Relatos
Inicio Erotismo Cañaveral de Pasiones Capitulo 85 Cañaveral de Pasiones Capitulo 85

Cañaveral de Pasiones Capitulo 85

7438 palabras

Cañaveral de Pasiones Capitulo 85

El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de pasiones, ese mar verde y ondulante de cañas altas que se mecían con la brisa caliente de Veracruz. Yo, Sofía, caminaba entre los surcos, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor, el olor terroso de la tierra húmeda subiéndome por la nariz. Llevaba años trabajando aquí, en esta finca familiar que mi abuelo bautizó con ese nombre tan poético, como si supiera que entre las cañas se cocían más que jugos dulces. Cada paso crujía bajo mis botas, y el aire cargado de savia me hacía sentir viva, pegajosa, lista para algo más que cortar tallos.

¿Y si hoy lo veo? pensé, mientras mi mente volaba a Javier, el capataz nuevo que llegó hace meses de Xalapa. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice neta, te quiero comer con los ojos. La última vez que nos cruzamos, sus dedos rozaron los míos al pasarme la hoz, y sentí un chispazo que me dejó la piel erizada. Órale, Sofía, no seas pendeja, me regañé, pero el calor entre mis piernas no mentía. Era como si el cañaveral de pasiones cap 85 de mi propia historia se estuviera escribiendo sola, capítulo tras capítulo de deseo reprimido.

De repente, un silbido bajo cortó el aire. Me giré y ahí estaba él, apoyado en una caña gruesa, con la camisa abierta dejando ver el pecho velludo brillando de sudor. ¡Qué chulo! Sus ojos cafés me recorrían de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos que subían y bajaban con la respiración agitada.

¡Ey, mamacita! ¿Ya te cansaste de tanto corte o nomás andas buscando shade?

Me reí, acercándome con las caderas balanceándose sin querer. Shade en el cañaveral, qué pendejo, pero su voz ronca me erizaba los vellos de la nuca.

No, carnal, nomás ando checando si el capataz hace bien su chamba. ¿O ya te perdiste entre las cañas?

Él se enderezó, acortando la distancia. Olía a hombre puro: sudor salado, tabaco y un toque de esa colonia barata que me volvía loca. Su mano grande rozó mi brazo, y juro que el mundo se detuvo. El roce era eléctrico, como si la savia de las cañas corriera por mis venas.

No pares, suplicó mi cuerpo en silencio. Pero yo, terca, di un paso atrás, fingiendo jugar.

¿Perdido? Nah, aquí estoy pa guiarte, Sofía. ¿O quieres que te muestre el camino secreto?

Su aliento cálido en mi oreja mandó ondas de calor directo a mi entrepierna. El corazón me latía como tambor de son jarocho, y el sonido de las cañas chocando se mezclaba con mi pulso acelerado. Acto uno: la chispa. Sabía que si cedía ahora, no habría vuelta atrás, pero ¿quién chingados quiere vuelta atrás?

Lo seguí entre las cañas más densas, donde el sol apenas filtraba rayos dorados. El aire era espeso, cargado de humedad y ese dulzor empalagoso de la caña madura. Javier se detuvo en un claro natural, rodeado de tallos altos que nos ocultaban del mundo. Se giró y me jaló por la cintura, pegando su cuerpo al mío. Sentí su dureza presionando contra mi vientre, dura como la madera de los machetes que usábamos.

¡Ay, Diosito! Su boca capturó la mía en un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a café y sal. Gemí contra sus labios, mis manos subiendo por su espalda musculosa, arañando la camisa húmeda. Él gruñó, bajando las manos a mis nalgas, amasándolas con fuerza.

Te tengo ganas desde el día uno, Sofía. Neta, me vuelves loco con ese culazo.

Yo reí bajito, mordiéndole el labio inferior. Qué pendejo tan rico. Mis dedos desabotonaron su camisa, exponiendo ese torso que olía a tierra y macho. Lamí su piel salada, saboreando el sudor que perlaba su pecho. Él jadeó, tirando de mi blusa hasta que mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.

Las cañas susurraban a nuestro alrededor, un coro obsceno que animaba el fuego. Javier me recostó sobre un lecho de hojas secas, su boca bajando por mi cuello, chupando, mordiendo suave. Cada roce de sus labios era fuego líquido, enviando descargas a mi clítoris que palpitaba pidiendo atención.

Esto es el paraíso, carajo, pensé, mientras sus manos abrían mis jeans, deslizándose dentro. Sus dedos gruesos encontraron mi humedad, resbalando fácil por lo mojada que estaba.

¡Estás chorreando, pinche rica! ¿Todo por mí?

Sí, pendejo, todo por ti. Métemelos ya.

Él obedeció, dos dedos hundiéndose profundo, curvándose justo ahí donde dolía de placer. Me arqueé, gimiendo alto, el sonido rebotando en las cañas como eco de amantes antiguos. El olor de mi propia excitación se mezclaba con el dulzor vegetal, embriagador. Javier aceleró, su pulgar frotando mi botón hinchado, mientras su boca devoraba un pezón, succionando con hambre.

El clímax se acercaba como tormenta veracruzana, pero lo detuve, jadeante. No tan rápido, carnal. Lo empujé al suelo, desabrochando su cinturón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su gusto almizclado, salado.

¡Órale, Sofía! ¡Qué chingona!

Me la tragué entera, garganta relajada por la práctica solitaria en mis noches calurosas. Él embestía suave, manos en mi pelo, gruñendo como fiera. El sonido húmedo de mi boca chupando lo volvía loco, y yo me excitaba más viéndolo retorcerse.

Acto dos: la escalada. La tensión crecía, mis jugos corriendo por mis muslos. Me subí encima, frotando mi concha empapada contra su polla dura. Nuestros ojos se clavaron, consentimiento mudo en esa mirada ardiente. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. ¡Qué rico! Gemí, empezando a cabalgar, tetas rebotando, sudor goteando entre nosotros.

Javier agarró mis caderas, guiándome, embistiendo arriba con fuerza controlada. Cada choque era un plaf de pieles húmedas, mezclándose con nuestros jadeos y el roce constante de las cañas. Olía a sexo puro, a tierra removida, a pasión desatada. Mis uñas se clavaron en su pecho, dejando marcas rojas que mañana recordaría.

Más rápido, Sofía, ¡chinga esa verga!

Obedecí, girando las caderas, sintiendo su grosor rozar mi punto G una y otra vez. El orgasmo me golpeó como rayo, cuerpo convulsionando, paredes apretándolo mientras gritaba su nombre. Él no tardó, hinchándose dentro, corriéndose con un rugido gutural, chorros calientes inundándome.

Nos quedamos así, unidos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El sol bajaba, tiñendo las cañas de oro rojizo. Javier me besó suave, acariciando mi espalda.

Esto no fue el último capítulo, ¿verdad?

Sonreí, besándolo de vuelta. En el cañaveral de pasiones cap 85, apenas empieza el siguiente.

Acto tres: el resplandor. Me recosté en su pecho, escuchando su corazón latir fuerte aún. El aire fresco de la tarde secaba nuestro sudor, dejando un olor almizclado que prometía más noches así. No había arrepentimientos, solo una paz ardiente, como si las cañas mismas aplaudieran. Mañana seguiríamos cortando, pero ahora sabíamos: este cañaveral era nuestro, lleno de pasiones que no se acaban en un capítulo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.