Pasión Capítulo 71 Fuego en la Sangre
Ana sintió el pulso acelerado mientras caminaba por las calles empedradas de la Roma, el aire nocturno cargado con el aroma de tacos al pastor y jazmines en flor. México City bullía a su alrededor, con risas de parejas en las terrazas y el eco distante de mariachis. Hacía meses que no veía a Diego, ese wey que la volvía loca con solo una mirada. Lo había dejado por tonterías, celos pendejos, pero ahora, después de un día de mierda en la oficina, lo único que quería era su cuerpo pegado al suyo.
Entró al bar La Cantina del Diablo, luces tenues y salsa picante flotando en el ambiente. Ahí estaba él, recargado en la barra, con su camisa negra ajustada marcando los músculos del pecho. Sus ojos oscuros la atraparon al instante. Órale, qué chido verte, mamacita, dijo con esa sonrisa pícara que le derretía las rodillas. Ana se acercó, el roce accidental de su mano enviando chispas por su piel. Pidieron tequilas reposados, el líquido ámbar quemando la garganta como un beso ardiente.
Hablaron de todo y nada, pero el deseo crecía como tormenta.
¿Por qué carajos lo extrañé tanto? Su olor a colonia mezclada con sudor me tiene mojadita ya, pensó Ana mientras él le rozaba el muslo bajo la mesa. Diego se inclinó, su aliento cálido en su oreja: Neta, Ana, no aguanto más. Vámonos a mi depa, aquí cerquita. Ella asintió, el corazón latiéndole en la concha, lista para rendirse.
El taxi los dejó frente a su penthouse en Cuauhtémoc, el skyline de la ciudad titilando como estrellas caídas. Subieron en el elevador, solos, y Diego no esperó. La acorraló contra la pared, sus labios devorando los de ella con hambre salvaje. Ana gimió, saboreando el tequila en su lengua, el vello de su barba raspando deliciosamente su piel suave. Sus manos grandes bajaron por su espalda, apretando su culo firme bajo el vestido ceñido. Te voy a chingar hasta que grites mi nombre, preciosa, murmuró él, y ella sintió la verga dura presionando contra su vientre.
Entraron al depa, la puerta cerrándose con un clic que sonó como promesa. Diego la cargó como si no pesara nada, depositándola en la cama king size con sábanas de algodón egipcio. La habitación olía a su esencia masculina, madera y deseo puro. Ana se quitó el vestido de un tirón, quedando en lencería roja que compró pensando en él. Mírate, qué mamacita tan rica, gruñó Diego, quitándose la camisa para revelar el torso tatuado, pectorales duros como rocas.
Se tumbaron juntos, piel contra piel, el calor de sus cuerpos encendiendo el aire. Ana recorrió con las uñas su pecho, sintiendo los latidos acelerados bajo sus dedos. Él besó su cuello, chupando suave hasta dejar una marca rosada, luego bajó a sus tetas, lamiendo los pezones erectos como si fueran dulces. Ay, Diego, no pares, me encanta cómo me mama, jadeó ella, arqueando la espalda. El sonido de sus succiones húmedas llenaba la habitación, mezclado con sus respiraciones entrecortadas.
Las manos de Diego exploraron más abajo, deslizándose por su panza plana hasta la tanga empapada. La frotó por encima de la tela, sintiendo el calor húmedo de su excitación. Ana abrió las piernas, invitándolo, tócame ahí, wey, méteme los dedos. Él obedeció, corriéndole la tela y hundiendo dos dedos gruesos en su concha resbalosa. Ella gritó de placer, el jugo chorreando por sus muslos, el olor almizclado de su arousal impregnando todo. Movía los dedos en círculos, rozando su clítoris hinchado, mientras su boca volvía a besarla, tragándose sus gemidos.
Esto es puro fuego, como si estuviéramos viviendo Pasión Capítulo 71, esa novela que vimos juntos, pero mil veces mejor, con su verga real a punto de partirme, pensó Ana, recordando esas noches en el sofá, follando con la tele de fondo. Diego se quitó el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante de ganas. Ana la tomó en la mano, sintiendo el calor y la dureza, masturbándolo lento mientras él gemía ¡Qué mano tan chingona tienes, Ana!. Se puso de rodillas, lamiendo la punta salada de precum, luego engulléndola hasta la garganta, las bolas peludas rozando su barbilla.
Él la detuvo, no quería acabar así. La volteó boca abajo, levantándole el culo redondo, y se posicionó atrás. ¿Me la chingas ya, papi? Estoy lista, métemela toda, suplicó ella, meneando las caderas. Diego escupió en su mano, lubricando más su entrada, y empujó despacio. La concha de Ana lo succionó, apretándolo como guante caliente y mojado. ¡Carajo, qué prieta estás!, rugió él, embistiéndola profundo, el slap-slap de carne contra carne resonando como tambores.
El ritmo aumentó, sudados y jadeantes, el colchón crujiendo bajo ellos. Ana se tocaba el clítoris, sintiendo el orgasmo construyéndose como volcán. Él la jalaba del pelo suave, azotándole el culo con palmadas que ardían placenteras, dejando huellas rojas. Más fuerte, Diego, rómpeme, ¡sí! Los vecinos probablemente oían sus gritos, pero qué les valga. El olor a sexo crudo, sudor y fluidos, era embriagador, el sabor salado en sus labios donde se besaban torpemente.
Cambiaron de posición, Ana encima, cabalgándolo como amazona. Sus tetas rebotaban con cada salto, él las amasaba, pellizcando pezones. Te ves tan sabrosa montándome, mi reina, dijo, y ella aceleró, su concha contrayéndose alrededor de su verga. El clímax la golpeó primero, un tsunami de placer que la hizo convulsionar, chorros calientes salpicando su pubis. ¡Me vengo, ay Dios!, chilló, ojos en blanco.
Diego la volteó de nuevo, poniéndola en misionero para mirarla a los ojos. Embistió feroz, sus bolas golpeando su ano, hasta que explotó dentro, semen caliente llenándola, gimiendo su nombre. Colapsaron juntos, exhaustos, cuerpos pegajosos entrelazados. El silencio post-sexo roto solo por sus respiraciones calmándose, el aroma persistente de su unión flotando.
Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el corazón volver a normal. Esto fue épico, wey. No te suelto otra vez, murmuró ella, trazando círculos en su piel. Diego la besó la frente, Yo tampoco, mi amor. Eres mi pasión eterna. Fuera, la ciudad seguía viva, pero en esa cama, habían creado su propio mundo.
Si esto fuera una novela, sería Pasión Capítulo 71, el mejor hasta ahora, con promesas de más capítulos calientes.
Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, sabiendo que el amanecer traería más deseo, más fuego en la sangre.