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La Película de la Pasión de Cristo en Nuestra Piel Ardiente

6787 palabras

La Película de la Pasión de Cristo en Nuestra Piel Ardiente

Era una noche de esas que el DF te regala en temporada de lluvias, con el cielo descargando agua como si quisiera limpiar todos los pecados de la ciudad. Mi depa en la Condesa estaba chido, luces tenues, velitas de vainilla quemándose en la mesa y el olor a café recién molido flotando en el aire. Juan, mi carnal de hace un año, se recargó en el sofá conmigo, su brazo rodeándome la cintura. Neta, qué hombre, pensé, admirando cómo su camiseta se pegaba a sus pectorales por la humedad que traía del balcón.

"Órale, mami, ¿qué peli ponemos? Algo fuerte pa' esta noche", me dijo con esa voz ronca que me eriza la piel. Saqué el control y busqué en el catálogo. "¿Y si vemos La película de la Pasión de Cristo? La vi hace rato y está cañona, puro drama intenso". Él sonrió, pícaro. "¿Esa? Buena onda, aunque me pone pensativo. Pero contigo, todo se siente diferente". Apagué las luces principales y el cuarto se llenó del resplandor azul de la tele, el sonido de la lluvia golpeando las ventanas como un tambor lejano.

Al principio, todo normal. Las escenas de Jesús en el desierto, el sudor brillando en su piel bajo el sol implacable. Yo sentía el calor de Juan a mi lado, su muslo rozando el mío, áspero por el vello que asomaba de sus shorts.

Pinche película, ¿por qué me está dando calor acá abajo?
pensé, cruzando las piernas para disimular el cosquilleo que empezaba en mi entrepierna. Él comía palomitas, el crujido salado llenando el silencio entre diálogos. Su mano cayó casual en mi rodilla, y no la quité. Al contrario, la apreté contra mí.

La Pasión avanzaba. Los latigazos, la sangre resbalando por la espalda de Cristo, gemidos de dolor que sonaban a éxtasis reprimido. Juan se removió, su respiración más pesada. "Qué chingados, esto es heavy", murmuró, pero su dedo trazó un círculo en mi piel, subiendo despacito por el interior del muslo. El aroma de su colonia, mezclado con el mío de jazmín, se hacía espeso, como el aire antes de una tormenta. Mi corazón latía fuerte, sincronizado con los azotes en pantalla. Si el dolor puede ser así de intenso, ¿cómo será el placer?

"Pausa", dijo de repente, y el cuarto se quedó en penumbras. Se giró hacia mí, ojos oscuros brillando. "Maria, neta, esta peli me está poniendo... no sé, ansioso". Su boca capturó la mía, besos urgentes, lengua explorando con hambre. Sabía a palomitas y a deseo puro. Mis manos se enredaron en su pelo, tirando suave mientras él me recostaba en el sofá. El cuero frío contra mi espalda contrastaba con su cuerpo caliente presionándome. "Te quiero, carnalita", jadeó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Olía a lluvia y a hombre sudado, delicioso.

Acto dos de nuestra propia pasión. Le quité la camiseta, lamiendo el salado de su pecho, bajando hasta el ombligo donde el vello oscuro me guiaba. Él gimió, "¡Ay, wey, qué rico!", y sus manos expertas desabrocharon mi blusa, liberando mis chichis. Las amasó, pezones endureciéndose bajo sus pulgares ásperos. El sonido de la lluvia se mezclaba con nuestros jadeos, un coro perfecto. Bajó mis jeans, besando el camino por mi vientre, hasta llegar a mis calzones empapados. "Estás chorreando, mami", rio bajito, voz ronca de lujuria mexicana.

Me abrí para él, piernas temblando. Su lengua tocó mi clítoris, un relámpago de placer que me arqueó la espalda.

¡Madre santa, como la película pero al revés, puro gozo!
Lamía despacio, saboreando mis jugos, el olor almizclado de mi excitación llenando el aire. Metió dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. "¡Más, pendejo, no pares!" grité, uñas clavándose en sus hombros. Él aceleró, chupando fuerte, mi cuerpo convulsionando en olas de calor. El orgasmo llegó como un latigazo, dulce y demoledor, piernas apretándole la cabeza mientras gritaba su nombre.

Pero no paró ahí. Se levantó, quitándose los shorts, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo contra mi palma. "Ven, métemela ya", supliqué, guiándolo a mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Qué llenura, qué chingonería. Empezó a moverse, embestidas profundas, el slap-slap de carne contra carne ahogando la lluvia. Sus bolas chocaban mi culo, sudor resbalando entre nosotros, salado en mis labios cuando lo besé.

Nos volteamos, yo encima ahora, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis caderas, guiándome, pechos rebotando con cada bajada. "¡Qué culazo tienes, Maria!" gruñó, pellizcando suave. El sofá crujía bajo nosotros, tele aún pausada con la imagen de Cristo sufriendo, testigo mudo de nuestra redención carnal. Sentía cada vena de su pija rozándome por dentro, building that pressure, tensión subiendo como la Pasión en la pantalla. Él se sentó, mamando mis tetas, mordiendo pezones mientras yo giraba las caderas, moliendo.

La intensidad creció. Cambiamos a perrito, él atrás, jalándome el pelo suave, nalgadas que picaban rico sin dolor. "¡Sí, así, cabrón!" chillé, empujando contra él. Su mano bajó al clítoris, frotando en círculos mientras me taladraba. Olores intensos: sudor, sexo, vainilla quemada. Sonidos: gemidos guturales, piel húmeda chocando, lluvia furiosa afuera. Mi segundo clímax se acercó, vientre contrayéndose. "Me vengo, Juan, ¡ahí viene!" Él aceleró, "Yo también, amor, juntos". Explosamos al unísono, su leche caliente llenándome, chorros profundos mientras yo me deshacía en espasmos, gritando como poseída.

Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose. La película seguía pausada, pero ya no importaba. Juan me besó la frente, "La película de la Pasión de Cristo nunca me había dejado así. Contigo es otro nivel, neta". Reí bajito, trazando círculos en su pecho húmedo. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción profunda. Afuera, la lluvia amainaba, dejando un fresco que entraba por la ventana entreabierta. Me acurruqué contra él, sintiendo su corazón latir lento, el afterglow envolviéndonos como una bendición pagana.

En ese momento, entendí que la verdadera pasión no está en el sufrimiento, sino en soltarse, en entregarse al placer mutuo. Juan era mi Cristo personal, pero sin cruz, solo con besos y caricias que curaban todo. Dormimos así, piel con piel, soñando con más noches como esta, donde una simple película desata el fuego que nos une.

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