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besos con pasion

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besos con pasion

La noche en Puerto Vallarta te recibe con un calor pegajoso que se pega a la piel como una promesa. El mar susurra a lo lejos, rompiendo en olas suaves contra la arena blanca, y el aire huele a sal, coco y esas parrillas callejeras que chisporrotean con carne asada. Estás en una fiesta playera, de esas que arman los cuates en las casas rentadas con alberca infinita, luces de neón parpadeando al ritmo de cumbia rebajada que sale de unos bocinas enormes. Llevas un vestido ligero de tirantes, el que abraza tus curvas sin esfuerzo, y sientes el viento juguetón levantando el borde, rozando tus muslos desnudos.

Estás tomando una michelada fría, el limón picando en la lengua, el chile en polvo quemando un poquito, cuando lo ves. Alto, moreno, con esa playera ajustada que marca los músculos del pecho y unos jeans que caen perfectos en las caderas. Se llama Rodrigo, te dice cuando se acerca con una sonrisa pícara, de esas que dicen "neta, te vi y no pude dejar de mirarte". Es de Guadalajara, pero vive aquí por trabajo, algo de hoteles o qué sé yo, pero su voz grave con acento tapatío te eriza la piel. "¿Bailamos, morra?", pregunta, extendiendo la mano. Tú sonríes, sientes ese cosquilleo en el estómago, el primer jalón de deseo que te hace decir sin pensarlo dos veces.

La pista improvisada es pura arena revuelta con pies descalzos, cuerpos moviéndose al son de "El Listón de Tu Pelo". Sus manos en tu cintura, firmes pero suaves, te guían. Sientes su aliento cálido en el cuello cuando se acerca, oliendo a tequila reposado y colonia fresca. "Estás cañón", murmura, y tú ríes, empujándolo juguetona. "Tú tampoco estás tan pendejo, wey". El roce de su pecho contra el tuyo acelera tu pulso, el sudor empezando a perlar su piel, brillando bajo las luces. Cada giro trae su cadera contra la tuya, una promesa de más, y tú sientes esa humedad traicionera entre las piernas, el cuerpo respondiendo antes que la mente.

¿Y si lo llevo a un lado? Neta, estos besos que imagino ya me traen loca.

La canción cambia a algo más lento, un bolero electrónico que invita a pegarse. Sus labios rozan tu oreja accidentalmente —o no— y el escalofrío te recorre la espina. "Quiero probarte", susurra, y tú giras la cara, encontrando su boca. El primer beso es suave, exploratorio, sus labios carnosos saboreando los tuyos con la sal del mar y el dulzor de tu gloss de fresa. Pero pronto se enciende: besos con pasión, lenguas enredándose, mordiscos leves que te arrancan gemidos ahogados por la música. Sus manos bajan a tus nalgas, apretando con hambre, y tú arqueas la espalda, presionándote contra su dureza evidente bajo los jeans.

"Vamos adentro", dices jadeante, tirando de su mano. Él asiente, ojos oscuros brillando de lujuria. La casa está llena de risas y humo de mota ligera, pero encuentran un cuarto vacío al fondo, con vista al mar a través de ventanales abiertos. La brisa entra fresca, contrastando con el fuego que os consume. Cierras la puerta con pestillo, y él te empuja contra la pared, besos con pasión renovados, más urgentes. Sientes su verga dura contra tu vientre, palpitando, y tus pezones se endurecen bajo el vestido, rozando su pecho.

Le quitas la playera de un tirón, revelando torso tatuado con un águila y rosas, piel morena sudada que hueles al inclinarte: masculino, salado, adictivo. Tus uñas recorren sus abdominales, bajando hasta el botón del pantalón. "Quítatelo todo, cabrón", ordenas, voz ronca de deseo. Él obedece, liberando su verga gruesa, venosa, apuntando al techo. Tú te muerdes el labio, el pulso latiendo en tu clítoris. Te desabrochas el vestido, dejándolo caer; quedas en tanga de encaje y nada más. Sus ojos te devoran, manos cubriendo tus tetas, pulgares en los pezones, pellizcando hasta que gimes alto.

Caen a la cama king size, sábanas frescas oliendo a detergente de lavanda. Él besa tu cuello, bajando por el escote, lengua trazando caminos húmedos. "Qué rica estás, pinche diosa", gruñe, chupando un pezón mientras masajea el otro. Tú arqueas, manos enredadas en su pelo negro, tirando suave. "Más, Rodrigo, no pares". Sus besos bajan por tu vientre, mordisqueando la piel sensible, hasta llegar a tus muslos. Los abre con reverencia, inhalando tu aroma almizclado de excitación. "Hueles a miel, morra". La lengua lame la tela de la tanga primero, empapándola más, antes de arrancarla de un jalón.

Dios, su boca ahí... voy a explotar ya mismo.

Sientes su aliento caliente en tu panocha depilada, labios rozando los grandes, lengua separándolos para encontrar el clítoris hinchado. Gime contra ti, vibrando, mientras lame en círculos lentos, luego rápidos. Tus caderas se alzan solas, follándole la cara, jugos chorreando por su barbilla. "¡Órale, sí! Chúpame así, pendejo". Él mete dos dedos gruesos, curvándolos contra tu punto G, bombeando mientras succiona. El placer sube en oleadas, tenso, tu vientre contrayéndose, gemidos convirtiéndose en gritos que el mar ahoga.

No aguantas más: lo jalas arriba, besos con pasión salados de tu esencia, probándote en su lengua. "Fóllame ya, wey". Él se pone condón rápido —siempre responsable, qué chido— y se posiciona. La punta de su verga empuja tu entrada resbaladiza, estirándote delicioso. Entras despacio al principio, gimiendo por la plenitud, sus caderas girando para rozar cada rincón. "Estás tan apretada, tan caliente", jadea, empezando a bombear. Tú envuelves piernas en su cintura, uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas.

El ritmo acelera: embestidas profundas, piel chocando con palmadas húmedas, cama crujiendo. Sudor goteando de su frente a tus tetas, mezclándose. Sientes su verga hinchándose más, golpeando ese spot que te hace ver estrellas. "¡Más fuerte, cabrón! ¡Dame todo!". Él obedece, follándote como animal, una mano en tu clítoris frotando furioso. El orgasmo te golpea como ola gigante: cuerpo convulsionando, panocha ordeñándolo, grito ronco escapando. Él ruge segundos después, tensándose, llenando el condón con espasmos calientes.

Colapsan juntos, respiraciones agitadas sincronizándose con el mar. Su peso sobre ti es reconfortante, verga ablandándose aún dentro. Besos suaves ahora, post-sexo, labios hinchados rozándose. "Neta, eso fue épico", murmura, acariciando tu pelo. Tú ríes bajito, dedos trazando sus tatuajes. "Besos con pasión y más, Rodrigo. Qué noche". Se queda abrazándote, pieles pegajosas enfriándose en la brisa. Piensas en el amanecer que pintará el cielo de rosa, en cómo este encuentro te deja plena, empoderada, lista para lo que venga.

Duermes un rato, despertando con su mano en tu cadera. No hay promesas vacías, solo sonrisas y otro beso lento antes de volver a la fiesta. Sales renovada, el cuerpo zumbando de placer residual, sabiendo que los besos con pasión como esos marcan para siempre.

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