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La Pasion Turca Libro de Mis Deseos Más Calientes

7282 palabras

La Pasion Turca Libro de Mis Deseos Más Calientes

Estaba en la librería de la Condesa, ese lugar chido con olor a café recién molido y páginas viejas que te envuelven como un abrazo. El sol de la tarde se colaba por las ventanas altas, pintando rayas doradas en el piso de madera. Hojeaba estantes llenos de novelas que prometían aventuras, cuando mis ojos se clavaron en La Pasion Turca libro. Lo saqué, sentí su peso en las manos, la portada desgastada que gritaba secretos prohibidos. Neta, algo en mí se removió al leer la sinopsis: una pasión turca que quema, que transforma. Me lo llevé sin pensarlo dos veces, pagué y salí con el corazón latiendo más rápido, como si ya supiera que ese libro iba a cambiar mi pinche vida.

Llegué a mi depa en Polanco, tiré las llaves en la mesa de vidrio y me serví un mezcal con limón. Me tiré en el sofá de terciopelo rojo, abrí La Pasion Turca libro y empecé a leer. Las palabras de Antonio Gala me jalaron como un imán. Olía a tinta y a misterio, y mientras leía sobre esa española devorada por el deseo de un turco salvaje, sentí un calor subiendo por mis muslos. Mis pezones se endurecieron contra la blusa de algodón, y entre las piernas, un pulso húmedo que me hacía apretar las rodillas.

¿Por qué carajos este libro me prende tanto? ¿Será que ando necesitando un hombre que me coma viva?
Cerré los ojos, imaginando piel morena, manos ásperas explorando mi cuerpo, un aliento caliente en mi cuello. Órale, Daniela, contrólate, me dije, pero el fuego ya estaba encendido.

Decidí salir a caminar para despejarme. La noche caía suave sobre las calles empedradas, con luces de neón de taquerías y bares que olían a carne asada y cilantro fresco. Entré en un cafecito hipster a unas cuadras, pedí un latte con canela y me senté en una mesita junto a la ventana. Ahí estaba él. Un morro guapísimo, ojos oscuros como el café turco, barba recortada y una sonrisa que prometía pecados. Sobre su mesa, abierto, La Pasion Turca libro. No mames, qué chingonería del destino. Me armé de valor, tomé mi latte y me acerqué.

Oye, carnal, ¿ese libro te está prendiendo tanto como a mí? le solté con una guiñada, sintiendo el corazón en la garganta.

Él levantó la vista, y juro que su mirada me desnudó en segundos. Se llamaba Emir, mitad mexicano, mitad turco, con acento que mezclaba el español callejero con algo exótico y ronco. —Neta, güey, este La Pasion Turca libro es puro fuego. ¿Quieres sentarte y platicar? Asentí, y de ahí no paramos. Hablamos de las escenas calientes, de cómo la pasión turca nos hacía fantasear con amores intensos, sin frenos. Su voz grave me erizaba la piel, y cada vez que reía, olía a su colonia amaderada mezclada con el aroma de su piel cálida. Sentí mis bragas humedeciéndose mientras cruzaba las piernas bajo la mesa, rozando su rodilla "por accidente". La tensión crecía, eléctrica, como antes de una tormenta en el DF.

Vámonos de aquí, Daniela. Quiero mostrarte algo en mi depa, murmuró, su mano rozando la mía, enviando chispas por mi espina. —Sí, cabrón, llévame, respondí, la voz ronca de deseo. Caminamos unas calles, el aire fresco de la noche besando mi piel acalorada. Su depa era en un edificio moderno, con vistas al skyline, luces tenues y una cama king size que gritaba promesas. Apenas cerramos la puerta, me acorraló contra la pared, su cuerpo duro presionando el mío. Olía a hombre, a sudor limpio y deseo puro.

Esto es lo que necesitaba, un turco en mi sangre mexicana, inspirado por ese pinche libro.

Sus labios capturaron los míos, un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a café y menta. Gemí contra su boca, mis manos enredándose en su cabello negro. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula. Sentí su aliento caliente en mis tetas, pezones duros como piedras bajo su lengua juguetona. —Qué ricas estás, pinche diosa, gruñó, mordisqueando suave, haciendo que arquee la espalda. Mis uñas se clavaron en sus hombros anchos, el tacto de su piel suave y musculosa volviéndome loca.

Lo empujé hacia la cama, desabrochando su camisa con dedos temblorosos. Su pecho velludo, pectorales firmes, abdomen marcado que lamí bajando hasta el ombligo. Él jadeaba, el sonido ronco llenando la habitación junto al zumbido lejano de la ciudad. Le bajé el pantalón, y ahí estaba su verga, dura, gruesa, palpitando contra mi palma. —Mamón, qué chingona, susurré, acariciándola despacio, sintiendo las venas hinchadas, el calor que irradiaba. Él me tumbó boca arriba, quitándome el jeans y las bragas de un jalón. El aire fresco rozó mi concha mojada, expuesta, ansiando.

Emir se arrodilló entre mis piernas, inhalando mi aroma almizclado. —Hueles a miel y pecado, Daniela, dijo antes de lamer mi clítoris con la lengua plana, lenta. Grité, el placer como un rayo directo al cerebro. Sus dedos entraron en mí, curvándose justo ahí, frotando ese punto que me hacía ver estrellas. Chupaba, succionaba, mientras yo me retorcía, las sábanas de algodón egipcio arrugándose bajo mis puños. El sonido húmedo de su boca en mi panocha, mis gemidos ahogados, el pulso acelerado latiendo en mis oídos. Me voy a correr, cabrón, pensé, y exploté, jugos inundando su barbilla, cuerpo convulsionando en olas de éxtasis puro.

Pero no paró. Me volteó a cuatro patas, su verga rozando mi entrada desde atrás, lubricada por mis propios fluides. —Dime si quieres, mi reina, jadeó, respetuoso, caliente. —¡Métemela ya, wey! Consiénteme como en el libro, rogué, empujando contra él. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno, profundo, su pubis chocando contra mi culo redondo. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida enviando ondas de placer desde mi útero hasta las yemas de los dedos. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, sus manos amasando mis tetas colgantes.

Aceleró, gruñendo en mi oído palabras en turco que sonaban como poesía sucia. Yo respondía en mexicano puro: —¡Más duro, pinche turco caliente! ¡Cógeme como animal! Sudor nos cubría, goteando, mezclándose con el olor a sexo crudo, almizcle y pasión. Sentí su verga hincharse más, mis paredes contrayéndose alrededor. —Me corro contigo, rugió, y ambos estallamos. Mi orgasmo me desgarró, chorros calientes salpicando sus muslos, mientras él se vaciaba dentro, pulsos calientes llenándome hasta rebosar. Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados en sábanas húmedas.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El cuarto olía a nosotros, a sexo satisfecho y mezcal olvidado en la mesa. Tomó La Pasion Turca libro de la mesita, lo abrió en una página marcada. —Este libro nos unió, Daniela. ¿Repetimos mañana? Sonreí, besando su frente salada.

Neta, este encuentro fue mi propia pasión turca, mexicana y eterna.
La noche se cerró con promesas de más, el deseo no apagado, solo avivado.

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