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Pasión de Gavilanes Capítulo 46 Fuego en las Venas

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Pasión de Gavilanes Capítulo 46 Fuego en las Venas

El rancho de los Reyes bullía de tensiones esa tarde, con el sol del atardecer derramando oro líquido sobre los pastizales. Jimena Jiménez, con su falda floreada ondeando al viento caliente, sentía el corazón latiéndole como tambor en el pecho. Hacía días que no veía a Óscar, su amor prohibido, envuelto en pleitos familiares que amenazaban con separarlos para siempre. Pero hoy, un mensaje garabateado en una servilleta la había citado aquí, en el cobertizo viejo al fondo de la propiedad. Ven, nena, no aguanto más tu ausencia, decía. Su piel erizaba solo de recordarlo.

El aire olía a tierra húmeda y jazmines silvestres, mezclado con ese aroma varonil que siempre traía Óscar, como cuero curtido y sudor fresco. Jimena empujó la puerta de madera astillada, y ahí estaba él, recargado contra un pilar, camisa blanca desabotonada hasta el pecho moreno, pantalón ajustado marcando sus muslos fuertes. Sus ojos negros la devoraron de arriba abajo, y una sonrisa pícara se dibujó en sus labios carnosos.

—Óscar... ¿y si nos cachan? murmuró ella, pero su voz salió ronca, traicionándola. Ya avanzaba hacia él, atraída como imán.

Él se enderezó, alto y fornido, y la atrapó por la cintura con manos callosas que sabían de trabajo duro en el campo. Qué chingón se siente su toque, como si me prendiera fuego por dentro, pensó Jimena mientras su aliento cálido le rozaba el cuello.

—Que nos cachen, Jimenita. Hoy solo existes tú y yo, gruñó él, su voz grave vibrando contra su piel. La besó entonces, un beso hambriento que sabía a tequila y deseo reprimido. Sus lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras las manos de Óscar subían por su espalda, desatando el lazo de su blusa. El roce de sus dedos ásperos en la espina dorsal la hizo arquearse, un gemido escapando de su garganta.

La tensión del día se evaporaba con cada caricia. Afuera, los grillos empezaban su coro nocturno, y el viento susurraba promesas entre las vigas del cobertizo. Jimena hundió los dedos en su cabello negro revuelto, tirando suave para profundizar el beso. Este wey me vuelve loca, neta. Su boca es puro vicio.

Óscar la levantó en vilo, sentándola en una manta vieja que había tendido sobre heno seco. El olor a hierba aplastada subió intenso, mezclándose con el almizcle de sus cuerpos calentándose. Le quitó la blusa con delicadeza, revelando sus senos plenos, coronados de pezones oscuros ya endurecidos por la brisa fresca y la anticipación. Él los miró como si fueran tesoros, y bajó la cabeza para lamer uno, succionándolo con hambre. Jimena jadeó, el placer eléctrico bajando directo a su entrepierna, donde ya sentía humedad traicionera empapando sus bragas.

—Estás cañón, mi reina. Mira cómo te pones por mí, susurró él contra su piel, mientras sus manos bajaban la cremallera de su falda. Ella lo ayudó, impaciente, quedando solo en ropa interior blanca, contrastando con su piel canela. Óscar se arrodilló, besando su vientre suave, bajando hasta el borde de las bragas. El calor de su aliento la hizo temblar.

En su mente, Jimena revivía las peleas con su familia, los gritos por la venganza de los Reyes, pero aquí, en este rincón olvidado, nada importaba. Solo el pulso acelerado de él latiendo contra su muslo interno, la forma en que sus dientes rozaban juguetones la tela húmeda.

No pares, cabrón. Hazme tuya ya
, rogaba en silencio.

Él obedeció, deslizando las bragas por sus piernas torneadas. El aire fresco besó su sexo expuesto, hinchado y brillante de jugos. Óscar inhaló profundo, gimiendo de placer. —Hueles a mujer en celo, Jimena. A miel pura mexicana. Su lengua salió entonces, plana y caliente, lamiendo desde la entrada hasta el clítoris hinchado. Ella gritó bajito, agarrando su cabeza, las caderas moviéndose solas contra su boca experta. Chupaba, succionaba, metía la lengua adentro, saboreándola como si fuera el mejor tequila del mundo. El sonido húmedo de su festín llenaba el cobertizo, mezclado con sus jadeos roncos y los suyos, agudos y desesperados.

El clímax se acercaba como tormenta, pero Óscar se detuvo, subiendo para besarla de nuevo, compartiendo su propio sabor en su boca. Sabe a mí, a nosotrxs, pensó ella, embriagada. Él se quitó la camisa rápido, revelando torso esculpido por el sol y el esfuerzo, vello oscuro bajando hasta el bulto impresionante en su pantalón. Jimena lo desabrochó con dedos temblorosos, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomó en mano, sintiendo el calor satinado, el pulso furioso. —Qué chingadera tan rica tienes, Óscar. Ven, déjame chupártela.

Él se recargó en la pared, gimiendo cuando sus labios lo envolvieron. Ella lo mamó con devoción, lengua girando en la cabeza sensible, tragando hasta la garganta, salivando abundante. El sabor salado de su pre-semen la enloqueció, y él gruñía pendeja deliciosa, tirando de su pelo suave. Pero no la dejó acabar; la levantó, volteándola contra un pilar, nalgas al aire. El roce de su verga dura contra sus glúteos la hizo gemir de anticipación.

Aquí venía la escalada, el corazón de su pasión. Óscar escupió en su mano, lubricando ambos, y empujó lento, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. ¡Ay, wey, me partes en dos de gusto! gritó ella internamente, mientras su cuerpo se ajustaba al grosor invasor. Empezó a moverse, embestidas profundas y lentas al principio, el sonido de piel contra piel resonando como aplausos obscenos. Sus manos amasaban sus nalgas, un dedo rozando su ano juguetón, enviando chispas de placer prohibido.

Jimena se arqueó, empujando hacia atrás, queriendo más. —¡Más fuerte, mi rey! Cógeme como animal. Él obedeció, acelerando, sudando profuso, el olor a macho en celo impregnando todo. Sus bolas chocaban contra su clítoris con cada estocada, y ella sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en su vientre. Internalmente luchaba: Esto es pecado, pero qué rico pecado. Los Gavilanes y Jiménez unidos en carne viva.

Óscar la giró de frente, levantándola para que envolviera sus piernas en su cintura. Así, mirándose a los ojos, la penetró de nuevo, besos fieros entre embestidas. Sus senos rebotaban contra su pecho, pezones rozando vello áspero. El clímax la alcanzó primero, un estallido cegador: músculos contrayéndose, chorros de placer empapando su verga, grito ahogado contra su hombro. Él la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola de semen caliente, pulsación tras pulsación.

Se derrumbaron en la manta, jadeantes, cuerpos entrelazados sudorosos. El cobertizo olía a sexo crudo, a ellos. Óscar la besó la frente, suave ahora. —Te amo, Jimenita. Pase lo que pase con las familias, esto no nos lo quitan.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. Pasión de Gavilanes, capítulo 46. Así lo recordaré siempre, como nuestro capítulo secreto. Afuera, la noche caía estrellada, testigo mudo de su unión. El deseo inicial se había transformado en algo profundo, un lazo que ni venganzas romperían. Se vistieron lento, robándose besos, sabiendo que el mundo los esperaría con brazos abiertos... o puños cerrados. Pero por ahora, el fuego en sus venas ardía eterno.

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