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Capitulos de Pasion Prohibida

7569 palabras

Capitulos de Pasion Prohibida

En las calles empedradas de Guadalajara, donde el aroma a tacos al pastor se mezcla con el jazmín de los patios coloniales, Ana sentía que su vida era un remolino de rutinas. Tenía veintiocho años, curvas que volvían locos a los machones del barrio y un trabajo en una galería de arte que la mantenía rodeada de belleza ajena. Pero esa noche, en la boda de su prima Lupe, todo cambió. El aire estaba cargado de mariachi y risas, el tequila fluía como río y las luces de colores bailaban sobre los rostros sonrientes.

Ahí estaba él, Marco, el prometido de Lupe. Alto, con piel morena tostada por el sol de Jalisco, ojos negros que prometían pecados y una sonrisa pícara que hacía que el corazón de Ana latiera como tamborazo. ¿Por qué carajos me mira así? se preguntó Ana mientras tomaba un sorbo de su chela helada, sintiendo el condensado resbalar por sus dedos. Marco se acercó, fingiendo casualidad, con una cerveza en la mano.

"Órale, Ana, ¿tú por aquí? Lupe me platicó que eres la artista de la familia", dijo él, su voz grave rozando como terciopelo en la piel de ella.

Ana tragó saliva, notando cómo su camisa blanca se pegaba a los músculos de su pecho por el calor húmedo de la noche. "Sí, güey, pintando sueños que nadie compra", respondió ella, juguetona, mientras sus ojos se devoraban mutuamente. La tensión era palpable, un hilo invisible que los unía en medio de la fiesta. Lupe bailaba ajena, pero Ana sentía el prohibido cosquilleo en el vientre, como si ya supiera que esto era el inicio de capítulos de pasión prohibida.

La noche avanzó con bailes y brindis. Ana escapó al jardín trasero, donde las bugambilias rojas chorreaban perfume dulce y embriagador. Marco la siguió, como imán. "No puedo dejar de verte, nena. Eres fuego puro", murmuró él, acorralándola contra la pared de adobe cálida al tacto. Sus manos grandes rozaron sus caderas, enviando chispas por su espina dorsal. Ana jadeó, el aliento de él olía a tequila y menta, su cuerpo duro presionando contra el suyo. "Esto está mal, pendejo. Es mi prima", susurró ella, pero sus labios ya buscaban los de él, un beso robado que sabía a sal y deseo urgente.

Se separaron jadeantes cuando oyeron risas cercanas. "Mañana, en mi taller. Ven sola", le dijo Marco, su mirada prometiendo tormentas. Ana asintió, el pulso acelerado, sabiendo que acababa de abrir la primera página de su secreto.

Al día siguiente, el sol tapajaba el taller de Marco en las afueras, un lugar lleno de herramientas oxidadas y el olor metálico del sudor mezclado con madera fresca. Él era carpintero, creaba muebles que contaban historias. Ana llegó con un vestido floreado que se adhería a sus pechos llenos, el corazón martilleando. "¿Qué chingados estamos haciendo?", pensó, pero sus pies la llevaron adentro.

Marco la recibió con brazos abiertos, cerrando la puerta con llave. El aire estaba denso, cargado de virutas de cedro y anticipación. La besó con hambre, sus lenguas danzando en un torbellino húmedo y caliente. Ana sintió sus manos expertas desabrocharle el vestido, exponiendo su piel olivácea al aire fresco. "Eres una diosa, carnala", gruñó él, lamiendo el hueco de su cuello, donde latía su pulso como tambor.

Se tumbaron sobre una manta en el suelo, el tacto áspero de la lona contrastando con la suavidad de sus cuerpos. Marco exploró cada curva: los senos pesados, pezones duros como piedras preciosas que chupó con devoción, haciendo que Ana arqueara la espalda y gimiera bajito. "¡Ay, cabrón, no pares!" suplicó ella, sus uñas clavándose en su espalda ancha. El olor de su excitación flotaba, almizclado y dulce, mientras sus dedos bajaban por su vientre plano hasta el triángulo húmedo entre sus muslos.

