Pasión Rojiamarilla
El sol se ponía en el horizonte de Monterrey, tiñendo el cielo de un rojiamarillo intenso, como si el mismísimo estadio BBVA hubiera explotado en llamas. Yo, Javier, acababa de salir del trabajo en el centro, con el cuerpo cansado pero el ánimo encendido por el partido de Tigres que acababa de ver por tele. Caminaba por la avenida Morones Prieto, oliendo el aroma a tacos al pastor de los puestos callejeros, cuando la vi. Estaba parada en la banqueta, con una playera ajustada de Tigres que le marcaba las curvas perfectas, el cabello suelto cayéndole como cascada negra sobre los hombros. Sus labios rojos brillaban bajo la luz del atardecer, y sus ojos, neta, me clavaron en el sitio.
"¿Qué pedo, wey? ¿No ves que Tigres es lo máximo?"me dijo con una sonrisa pícara, señalando su playera. Su voz era ronca, como miel caliente, y olía a vainilla y algo más, un perfume que me revolvió las tripas.
Me acerqué, riendo. Chingao, qué mujer. "Puta madre, sí que eres rojiamarilla de corazón. Yo soy Javier, fanático hasta la muerte." Nos pusimos a platicar de fútbol, de cómo el 'Gignac' la armó en el último gol, y de cómo el estadio vibra como si el mundo se fuera a acabar. Se llamaba Karla, estudiaba diseño en el Tec, y su risa era contagiosa, un sonido que me erizaba la piel. El aire se sentía pesado, cargado de esa tensión que no se explica, solo se siente en el pecho, latiendo fuerte.
Terminamos en un bar cercano, uno de esos con luces tenues y música de cumbia rebajada. Pedimos chelas frías, y mientras chocábamos botellas, su rodilla rozó la mía bajo la mesa. Touché, pensé. Su piel era suave, tibia, y ese roce me mandó una corriente eléctrica directo al sur. Hablamos de todo: de la vida en la Sultana, de cómo el calor de Monterrey nos pone cachondos, de sueños locos. Ella se inclinó, y su escote me regaló una vista de sus tetas perfectas, redondas, con un brillo de sudor que las hacía relucir como oro bajo el rojo del pasion rojiamarilla que nos unía.
¿Y si la invito a mi depa? Neta que sí quiero comérmela entera, me dije, mientras su mano descansaba casualmente en mi muslo. "Oye, Karla, ¿vamos a mi casa a ver los highlights? Tengo pantalla grande y unas cheves en el refri." Ella me miró con ojos que ardían, mordiéndose el labio. "Va, pero no creas que soy fácil, pendejo." Reí, pagué la cuenta, y salimos tomados de la mano, el corazón retumbándome como tambores de un partido.
En el coche, el camino fue un tormento delicioso. Su mano subió por mi pierna, rozando mi verga que ya estaba dura como piedra. "Estás calientísimo, Javier", murmuró, y yo aceleré, oliendo su aroma a mujer excitada, ese olor dulce y salado que me volvía loco. Llegamos a mi depa en Cumbres, un lugar chido con vista al cerro de la Silla. Apenas cerré la puerta, nos besamos como posesos. Sus labios sabían a cerveza y fresa, su lengua danzaba con la mía, húmeda y juguetona. La empujé contra la pared, mis manos en su culo firme, apretándolo mientras ella gemía bajito: "¡Ay, wey, qué rico!"
Le quité la playera rojiamarilla despacio, revelando un bra negro de encaje que apenas contenía sus chichis. Los besé, lamiendo el sudor salado de su piel dorada, oliendo su perfume mezclado con el mío. Ella jadeaba, arañándome la espalda, y yo bajé mis labios por su vientre plano, hasta el botón de su jeans. "Quítamelo todo", ordenó con voz temblorosa, y obedecí. Su panocha estaba mojada, los labios hinchados brillando bajo la luz de la lámpara. La probé con la lengua, un sabor ácido y dulce que me enloqueció, mientras ella se retorcía, agarrándome el pelo: "¡Sí, chúpame así, cabrón!"
La cargué al sillón, nos quitamos la ropa a tirones. Mi verga saltó libre, venosa y palpitante, y ella la tomó en su mano suave, masturbándome lento mientras me miraba fijo. Esto es la pura pasión, pensé, sintiendo su calor envolviéndome. Se puso de rodillas, y su boca... madre mía, chupó como diosa, la lengua girando en la cabeza, succionando con fuerza. Gemí fuerte, el sonido de su saliva y mis jadeos llenando la habitación. El olor a sexo nos rodeaba, espeso, animal.
La levanté, la puse en el sillón con las piernas abiertas. Entré en ella de un solo empujón, su coño apretado y caliente me apretó como guante. "¡Fóllame duro, Javier!" gritó, y lo hice. Embestidas profundas, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, sus tetas rebotando al ritmo. Sudábamos, el aire cargado de nuestro olor, sus uñas en mi culo guiándome más adentro. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como jineteza, sus caderas girando, el pelo azotándome la cara. La vi, gloriosa, piel rojiamarilla por el rubor del placer, ojos cerrados en éxtasis.
El clímax se acercaba, una ola gigante. La puse a cuatro patas, agarrándole las nalgas, metiendo y sacando con furia. Ella gritaba: "¡Me vengo, wey, no pares!" Su coño se contrajo, ordeñándome, y yo exploté dentro, chorros calientes llenándola mientras temblábamos juntos. El mundo se volvió blanco, solo sensaciones: su calor, mis pulsos latiendo en sincronía, el sabor de su cuello que lamí al caer sobre ella.
Nos quedamos así, enredados, respirando agitados. El sudor nos pegaba, pero era perfecto. Ella se acurrucó en mi pecho, trazando círculos con el dedo. "Neta que fue la mejor pasión rojiamarilla de mi vida", susurró riendo. Yo la besé la frente, oliendo su cabello. Fuera, la noche de Monterrey brillaba con luces como estrellas, y en mi depa, el afterglow nos envolvía en paz. Sabía que esto no era el fin, solo el principio de algo ardiente.