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Pasión de Gavilanes Capítulo 152 Fuego en la Carne

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Pasión de Gavilanes Capítulo 152 Fuego en la Carne

La noche caía suave sobre la casa en las afueras de Guadalajara, con el aire cargado del aroma a jazmín que trepaba por las paredes de adobe. Gabriela se recargaba en el sofá de la sala, las piernas cruzadas, sintiendo el fresco del piso de loseta contra sus pies descalzos. Diego, su hombre desde hace dos años, estaba a su lado, con una cerveza fría en la mano, los ojos fijos en la tele. Estaban viendo Pasión de Gavilanes capítulo 152, esa telenovela que los tenía enganchados como chicle en la suela del zapato.

En la pantalla, la pasión entre los hermanos Reyes y las Elizondo hervía como chile en nogada. Gabriela sentía un cosquilleo en el estómago cada vez que Óscar besaba a su mujer con esa hambre de lobo.

Órale, wey, mira cómo se comen vivos
, pensó ella, mordiéndose el labio. Diego la miró de reojo, notando cómo sus pechugas subían y bajaban con la respiración agitada. El calor de su cuerpo cerca la hacía sudar un poquito, y el olor de su colonia, esa que olía a madera y picardía, le subía por la nariz como un afrodisíaco.

—Neta, Gaby, estos gavilanes sí que saben prender el fuego —dijo Diego con voz ronca, pasando el brazo por sus hombros. Sus dedos rozaron la piel de su cuello, suave como tamal de elote, y ella sintió un escalofrío que le bajó hasta las ingles.

—Sí, carnal, me tienen bien caliente —respondió ella, girándose para mirarlo a los ojos. Esos ojos cafés que la volvían loca, como si la desnudaran con la mirada. La tensión crecía, el volumen de la tele era solo un murmullo ahora, porque lo que importaba era el pulso acelerado entre ellos.

El capítulo avanzaba, pero Gabriela ya no prestaba atención. Su mano se posó en el muslo de Diego, sintiendo los músculos firmes bajo el pantalón de mezclilla. Él dejó la cerveza en la mesita, el sonido del hielo chocando fue como un disparo de deseo. Se inclinó hacia ella, su aliento cálido oliendo a cerveza y menta, y la besó. Primero suave, como probando el agua del jacuzzi, pero pronto la lengua de él invadió su boca, saboreando el dulzor de su gloss de fresa.

Acto de introducción al deseo, pensó Gabriela mientras sus lenguas bailaban. Sus manos subieron por la espalda de él, arañando levemente la camisa, queriendo sentir su piel morena y sudada.

Diego la jaló hacia su regazo, y ella se sentó a horcajadas, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su panocha a través de la tela. ¡Ay, Diosito, qué chingona está esta noche! El roce era eléctrico, como chispas de un foco fundido. Sus caderas se movían solas, frotándose despacio, mientras el beso se volvía salvaje. Él metió las manos por debajo de su blusa, tocando sus chichis grandes y firmes, pellizcando los pezones que ya estaban duros como piedras de pirul.

—Quítate eso, mamacita —gruñó Diego, jalando la blusa por su cabeza. Gabriela obedeció, riendo bajito, su melena negra cayendo en cascada sobre los hombros desnudos. El aire fresco de la noche le erizó la piel, pero el calor de las manos de él lo compensaba todo. Ella desabrochó su camisa, besando su pecho ancho, lamiendo el sudor salado que sabía a hombre de verdad, a tequila y esfuerzo.

Se levantaron del sofá como si el mundo se acabara, tropezando un poco con la alfombra. Diego la cargó en brazos, fuerte como toro de rodeo, y la llevó al cuarto. La cama king size los esperaba, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La tiró suave, pero con hambre, y se quitó el pantalón de un jalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando al techo como bandera en desfile.

Gabriela se lamió los labios, el corazón latiéndole en las sienes.

Esto es mejor que cualquier capítulo de Gavilanes
. Se quitó el shortcito y las calzonetas de encaje, abriendo las piernas para él. Diego se arrodilló entre sus muslos, inhalando el aroma almizclado de su excitación, ese olor que lo volvía loco de atar. Acarició sus labios mayores con los dedos, húmedos y calientes, y ella gimió, arqueando la espalda.

—Tócame ahí, papacito, no pares —suplicó ella, la voz temblorosa. Él obedeció, metiendo un dedo, luego dos, moviéndolos en círculos que la hacían jadear. El sonido chido de su humedad llenaba el cuarto, mezclado con sus respiraciones agitadas. Gabriela agarró las sábanas, las uñas clavándose, mientras él bajaba la boca y lamía su clítoris, chupándolo como tamarindo en rama. El placer era un rayo, subiendo por su espina dorsal, haciendo que sus piernas temblaran.

Pero ella quería más. Lo jaló del pelo, obligándolo a subir. —Cógeme ya, wey, no me hagas sufrir. Diego se puso de rodillas, frotando la cabeza de su verga contra su entrada, lubricándola con sus jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo ella lo apretaba como guante de carnero. Ambos gritaron al unísono, el placer tan intenso que dolía rico.

Empezaron a moverse, él embistiendo profundo, ella clavando las uñas en su espalda. El slap-slap de sus cuerpos chocando era música, más alta que cualquier banda de mariachi. Gabriela sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, llenándola hasta el fondo. Sudaban como en sauna, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Cambiaron de posición: ella encima, cabalgándolo como jinete en charrería, sus chichis rebotando, el pelo pegado a la cara por el sudor.

¡Qué rico, Diego, no pares, más fuerte! gritaba ella en su mente, mientras él agarraba su culazo, guiándola. La tensión subía, como volcán a punto de estallar. Él se sentó, abrazándola, besándola con furia mientras follaban sentados. Sus pulsos latían al mismo ritmo, los gemidos se volvían gritos ahogados.

El clímax llegó como tormenta de verano. Gabriela se tensó primero, su panocha contrayéndose en espasmos, un grito largo saliendo de su garganta: —¡Me vengo, cabrón, ay sí! El orgasmo la sacudió entera, olas de placer que la dejaban ciega y sorda. Diego la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con su leche caliente, pulsación tras pulsación.

Se derrumbaron juntos, jadeando, cuerpos enredados en un nudo sudoroso. El cuarto olía a ellos, a pasión consumada. Diego la besó en la frente, suave ahora, mientras ella trazaba círculos en su pecho con el dedo.

—Neta, Gaby, fuiste más caliente que Pasión de Gavilanes capítulo 152 —murmuró él, riendo bajito.

—Y tú mi gavilán personal —respondió ella, acurrucándose. El afterglow era perfecto, el cuerpo pesado y satisfecho, la mente flotando en nubes de algodón. Afuera, el viento susurraba entre los jazmines, pero adentro, el fuego seguía ardiendo bajito, prometiendo más noches así. Se durmieron pegados, soñando con pasiones eternas.

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