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Pasión en el Carro

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Pasión en el Carro

La noche en la Ciudad de México se sentía viva, con ese aire fresco que bajaba de las montañas y se mezclaba con el olor a taquerías callejeras. Javier y yo veníamos saliendo de una fiesta en Polanco, riéndonos como pendejos de las chistes de sus carnales. Él manejaba su Tsuru viejo, pero qué chido se veía con esa playera ajustada que marcaba sus bíceps y el pelo revuelto por el viento que entraba por la ventana bajada. Yo, sentada en el asiento del copiloto, con mi falda corta negra que apenas cubría mis muslos, sentía ya esa cosquilla en el estómago, esa pasión que siempre nos encendía con solo mirarnos.

Órale, Ana, no seas mensa, piénsalo bien. Javier te trae loca desde la prepa, y esta noche sus ojos te comen viva.
Me acomodé en el asiento de piel gastada, que crujía bajo mi peso, y crucé las piernas despacio, dejando que mi rodilla rozara su muslo. El motor ronroneaba suave, como un gato perezoso, y las luces de los autos que pasaban iluminaban su perfil afilado. "Wey, qué noche tan rica", le dije, pasando mi mano por su nuca, enredando los dedos en su cabello negro y espeso. Olía a su colonia barata mezclada con sudor fresco, un aroma que me ponía la piel de gallina.

Javier giró la cabeza un segundo, sus ojos cafés brillando con picardía. "Neta, mami, contigo todo es pasión en el carro. ¿Te late parar en el mirador de Chapultepec? Allá nadie nos ve". Su voz ronca, con ese acento chilango puro, me erizó los vellos de los brazos. Asentí, mordiéndome el labio, mientras mi corazón latía más fuerte que el bajo de la cumbia que sonaba en la radio. La carretera se curvaba suave, y el viento traía olor a jazmines de algún jardín cercano. Sentí su mano grande y callosa posarse en mi rodilla, subiendo despacio por mi muslo, quemándome la piel a través de la falda. No pares, cabrón, sigue así, pensé, abriendo un poco las piernas para invitarlo.

Estacionó el carro en un rincón oscuro del mirador, donde las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas. El motor se apagó con un suspiro, y solo quedó el sonido de nuestras respiraciones agitadas y el lejano claxon de algún taxi. Javier se inclinó hacia mí, su aliento cálido rozando mi cuello. "Te deseo tanto, Ana, desde que te vi bailando en la fiesta con ese culito moviéndose". Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, tongues danzando con sabor a tequila y chicle de menta. Gemí bajito, mi mano bajando por su pecho firme hasta el bulto que ya crecía en sus jeans.

Esto es lo que necesitaba, su boca devorándome, sus manos explorando como si fuera la primera vez.
Lo jalé hacia el asiento trasero, riéndonos como chavos traviesos mientras trepábamos torpes. El espacio era chiquito, pero eso lo hacía más intenso, más nuestro. Me recargué en la puerta, la piel fría del carro contrastando con el calor de su cuerpo encima del mío. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que olían a mi perfume de vainilla. "Quítate la blusa, déjame verte esas chichis perfectas", murmuró, y yo obedecí, arqueando la espalda para que el brasier negro se deslizara. Sus ojos se oscurecieron de deseo al ver mis pezones duros, expuestos al aire nocturno.

Chupó uno con hambre, su lengua girando lenta, enviando descargas eléctricas directo a mi entrepierna. Gemí fuerte, "¡Ay, wey, qué rico! No pares, pendejo". Mis uñas se clavaron en su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la playera. Bajó mi falda y las tanguitas de encaje, sus dedos gruesos abriéndose paso por mi humedad. Estoy empapada por ti, Javier, toda para ti. Rozó mi clítoris con el pulgar, círculos perfectos que me hacían jadear, el sonido de mi excitación llenando el carro como música prohibida. Olía a sexo ya, a esa esencia dulce y salada que nos volvía locos.

Lo empujé suave para desabrochar sus jeans, liberando su verga dura, venosa, palpitante en mi mano. La apreté, sintiendo el calor y la suavidad de la piel, el precum goteando en mi palma. "Métemela con la mano primero, amor", le pedí, y él obedeció, dos dedos hundiéndose en mí, curvándose justo en ese punto que me hace ver estrellas. El carro se mecía leve con mis caderas moviéndose al ritmo, el vidrio empañándose con nuestro aliento. "Estás tan chingona mojada, Ana, neta me vuelves loco". Su voz era un gruñido, y yo respondí lamiendo su oreja, saboreando el sudor salado.

La tensión crecía como una tormenta, mi cuerpo temblando al borde. Pero quería más, quería sentirlo todo. "Cógeme ya, Javier, no aguanto". Se quitó los jeans rápido, su verga erguida como un soldado listo. Me levantó las piernas sobre sus hombros, el ángulo perfecto en ese espacio apretado. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Gritamos juntos, el placer explotando en oleadas. El carro olía a cuero caliente, a nuestros jugos mezclados, a pasión pura.

¡Dios, qué grande se siente, partiéndome en dos, pero qué chido!
Empezó a bombear, fuerte y profundo, sus bolas chocando contra mi culo con cada embestida. Mis tetas rebotaban, y él las amasaba, pellizcando pezones que dolían rico. Sudábamos como locos, piel resbalosa pegándose y despegándose. El sonido era obsceno: carne contra carne, gemidos ahogados, el crujido del asiento. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro éramos un incendio. Aceleró, su respiración entrecortada en mi oído, "Me vengo, mami, contigo". Yo estaba cerca, mis paredes apretándolo, el orgasmo subiendo como lava.

"¡Sí, cabrón, dame todo!" Exploto primero, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer mojando sus muslos. Él rugió, hundiéndose una última vez, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos que sentía adentro. Colapsamos jadeantes, su peso reconfortante sobre mí, besos suaves ahora, lenguas perezosas. El carro estaba hecho un desastre, pero qué importaba. Limpiamos con unas servilletas del glove compartment, riéndonos bajito.

De vuelta en los asientos delanteros, Javier encendió el motor, y el aire fresco entró limpiando el aroma de nuestra pasión en el carro. Me recargué en su hombro, su mano en mi muslo de nuevo, pero tierna. "Te amo, Ana, esto fue lo máximo". Sonreí, saboreando el afterglow, el cuerpo lánguido y satisfecho. La noche nos envolvía, y supe que esto era solo el principio de muchas noches así, llenas de fuego y complicidad. La ciudad se acercaba, pero en mi mente, el eco de sus gemidos duraría para siempre.

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