Pasión A Ti
La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal marina y a coco tostado del fuego que ardía cerca. Tú estabas ahí, recargado en la barra improvisada de bambú, con una cerveza fría en la mano, sintiendo la arena tibia colándose entre tus dedos de los pies. El sonido de las olas rompiendo suave contra la orilla se mezclaba con la cumbia que retumbaba desde los altavoces, haciendo vibrar el aire caliente. Habías venido solo, buscando desconectar del jale en la ciudad, pero neta, no esperabas que la noche se pusiera tan interesante.
Entonces la viste. Ella bailaba descalza cerca del fuego, con un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel morena por el sudor del calor tropical. Su cabello negro suelto ondeaba como las olas, y cuando giró, sus ojos oscuros te clavaron en el sitio. Se llamaba Mariana, te enteraste después, una chilanga que andaba de vacaciones con unas amigas. Pero en ese momento, solo era ella, moviéndose con una gracia que te aceleró el pulso. Te acercaste, con esa confianza que sale cuando el ron empieza a calentar la sangre.
—Órale, qué buena onda ese baile —dijiste, alzando la voz por encima de la música.
Ella se rio, una risa ronca y juguetona que te erizó la piel. —¿Y tú qué, wey? ¿Solo vas a mirar o te animas?
La tomaste de la mano, su palma cálida y un poco áspera por la arena, y la llevaste al centro del círculo. Bailaron pegados, sus caderas rozando las tuyas al ritmo de la cumbia. Olía a su perfume mezclado con el mar, algo dulce como jazmín. Cada roce era eléctrico, como si la pasión a ti ya estuviera brotando desde adentro, queriendo explotar. Sentías su aliento en tu cuello cuando se acercaba, y el calor de su cuerpo contra el tuyo te ponía la cabeza loca.
Esto no puede ser real, piensas. Neta, esta morra me va a volver loco con solo mirarme así.
La primera cerveza se convirtió en la segunda, luego en un trago de tequila que compartieron de la botella. Sus labios brillaban húmedos cuando bebía, y tú no podías dejar de imaginar cómo sabrían. Hablaron de todo: del pinche tráfico de la CDMX, de lo chido que era escaparse a la costa, de sueños locos que ninguno había cumplido. Pero entre risas, había miradas largas, toques casuales que duraban de más. Su mano en tu brazo, tus dedos rozando su cintura. La tensión crecía como la marea, subiendo lento pero imparable.
Al rato, las amigas de ella se fueron al hotel, dejándolos solos junto al fuego que ya menguaba. —¿Y ahora qué? —preguntó ella, con los ojos brillando a la luz de las brasas.
—Vamos a caminar —sugieres, y ella asiente, entrelazando sus dedos con los tuyos.
La playa estaba desierta, solo el rumor del mar y el crujir de la arena bajo sus pies. La luna llena pintaba todo de plata, y el aire se sentía más fresco, pero entre ustedes ardía. Se detuvieron junto a unas palmeras, y ahí, sin palabras, la besaste. Sus labios eran suaves, calientes, con sabor a tequila y sal. Abrió la boca para ti, su lengua danzando con la tuya en un beso que te dejó sin aire. Sus manos subieron a tu nuca, tirando de tu cabello, y tú la apretaste contra un tronco, sintiendo sus pechos firmes presionando tu torso.
—Me traes con todo, cabrón —murmuró contra tu boca, su voz ronca de deseo.
La levantaste en brazos, ella riendo bajito, y caminaron hasta tu cabaña a unos metros, esa que rentaste con vista al mar. La puerta se cerró con un clic, y el mundo afuera desapareció. Adentro, el ventilador zumbaba lento, moviendo el aire cargado de humedad. La tumbaste en la cama king size, con sábanas blancas que olían a lavanda fresca. Te quitaste la camisa, y ella se incorporó para lamer tu pecho, su lengua trazando caminos húmedos que te hicieron gemir.
