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Cuando Se Estrenó Diario de Una Pasión

6976 palabras

Cuando Se Estrenó Diario de Una Pasión

Esa noche en que se estrenó Diario de una pasión todo cambió para mí. Yo, Ana, una morrita de veinticinco tacos bien puestos, con mi chamarra de mezclilla y jeans que me ceñían el culo como guante, me arreglé pa'l cine en el centro de la CDMX. Marco, mi carnal reciente, el güey alto con ojos café que me hacía babear cada vez que me volteaba a ver, me había invitado. Neta, andaba nerviosa pero con un calorcito entre las piernas que no se me quitaba. Olía a mi perfume de vainilla, mezclado con el shampoo de coco que me dejaba el pelo suavecito y brillante.

¿Y si esta noche pasa algo chido? –pensé mientras me ponía el brasier push-up que me hacía las chichis perfectas.
Llegamos al cine en su Tsuru viejo pero chulo, con el radio a todo volumen tocando La Chica del Bikini Azul. El olor a palomitas dulces y nachos con queso nos golpeó al entrar. La boletera nos miró con una sonrisa pícara, como si supiera que íbamos por algo más que la peli. Tomamos asientos en la mitad, casi solos porque era premiere y la gente andaba en la fila pa' las firmas de los actores doblados.

Las luces bajaron y empezó la cinta. Noah y Allie en la pantalla, besándose bajo la lluvia, me pusieron la piel chinita. Sentí la mano de Marco rozar la mía, cálida y áspera de tanto trabajar en la constructora. Su pulgar me hacía círculos lentos en el dorso, y yo apreté sus dedos, sintiendo cómo mi corazón latía como tamborazo en quinceaños. El sonido de la lluvia en los speakers vibraba en mi pecho, y el aire del cine olía a sudor nervioso y esa humedad que se arma cuando todos respiran agitados.

Órale, esto está prendiendo –me dije, cruzando las piernas pa' disimular el cosquilleo en la panocha. Marco se acercó, su aliento fresco de chicle de menta rozándome la oreja. "Qué chida la peli, ¿verdad, morra?", susurró, y su voz grave me erizó los vellos de la nuca. Asentí, mordiéndome el labio, mientras en pantalla se veían remando en el lago, cuerpos mojados pegándose. Imaginé sus manos en mí, fuertes, explorando.

La tensión crecía con cada escena. Su mano subió despacito por mi muslo, por encima del jean, apretando suave. Yo no lo detuve; al contrario, abrí un poquito las piernas, invitándolo. El calor de su palma se filtraba a través de la tela, y olía a su colonia masculina, madera y algo salvaje. En la peli, discutían, se separaban, pero el deseo latía. Igual que nosotros. Mi respiración se aceleró, pechos subiendo y bajando, y sentí mis pezones endureciéndose contra el brasier.

Cuando terminó, con ese final que te deja el alma hecha trizas de emoción, salimos hechos un desastre. Afuera, la noche capitalina nos recibió con su ruido de cláxones y olor a elotes asados de los vendedores. Marco me jaló al carro, me besó contra la puerta del copiloto. Sus labios carnosos, sabor a sal de las palomitas, devorándome la boca. Lenguas enredadas, húmedas, con ese chasquido jugoso que me mojaba más. ¡Qué rico, pendejo! –pensé, clavándole las uñas en la espalda a través de su playera.

"Vamos a mi depa, Ana. No aguanto más", gruñó, con la voz ronca de deseo. Arrancó como loco, yo con la mano en su verga por encima del pantalón, sintiendo cómo palpitaba dura como fierro. El carro olía a nosotros, a excitación, a piel caliente. Llegamos a su penthouse en Polanco –el güey la armaba bien en la obra– y subimos en el elevador, besándonos como animales. Sus manos me amasaban el culo, yo le metía la mano por la cintura del pantalón, tocando esa piel suave y el vello que me volvía loca.

Adentro, luces tenues, música de fondo con banda MS suave. Me quitó la chamarra despacio, besando mi cuello, lamiendo el hueco de la clavícula. Olía a mi sudor mezclado con su saliva, salado y dulce. "Eres una diosa, morrita", murmuró, mientras desabrochaba mi blusa. Sus ojos devoraban mis chichis en el encaje negro, pezones rosados asomando. Yo le arranqué la playera, besando su pecho ancho, pectorales firmes con olor a jabón y hombre. Lamí un pezón, lo mordí suave, y él gimió, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.

Esto es mejor que la peli, neta. Quiero que me chingue toda la noche.

Caímos en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio rozando mi espalda desnuda. Me desvistió el jean, besando mis muslos internos, inhalando mi aroma de mujer excitada, ese musk dulce y almizclado. "Qué rica hueles, Ana", dijo, enterrando la nariz en mi tanga húmeda. Yo arqueé la espalda, gimiendo cuando su lengua trazó la tela, saboreando mi jugo. Le bajé el bóxer, su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la chupé despacio, saboreando sal y ese gusto único a él. Marco jadeó, enredando dedos en mi pelo: "¡Ay, wey, qué chido!"

La tensión explotaba. Me puso boca arriba, abrió mis piernas como alas, y lamió mi panocha con hambre. Lengua plana en el clítoris, círculos rápidos, chupando mis labios hinchados. Olía a sexo puro, a mi excitación empapando las sábanas. Gemí fuerte, "¡Sí, Marco, así, cabrón!", caderas moviéndose solas. Metió dos dedos gruesos, curvándolos en mi punto G, y vi estrellas. El sonido de mi humedad, chapoteos obscenos, me ponía más caliente. Orgasmos me sacudieron, olas de placer que me hacían gritar, piernas temblando.

Él se puso de rodillas, verga lista. "Te quiero adentro, güey", rogué, jalándolo. Entró despacio, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena, cada pulgada pulsando. Empezó a bombear, lento al principio, mirándome a los ojos con esa pasión de la peli. Sudor corría por su pecho, goteando en mis chichis. Yo arañaba su espalda, oliendo su axila masculina, lamiéndola. "¡Chíngame más duro!", exigí, y él obedeció, embistiéndome como pistón, cama crujiendo, pieles cacheteándose.

Cambié de posición, cabalgándolo como jinete en rodeo. Sus manos en mis caderas, yo rebotando, chichis saltando. Lo veía desde arriba, músculos tensos, cara de éxtasis. Mi clítoris rozaba su pubis, fuego building again. "¡Me vengo, Marco!", grité, contrayéndome alrededor de su verga, ordeñándolo. Él rugió, "¡Yo también, morra!", y se corrió dentro, chorros calientes inundándome, semen espeso mezclándose con mis jugos.

Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su peso sobre mí, reconfortante. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Olía a sexo satisfecho, a nosotros fundidos.

Cuando se estrenó Diario de una pasión, no sabía que estrenaría mi propia pasión desbocada.
Marco me abrazó, susurrando "Eres mi Allie, Ana". Reí bajito, acariciando su pelo revuelto. La noche seguía, pero el alma estaba en paz, con promesas de más noches así. El corazón latiendo calmado, pieles enfriándose, pero el fuego encendido pa' siempre.

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