Gena Rowlands Diario de una Pasion Carnal
Ana se recostó en el sofá de su departamento en Polanco, con la lluvia golpeando las ventanas como un tambor lejano. El aroma del café recién hecho flotaba en el aire, mezclado con el perfume de jazmín que siempre usaba para sentirse chida. Encendió la tele y buscó esa película que tanto le gustaba: Gena Rowlands en Diario de una Pasión. Neta, cada vez que la veía, algo se removía adentro, como si el fuego de esos amantes le encendiera las tripas.
La pantalla cobró vida. Gena, con esa mirada intensa y arrugada por los años pero llena de hambre, contaba su historia de amor eterno. Ana sintió un cosquilleo en la piel, el sonido de la lluvia se fundía con la banda sonora, suave y melancólica. Se imaginó a sí misma en esa casa junto al lago, con un hombre que la tomara sin pedir permiso, pero con todo el consentimiento del mundo. Sus pechos se endurecieron bajo la blusa de seda, y bajó la mano despacio, rozando su vientre plano. Órale, Ana, contrólate, wey, pensó, pero el calor entre las piernas no la dejaba.
Hoy el recuerdo de Gena Rowlands en Diario de una Pasión me quema. Quiero un amor así, que duela y que cure al mismo tiempo. Que me haga gritar hasta quedarme ronca.
El timbre sonó de repente, sacándola del trance. Era Marco, su ex —o casi ex— que había prometido no volver. Pero ahí estaba, empapado, con esa sonrisa pícara que la derretía. ¿Qué chingados haces aquí? le soltó ella, pero su voz salió más ronca de lo planeado.
—Vine porque no aguanto más, mamacita. Te extraño como loco —dijo él, quitándose la camisa mojada. Su pecho moreno brillaba bajo la luz tenue, los músculos tensos por el frío. Ana olió su colonia mezclada con lluvia, ese olor que siempre la ponía cachonda.
Entró sin que ella lo invitara del todo, y se sentó a su lado. La película seguía: Gena y su galán en una escena de lluvia torrencial, besándose como si el mundo se acabara. Marco la miró, con ojos que ardían.
—Diario de una Pasión con Gena Rowlands, ¿eh? Buena elección para una noche como esta —murmuró, su mano rozando accidentalmente —o no— el muslo de ella.
Ana sintió el pulso acelerarse, el corazón latiéndole en las sienes. No lo empujó. En cambio, se acercó un poco más. El deseo inicial era como una chispa: él la había dejado hace un mes por "espacio", pero ahora su cuerpo gritaba lo contrario. Hablaron poco, de tonterías, de la ciudad inundada, pero sus miradas se enredaban. Ella notó cómo la entrepierna de él se hinchaba bajo los jeans, y sonrió para adentro. Pendejo, sabes que me tienes en la palma de la mano.
La tensión creció cuando Marco le apartó un mechón de cabello húmedo por el vapor del café. Sus dedos eran cálidos, ásperos por el trabajo en la constructora. Ana jadeó bajito, el sonido de la película —gemidos ahogados de pasión— se colaba en el silencio. Él se inclinó, sus labios rozando el cuello de ella, probando el salado de su piel. Olía a vainilla y sudor sutil, embriagador.
—Dime que pare si quieres —susurró él, pero su aliento caliente en la oreja era una invitación.
—No pares, cabrón. Quiero todo —respondió ella, girando el rostro para besarlo.
El beso fue fuego puro. Lenguas danzando, sabores a menta de su chicle y café en la boca de él. Ana lo jaló hacia sí, sintiendo su verga dura presionando contra su cadera. Se quitaron la ropa con urgencia, pero sin prisa: blusa volando, jeans deslizándose por piernas fuertes. La piel de Marco era suave como terciopelo moreno, salpicada de vello que le erizaba la yema de los dedos. Él besó sus senos, chupando los pezones rosados hasta que dolieron de placer, un dolor dulce que la hacía arquear la espalda.
El medio del deseo los envolvió. Ana lo empujó al sofá, montándose a horcajadas. Sus manos exploraron: el pecho ancho, los abdominales marcados, bajando hasta esa verga gruesa, palpitante, con venas que latían como su propio corazón. La tocó despacio, sintiendo la humedad en la punta, salada al probarla con la lengua. Marco gruñó, un sonido gutural que vibró en el aire cargado de aroma a sexo naciente —sudor, excitación, jazmín marchito.
En este momento, soy Gena Rowlands en mi propio Diario de una Pasión. Marco es mi Noah, pero con más fuego mexicano en las venas. Quiero que me rompa en dos.
Él la volteó con gentileza, pero firme, colocándola de rodillas en el sofá. Sus dedos encontraron su panocha empapada, resbaladiza como miel caliente. Rozó el clítoris hinchado, círculos lentos que la hicieron gemir alto, el sonido rebotando en las paredes. Qué rico, sigue, no pares, pensó ella, mordiéndose el labio hasta saborear sangre. Marco lamió su cuello, bajando por la espina, inhalando su esencia almizclada. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que la volvía loca. Ana se retorcía, las uñas clavándose en los cojines, el pulso de él latiendo contra su nalga.
La intensidad subió como la lluvia afuera, torrencial. Él se posicionó detrás, la cabeza de su verga rozando la entrada, pidiendo permiso con un empujón suave. —Sí, chíngame ya —suplicó ella, empujando hacia atrás. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. El estiramiento era exquisito, dolor y placer fundidos. Empezaron a moverse, ritmo pausado al principio: él embistiendo profundo, ella respondiendo con caderas ondulantes. El slap-slap de piel contra piel, mezclado con jadeos y la película de fondo —Gena gritando su amor eterno— creaba una sinfonía erótica.
Ana sintió el orgasmo construyéndose, como una ola en el Pacífico. Marco aceleró, una mano en su clítoris, la otra apretando su cadera. Sudor goteaba, salado en la lengua cuando ella se lamió los labios. Voy a venirme, wey, no te detengas. Él gruñó su nombre, profundo, mientras la penetraba más fuerte. El clímax la golpeó como rayo: espasmos violentos, la concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer que la dejaron temblando. Marco la siguió segundos después, vaciándose dentro con un rugido animal, caliente y abundante.
Cayeron exhaustos, enredados en el sofá. La película terminaba: Gena y su amor juntos hasta el final. Ana respiró hondo, oliendo su mezcla —semen, sudor, ella—. Marco la besó la frente, suave ahora.
—Esto fue como tu película, ¿no? Un Diario de una Pasión con Gena Rowlands como musa —dijo él, riendo bajito.
Ella sonrió, el afterglow envolviéndola como manta tibia. El conflicto se había disuelto en éxtasis; el espacio que pedía ahora era innecesario. Se quedaron así, escuchando la lluvia amainar, cuerpos pegajosos y almas en paz. Mañana escribiría en su diario real: La pasión no espera. La vives o te quema.
En el silencio, Ana supo que esto era solo el principio de su propia historia eterna.