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Película Retrato de una Pasión

6810 palabras

Película Retrato de una Pasión

El aire de la noche en el centro de la Ciudad de México olía a elotes asados y a esa humedad que se pega a la piel después de una llovizna ligera. Yo, Ana, caminaba tomada de la mano de Diego, mi carnal reciente, no del todo novio pero ya con ese cosquilleo que te hace querer más. Habíamos quedado para ver una película que todos decían que era puro fuego: Retrato de una Pasión. La cartelera la pintaba como una historia de amores intensos, con escenas que te dejaban el corazón latiendo a mil y el cuerpo encendido. Órale, pensé, neta que esta noche pinta chida.

Entramos al cine, ese viejo de la colonia Roma con butacas reclinables y un olor a palomitas dulces que te envuelve como un abrazo. La sala estaba medio vacía, solo unas parejas dispersas y el zumbido bajo del proyector. Nos sentamos en la fila de atrás, pegaditos, mi muslo rozando el suyo. Diego me miró con esa sonrisa pícara, de esas que dicen quiero comerte entera sin soltar palabra.

¿Y si esta película nos prende la mecha de una vez?
me dije en la cabeza mientras las luces bajaban.

La pantalla cobró vida con colores cálidos, una mujer en un vestido rojo que se deslizaba como seda sobre su piel morena. El soundtrack era puro susurro de jazz mexicano, con trompetas que vibraban en el pecho. La historia iba de una pintora obsesionada con capturar la pasión de su musa, un hombre de mirada profunda y manos fuertes. Cada pincelada en la tela parecía acariciar la pantalla, y yo sentía el calor subiendo por mis piernas. Diego se inclinó hacia mí, su aliento cálido en mi oreja: —Mira cómo la pinta, Ana. Así te pintaría yo a ti, con cada curva tuya grabada en mi mente.

Mi corazón dio un brinco. Su mano grande se posó en mi rodilla, subiendo despacito por el borde de mi falda. El roce era eléctrico, como si sus dedos llevaran corriente. En la película, la pintora untaba óleo en el cuerpo desnudo de él, y el sonido de la piel untada, ese chap chap húmedo, se mezclaba con mi respiración agitada. Olía a su colonia, madera y cítricos, mezclada con el mío de vainilla que me ponía siempre para provocarlo. —Diego, cabrón, me estás volviendo loca, le susurré, apretando su muslo firme bajo los jeans.

La tensión crecía con la cinta. La musa besaba a la pintora con hambre, lenguas danzando, gemidos suaves que retumbaban en la sala oscura. Yo no aguantaba más; mi mano se coló por su camisa, tocando el calor de su pecho velludo, el latido acelerado como tambor. Él me jaló más cerca, su boca rozando mi cuello, mordisqueando suave.

Esto no es solo la película, es nuestro retrato empezando a formarse
, pensé, mientras el aroma de mi excitación empezaba a perfumar el aire entre nosotros.

Cuando los créditos rodaron, salimos flotando, el fresco de la calle golpeándonos como un balde de agua fría. Pero el fuego adentro ardía. Diego me cargó en brazos hasta su coche, un vocho viejo pero chulo, y manejamos a su depa en la Condesa, con su mano en mi entrepierna todo el camino, presionando justo donde dolía de ganas. —No aguanto más, Ana. Esa película fue el detonador. Quiero hacerte mía como en esa escena del óleo. Su voz ronca me erizaba la piel.

En su cuarto, las luces tenues de la ciudad se colaban por las cortinas, pintando sombras suaves en las paredes blancas. Me quitó la blusa con urgencia pero tierna, besando cada centímetro de piel que liberaba. Sus labios sabían a chicle de menta y a deseo puro. Yo le arañé la espalda, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas. —Pendejo, bésame más fuerte, le pedí, y él obedeció, devorando mi boca mientras sus manos amasaban mis senos, pellizcando los pezones hasta que gimí alto.

Caímos en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio que olían a lavanda recién lavadas. Él se hincó entre mis piernas, bajando mi tanga despacio, inhalando profundo. —Hueles a paraíso, ricura. Neta, me tienes loco. Su lengua tocó mi clítoris como un pincel experto, lamiendo con círculos lentos que me hacían arquear la espalda. El sonido de su succión, slurp slurp, se mezclaba con mis jadeos y el tráfico lejano de la avenida. Sentía el calor de su aliento, el roce áspero de su barba incipiente en mis muslos internos, y un sabor salado cuando me besó de nuevo, compartiendo mi esencia.

Esto es mejor que cualquier película. Aquí no hay cortes, solo pasión cruda
, reflexioné mientras lo volteaba y le bajaba los bóxers. Su verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso rápido, el calor que irradiaba. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado y almizclado. Él gruñó, —Ay, mamacita, qué chingona eres. Chúpala más profundo. Lo hice, tragándomela hasta la garganta, mis labios estirados, saliva chorreando.

La intensidad subía como la marea. Me monté en él, guiando su miembro a mi entrada húmeda. Entró de un solo empujón, llenándome por completo, estirándome delicioso. El sonido de carne contra carne empezó, plaf plaf, rítmico, mientras cabalgaba. Sus manos en mis caderas me guiaban, fuerte pero consensuado, nuestros ojos clavados. Sudor perlaba su frente, goteando en mi pecho; olía a hombre excitado, a sexo inminente. Yo aceleré, mis paredes apretándolo, sintiendo cada vena rozándome adentro.

Él se incorporó, volteándome a cuatro patas, penetrándome desde atrás con embestidas profundas. Cada choque mandaba ondas de placer por mi espina, mis tetas balanceándose, pezones rozando las sábanas ásperas ahora por el sudor. —¡Más duro, Diego! ¡Dame todo! grité, y él obedeció, una mano en mi clítoris frotando rápido, la otra jalándome el pelo suave. El clímax se acercaba, mi vientre contrayéndose, visión nublándose. Él jadeaba en mi oído: —Me vengo, Ana, contigo...

Explotamos juntos. Mi orgasmo fue un tsunami, paredes pulsando alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas. Él se derramó dentro, caliente y espeso, gruñendo mi nombre. Colapsamos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El cuarto olía a sexo, a vainilla y madera mezclados, embriagador.

Diego me acunó, besando mi frente. —Esa película fue solo el retrato. Nosotros somos la pasión viva. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.

Neta, esto es lo que necesitaba. Un amor que pinte mi alma, no solo el cuerpo
. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, en ese afterglow tibio, todo era paz y promesa de más noches así. Mañana veríamos qué sigue, pero por ahora, éramos el lienzo perfecto.

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