Pinche delicia, su boca es fuego puro. No aguanto más, pero tengo que ir despacio, hacerla enloquecer primero.
Le subiste el vestido por las caderas, revelando sus muslos suaves y bronceados. No traía nada debajo, solo piel caliente y húmeda. Tus dedos exploraron, encontrándola ya mojada, resbaladiza de anticipación. Ella arqueó la espalda, gimiendo tu nombre —el que le habías dicho en la barra— mientras metías un dedo, luego dos, moviéndolos lento al ritmo de sus caderas que se mecían contra tu mano. Olía a ella, a sexo puro, ese aroma almizclado que te volvía animal.
—¡Sí, así, no pares! —jadeó, clavando las uñas en tus hombros.
Te quitaste el resto de la ropa, y ella se arrodilló frente a ti, tomando tu verga dura en su mano suave. La miró con ojos hambrientos antes de meterla en su boca, chupando con una maestría que te hizo apretar los dientes. Su lengua giraba alrededor de la cabeza, saboreando el precum salado, y el sonido húmedo de su succión llenaba la habitación. Tú enredaste los dedos en su pelo, guiándola suave, sintiendo el calor de su garganta.
Pero no querías acabar así. La tumbaste de nuevo, besando cada centímetro de su cuerpo: el cuello salado, los pezones duros como piedras que mordisqueaste hasta que gritó de placer, el ombligo, bajando hasta su sexo palpitante. La probaste, lamiendo lento sus labios hinchados, metiendo la lengua adentro para saborear su miel dulce y agria. Ella se retorcía, las sábanas enredándose en sus piernas, gimiendo alto, sin pena, como solo las morras mexicanas saben hacer cuando se sueltan.
—¡Métemela ya, por favor! —suplicó, y tú no la hiciste esperar.
Te posicionaste entre sus piernas abiertas, frotando la punta contra su entrada resbaladiza. Entraste despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes te apretaban como un guante caliente y húmedo. Ella gritó de gusto, envolviendo las piernas alrededor de tu cintura, clavándote más profundo. Empezaste a moverte, primero lento, saboreando cada embestida, el slap de piel contra piel, el sudor que les corría por los cuerpos. El olor a sexo impregnaba todo, mezclado con el salitre que traían de la playa.
Su coño es perfecto, tan apretado, tan mojado. La pasión a ti me consume, carnal, esto es lo que necesitaba.
La intensidad subió. La volteaste a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas mientras la taladrabas fuerte, el sonido de sus nalgas chocando contra tu pelvis retumbando. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más, gritando obscenidades deliciosas: —¡Dame duro, wey, hazme tuya!
Cambiaron posiciones, ella encima, cabalgándote como una diosa salvaje. Sus tetas rebotaban al ritmo, y tú las amasabas, pellizcando los pezones hasta que ella tembló. El clímax se acercaba, un nudo apretado en tu vientre. La besaste con furia, mordiendo su labio inferior, y ella se corrió primero, su cuerpo convulsionando, el coño contrayéndose alrededor de tu verga en oleadas que te arrastraron al borde.
—¡Me vengo! —gruñiste, y explotaste dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras ambos jadeaban, sudados y exhaustos.
Se derrumbaron juntos, el ventilador secando el sudor de sus pieles. Ella se acurrucó contra tu pecho, su respiración calmándose poco a poco. El mar seguía susurrando afuera, y el amanecer empezaba a teñir el cielo de rosa. Le besaste la frente, oliendo su cabello revuelto.
—Neta, esto fue chingón —dijo ella, sonriendo pícara.
—La pasión a ti fue inolvidable —respondiste, y supiste que esa noche había cambiado algo en ti, un fuego nuevo que ardía tranquilo, listo para más.
Durmieron entrelazados, con el sol saliendo sobre el Pacífico, prometiendo días de placer compartido en esa playa mexicana que olía a promesas cumplidas.