique de joyería era mi templo. Me llamaba Alejandra, y desde chiquita, neta, tenía esta pasión por las joyas que me hacía vibrar. No era solo el brillo del oro o el fuego de los diamantes; era cómo se sentían contra la piel, fríos al principio, calientes después, como un amante que te despierta los sentidos. Ese día, el aire olía a jazmín del jardín vecino y a café recién molido de la tiendita de la esquina. Entró él, Raúl, alto, moreno, con esa mirada pícara que te recorre como si ya te estuviera desnudando.
—Órale, güera, ¿tienes algo que brille tanto como tus ojos? —me dijo con esa voz grave, ronca, que me erizó la piel de los brazos.
Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Era cliente nuevo, pero traía porte de chavo fino, camisa ajustada que marcaba sus pectorales y un reloj que gritaba lana. Le mostré un collar de esmeraldas, grueso, con cadenitas que tintineaban como promesas. Se lo probé yo misma, mis dedos rozando su cuello, oliendo su colonia amaderada, macho total.
¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es solo un cliente, Ale, no seas pendeja.
Pero su piel era cálida, y cuando el collar se asentó, él giró la cabeza y sus labios casi rozaron los míos. Pasión por las joyas, sí, pero esa chispa era por él. Compró el collar para su morenita, dijo, pero sus ojos decían otra cosa. Me dejó su tarjeta: "Raúl Mendoza. Si necesitas algo que brille más, llámame".
Acto uno cerrado, pero la tensión ya ardía. Esa noche, en mi depa en la Roma, con vistas al skyline, no pude dormir. Me puse el collar que él había tocado, imaginando sus manos en mí. El metal frío contra mis pechos desnudos me hizo jadear. Neta, esta pasión por las joyas me tiene loca.
Al día siguiente, me armé de valor y lo llamé.
—Wey, ¿vienes por más brillo o qué? —le solté, fingiendo desparpajo.
—Vengo por ti, Alejandra. Tu pasión por las joyas me contagió.
Quedamos en un bar chido de Condesa, con mariachis de fondo y tequilas que quemaban la garganta como fuego líquido. Hablamos horas: de cómo el oro se funde con el calor del cuerpo, de diamantes que cortan pero también curan. Su mano rozó la mía, y sentí electricidad, piel contra piel, sudor leve en sus palmas. Olía a él, a tabaco y deseo. Caminamos hasta mi depa, el aire nocturno fresco contra mi vestido ceñido, mis chichis latiendo con cada paso.
En la puerta, me besó. Sus labios suaves pero firmes, lengua explorando mi boca con sabor a tequila y menta. Lo jalé adentro, cerrando la puerta con un bang que retumbó en mi pecho.
Acto dos: la escalada. Nos sentamos en el sofá de terciopelo rojo, luces tenues. Saqué mi caja de joyas, la que guardaba para momentos especiales.
—Muéstrame tu pasión —me pidió, ojos oscuros devorándome.
Me quité el vestido lento, quedando en lencería negra, transparencias que dejaban ver mis pezones duros. Le puse un brazalete de rubíes en la muñeca, mis uñas rojas arañando leve su piel morena. Él gimió bajito, un sonido gutural que me mojó entre las piernas.
¡Chingado, Ale, esto es lo que querías! Su calor, su olor, las joyas uniéndonos.
Raúl me levantó en brazos, fuerte como toro, y me llevó a la cama. El colchón se hundió bajo nuestro peso, sábanas frescas oliendo a lavanda. Me desató el sostén con dientes, mordisqueando mis tetas, lengua caliente lamiendo aureolas. Gemí, arqueándome, mis manos en su cabello negro revuelto.
—Eres una diosa, morra —murmuró, bajando besos por mi panza, hasta mi tanga empapada.
Me la quitó de un tirón, inhalando mi aroma almizclado de excitación. Sus dedos juguetearon con mis labios hinchados, resbalosos de jugos, metiendo dos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Yo, jadeante, le bajé el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, venosa, con gota de precum brillando como diamante. La tomé en boca, saboreando sal y piel caliente, chupando la cabeza mientras él gruñía ¡órale, qué rico!.
La tensión subía como volcán. Le puse un collar de perlas en el cuello, las perlas frías contra su pecho sudoroso. Él, riendo pícaro, tomó un anillo de zafiro y me lo deslizó en el dedo, luego lo usó para frotar mi clítoris, el metal frío contrastando con mi calor húmedo.
—Tu pasión por las joyas nos va a matar a los dos, güera.
Me abrió las piernas, su verga presionando mi entrada, resbalando por mis fluidos. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena pulsando dentro, mi coño apretándolo como guante. Empezó a bombear, lento al principio, piel chocando piel con plaf plaf húmedo, olor a sexo invadiendo la habitación. Aceleró, mis uñas clavadas en su espalda, dejando marcas rojas. Sudor perlando su frente, goteando en mis tetas.
¡Más, cabrón, dame más! Este es el clímax de mi vida.
Giré encima, cabalgándolo, mis caderas girando como en salsa callejera. Las joyas tintineaban con cada rebote: brazaletes chocando, collar balanceándose entre mis chichis. Él pellizcaba mis pezones, tirando, mandándome al borde. Grité su nombre, mi orgasmo explotando en olas, coño contrayéndose alrededor de su pija, jugos chorreando por sus bolas. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, rugiendo como león, llenándome hasta rebosar.
Acto tres: el afterglow. Nos quedamos pegados, respiraciones agitadas calmándose, piel pegajosa de sudor y semen. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada. Besos suaves ahora, lenguas perezosas.
—Neta, tu pasión por las joyas es contagiosa, Ale. Quiero más noches así.
Le sonreí, trazando con el dedo un diamante imaginario en su pecho.
—Pues ven por más, wey. Esto apenas empieza.
Nos dormimos entrelazados, joyas esparcidas como estrellas en la cama, mi corazón latiendo en paz. Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, supe que esta pasión no era solo por las joyas, sino por él, por nosotros. Un brillo eterno.