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Kenia Abismo de Pasion Actriz

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Kenia Abismo de Pasion Actriz

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando. Yo, Alejandro, un wey común y corriente que trabaja en producción de eventos, había colado en la premiere de la nueva película de Kenia, la actriz que todos los carnales volvíamos locos. Neta, verla en la pantalla grande era una cosa, pero ahí estaba ella, en carne y hueso, con un vestido rojo que se pegaba a sus curvas como una segunda piel, brillando bajo las luces de los flashes. Su risa resonaba por el salón, un sonido ronco y juguetón que me erizaba los vellos de la nuca.

Me acerqué a la barra, pidiendo un tequila reposado para armarme de valor. Olía a jazmín y a algo más dulce, como vainilla quemada, que flotaba en el ambiente junto con el humo de los cigarros electrónicos. De repente, su mano rozó la mía al pedir su drink. ¿Coincidencia o destino, cabrón? Pensé, mientras su piel tibia me mandaba una descarga eléctrica directo a la verga.

—Órale, wey, ¿vienes seguido a estas broncas? —me dijo con esa voz que parecía miel derretida, sus ojos cafés clavados en los míos como si ya supiera todos mis secretos.

—Neta, es la primera vez. Pero por ti, Kenia abismo de pasion actriz, valdría la pena venir todos los días —le solté, medio pendejo, recordando el título que le habían puesto en las redes, esa frase que la describía perfecto: un abismo donde caías sin remedio.

Ella se rio, echando la cabeza hacia atrás, y su perfume me invadió, un olor a flores tropicales mezclado con su sudor sutil.

Este pendejo me va a volver loca
, pensé que decía su mirada. Hablamos de la película, de cómo el rodaje la había dejado exhausta pero excitada por la adrenalina. Su rodilla rozaba la mía bajo la mesa alta, un toque casual que no lo era. Sentía el pulso acelerado en mi cuello, el corazón latiéndome como tambor en una fiesta de pueblo.

La tensión crecía con cada trago. Ella se inclinaba, dejando que viera el valle entre sus chichis, perfectas y firmes bajo la tela delgada. Yo le contaba anécdotas de mis eventos, y ella me tocaba el brazo, sus uñas pintadas de rojo arañando levemente mi piel. Quiere que la lleve a algún lado, me decía mi instinto. El salón bullía de gente, risas y música de cumbia rebajada, pero para mí solo existía ella.

—¿Y si nos salimos de aquí un rato, actriz? —le propuse, mi voz ronca por el deseo que me quemaba las tripas.

—Chido, carnal. Llévame a tu abismo —respondió guiñando un ojo, y salimos tomados de la mano, el aire fresco de la noche golpeándonos como una caricia inesperada.


En mi departamento en la Roma, todo era un torbellino de besos hambrientos. La puerta se cerró con un clic que sonó como el disparo de salida en una carrera. Sus labios eran suaves, calientes, con sabor a tequila y menta, y su lengua jugaba con la mía como si estuviéramos ensayando una escena de pasión prohibida. La empujé contra la pared, mis manos explorando su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la seda del vestido. Olía a ella, a mujer excitada, ese aroma almizclado que se mezcla con el perfume y te hace perder la cabeza.

Es tan real, no como en las películas. Quiero devorarla entera
, rugía mi mente mientras le bajaba el vestido de los hombros. Sus chichis saltaron libres, pezones oscuros y duros como piedras preciosas. Los lamí, saboreando la sal de su piel, escuchando sus gemidos bajos, como un ronroneo de gata en celo. ¡Ay, wey, sí!¡ jadeaba, arqueando la espalda.

La llevé al sillón, quitándole el vestido con lentitud tortuosa. Su cuerpo era un templo: cintura estrecha, caderas anchas, piernas largas que se enredaban en las mías. Tocaba su panocha por encima de las tangas de encaje, húmeda ya, caliente como lava. Está chorreando por mí, pensé, y metí un dedo, sintiendo sus paredes apretarme, su clítoris hinchado palpitando. Ella me arañaba la espalda, dejando marcas que dolían rico.

—Quítate la ropa, pendejo —me ordenó con voz de mando, pero juguetona, y yo obedecí como un perrito. Mi verga saltó dura, venosa, apuntando a ella como imán. Kenia se arrodilló, su aliento caliente en mi piel antes de metérmela a la boca. ¡Madre santísima! El calor húmedo, su lengua girando alrededor del glande, chupando con fuerza que me hacía ver estrellas. Sonaba obsceno, succiones y saliva, y yo gemía como loco, agarrándole el pelo suave.

Pero no quería acabar así. La levanté, la acosté en la cama, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Besé su cuello, mordisqueando la piel sensible, bajando por su vientre plano hasta su entrepierna. La abrí como un libro prohibido, oliendo su esencia femenina, y lamí su clítoris con devoción. Sabía a néctar dulce y salado, sus jugos cubriéndome la cara mientras ella gritaba: ¡Órale, cabrón, no pares!¡ Sus muslos me apretaban la cabeza, temblando, y sentí su primer orgasmo llegar como una ola, su cuerpo convulsionando, gritando mi nombre.

La tensión era insoportable ahora. Me puse encima, mi verga rozando su entrada resbalosa. ¿Estás lista, mi abismo de pasion?¿ le pregunté, y ella asintió, ojos brillantes de lujuria.

—Chingame duro, Alejandro —murmuró, y empujé, sintiendo cómo me tragaba centímetro a centímetro, apretada y caliente como un guante de terciopelo. El ritmo empezó lento, piel contra piel chapoteando, sudor perlando nuestros cuerpos. Sus uñas en mi culo, guiándome más profundo. Aceleré, el sonido de nuestros cuerpos chocando llenando la habitación, mezclado con jadeos y ¡Más! Más!¡

Internamente luchaba:

No voy a durar, es demasiado perfecta
. Ella se movía conmigo, caderas girando, pechos rebotando. Cambiamos posiciones, ella encima, cabalgándome como amazona salvaje, su pelo negro cayendo en cascada, oliendo a sexo y sudor. La vista de su panocha devorando mi verga era hipnótica, sus gemidos subiendo de tono.

El clímax nos alcanzó juntos. Sentí sus paredes contraerse, ordeñándome, y exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras gritábamos. El mundo se volvió blanco, pulsos latiendo al unísono, cuerpos temblando en éxtasis.


Después, en la quietud, yacíamos enredados, el aire pesado con olor a sexo y sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Pasaba mis dedos por su espalda, sintiendo la suavidad de su piel enfriándose. Esto fue más que un polvo, pensé, mientras ella trazaba círculos en mi abdomen.

—Neta, wey, me hiciste caer en tu abismo —dijo riendo bajito, su voz somnolienta y satisfecha.

—Tú eres el kenia abismo de pasion actriz, mi reina. No hay vuelta atrás —le respondí, besando su frente.

Nos quedamos así, hablando de tonterías, de futuras películas, de noches como esta. El amanecer filtraba luz dorada por las cortinas, pintando su cuerpo desnudo. Sentía una paz profunda, un cierre que no era final, sino promesa. Ella se acurrucó más, su calor envolviéndome, y supe que esto era solo el principio de algo chingón. El abismo nos había tragado, pero qué chido lugar para estar.

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