Ana lo volteó, queriendo dominar. Montada sobre él, frotó su sexo empapado contra su verga tiesa, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa estirada. "Te quiero adentro, ya", ordenó, guiándolo. Marco entró lento, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. El estiramiento era exquisito, un dolor placeroso que la hizo gritar. Se movieron en ritmo, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose en ríos salados que lamían con besos.

Pero la culpa acechaba en los rincones de su mente. Esto son capítulos de pasión prohibida, y Lupe no se merece esto, pensó Ana entre embestidas. Marco lo notó, frenó y la miró fijo. "Si quieres parar, paramos. Pero te juro que esto es real, entre tú y yo". Ella negó, besándolo fieramente. "No pares, amor. Somos adultos, güey". La intensidad creció: él la volteó a cuatro patas, embistiéndola profundo, sus bolas golpeando rítmicamente, manos amasando sus nalgas redondas. Ana se corrió primero, un tsunami de placer que la dejó temblando, walls contrayéndose alrededor de él, gritando su nombre al viento.

Marco la siguió, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que se desbordaron por sus muslos. Colapsaron exhaustos, respiraciones entrecortadas, el taller resonando con sus ecos. Se acurrucaron, piel pegajosa, besos tiernos post-sexo. "Esto no acaba aquí", murmuró él, acariciando su cabello revuelto que olía a jazmín y sexo.

Semanas después, los encuentros se volvieron rituales ardientes. En un motel de la carretera a Chapala, con vistas al lago brillando bajo la luna, escalaron otro nivel. Ana llegó nerviosa, el tráfico de la tarde aún zumbando en sus oídos. Marco la esperaba desnudo, su erección orgullosa como bandera. "Hoy jugamos diferente, nena", dijo, sacando aceite de masaje con aroma a coco tropical.

La untó por todo el cuerpo, dedos resbalosos masajeando cada músculo tenso. Ana gimió cuando alcanzó su clítoris hinchado, círculos lentos que la volvían loca. "¡Estás cañón, pendejo!" jadeó ella, el aceite haciendo su piel reluciente. Él la penetró desde atrás mientras ella se arqueaba contra la cabecera, el colchón crujiendo, sábanas arrugándose bajo sus cuerpos enredados.

La tensión emocional bullía. Ana confesó en un susurro entre orgasmos: "Siento que cada vez que te follo es un capítulo más de nuestra pasión prohibida. Pero Lupe se va a casar en un mes, ¿qué onda?". Marco la abrazó fuerte, sus corazones latiendo al unísono. "La boda se canceló. Ella y yo nunca fue real, solo presión familiar. Tú eres mi todo". Lágrimas saladas rodaron por las mejillas de Ana, mezclándose con sudor. Se amaron con urgencia renovada, ella cabalgándolo hasta que ambos explotaron en un clímax compartido, gritos ahogados en besos, fluidos mezclándose en éxtasis puro.

En la quietud posterior, envueltos en sábanas perfumadas a sexo y coco, Ana trazó patrones en su pecho. El lago susurraba afuera, grillos cantando su aprobación. "Estos capítulos de pasión prohibida se volvieron nuestro destino", pensó ella, sonriendo. Marco la besó la frente. "Ahora es oficial, mi reina. Nada nos prohíbe ya".

Salieron del motel de la mano, el amanecer pintando el cielo de rosas y naranjas. Ana sintió el peso levantarse, el futuro abierto como un lienzo virgen. Su piel aún hormigueaba con recuerdos táctiles, el sabor de él en su lengua, el eco de gemidos en sus oídos. En Guadalajara, la vida continuaba, pero ellos habían escrito su propia historia: de prohibido a eterno, con pasión que ardía como el sol jalisciense.

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