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Flagelacion de Jesus La Pasion de Cristo Desnuda

6959 palabras

Flagelacion de Jesus La Pasion de Cristo Desnuda

En el calor bochornoso de la Ciudad de México, durante esa Semana Santa que siempre me pone la piel chinita, mi carnal Alejandro y yo nos miramos con esa complicidad que solo los que se han mamado el uno al otro por años entienden. Éramos dos adultos consentidores, chingones en la cama, y esa noche en nuestro depa del Roma, con velas parpadeando como en una iglesia clandestina, decidimos revivir algo prohibido pero neta excitante: la flagelación de Jesús la pasión de Cristo, pero a nuestra manera, sensual, con deseo puro y mutuo.

Yo, Karla, de treinta y tantos, con curvas que Alejandro siempre dice que son pa' pecar, me puse un hábito negro improvisado con una sábana vieja, ajustado para que mis chichis se marcaran y mi culo se viera tentador. Él, mi Jesús moreno y musculoso, gym rat total, se arrodilló en el centro de la sala, solo con un taparraboa blanco que apenas cubría su verga ya semi-dura. El aire olía a incienso que prendí pa' ambientar, mezclado con el sudor nuestro que empezaba a perlar la piel.

¿Estás listo, mi Cristo? Vas a sufrir por mis pecados, pero te juro que al final vas a resucitar en éxtasis, le susurré, mi voz ronca de anticipación.

Alejandro me miró con ojos brillantes, esa mirada de pendejo enamorado que me moja al instante. "Sí, mamacita, flagélame como la Virgen Dolorosa, hazme sangrar deseo". Su voz grave retumbó en mi pecho, y sentí un cosquilleo en la panocha, como si ya me estuvieran lamiendo.

Empecé despacio, el acto uno de nuestra pasión privada. Tomé el látigo de cuero suave que compramos en línea –nada de dolor real, solo cosquillas que queman rico–, y lo dejé rozar su espalda ancha. El sonido del cuero silbando suave en el aire me erizó los vellos. Tocó su piel morena, dejando una marca rosada que olía a hombre caliente, a testosterona y colonia barata que él usa. Él jadeó, un sonido gutural que me vibró en las entrañas.

Qué chido verte así, sufriendo por mí, pensé mientras daba el primer golpe ligero. Su cuerpo se tensó, músculos saltando bajo la piel, y su verga se paró más, empujando el taparraboa. Yo lamí mis labios, saboreando el aire salado de su sudor que ya volaba hasta mi nariz. Caminé alrededor, mis pies descalzos pisando la alfombra áspera, y le até las manos con una cuerda de seda roja atrás de la espalda, simulando la columna. "Eres mi Jesús, carnal, y yo tu verdugo con tetas", le dije riendo bajito, y él gimió: "Más, Karla, dame la flagelación completa".

La tensión crecía como tormenta en abril. Cada latigazo era un beso disfrazado: zas, sonido seco que reverberaba en las paredes; ahh, su gemido que me hacía apretar los muslos. Su piel se enrojecía, caliente al tacto cuando la rocé con las yemas, suave como terciopelo quemado. Olía a él intensamente ahora, ese aroma almizclado de excitación que me volvía loca. Mi corazón latía desbocado, pezones duros raspando la tela del hábito, y entre mis piernas un calor húmedo que goteaba lento.

En el medio del acto, la cosa se puso intensa. Lo desaté un rato pa' que me besara las piernas, su boca caliente subiendo por mis muslos, lengua dejando rastros babosos que brillaban a la luz de las velas. "La pasión de Cristo en tu carne, wey", murmuré, recordando las procesiones de Iztapalapa que vimos de morros, pero esto era nuestro, privado, empoderador. Él se levantó, me quitó el hábito de un jalón, exponiendo mis chichis pesadas y mi panocha rasurada que palpitaba. Sus manos callosas me amasaron el culo, dedos hundiéndose en la carne blanda, y yo le arranqué el taparraboa. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando pre-semen que lamí de la punta, salado y dulce como tequila con limón.

Nos revolcamos en el suelo, él encima ahora, invirtiendo roles porque en esto no hay sumisión total, solo juego mutuo. Le monté la cara, mi concha abierta sobre su boca barbuda. Él lamió como hambriento, chupando mi clítoris hinchado, lengua girando en círculos que me hacían ver estrellas. "¡Ay, cabrón, así!", grité, mis jugos corriéndole por la barba, olor a sexo crudo llenando el cuarto. Yo le pajee la verga dura como fierro, sintiendo las venas pulsar bajo mi palma sudorosa, el sonido chapoteante de piel contra piel.

Pero volvimos a la flagelación, porque esa era la esencia. Lo até otra vez a una silla que improvisamos como columna, y ahora con más fuerza, latigazos que lo hacían arquearse, su verga bailando al ritmo. Cada golpe era preludio: yo me tocaba mientras, dedos hundidos en mi humedad, saboreando mis propios jugos en la boca. Él suplicaba: "Karla, fóllame ya, resucítame". El sudor nos chorreaba, pieles resbalosas chocando, el aire espeso de gemidos y azotes. Mi mente daba vueltas: Esto es la flagelación de Jesús la pasión de Cristo, pero en versión XXX, neta lo más caliente que hemos hecho.

La intensidad subía como volcán, mis piernas temblando, su respiración entrecortada. Le até los huevos con una cinta suave pa' que sintiera el tirón placentero, y monté su verga de un solo movimiento. ¡Dios! Entró profundo, llenándome hasta el fondo, mi concha apretándolo como guante. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada centímetro frotar mis paredes internas, el roce eléctrico en mi punto G. Él gruñía: "¡Más duro, Virgen Puta!", y yo azoté su pecho con la palma abierta, dejando huellas rojas que olían a sal.

El clímax se armó gradual, como buena pasión. Aceleré, mis chichis rebotando, slap-slap contra su torso. Su verga hinchada me dilataba, pulsos sincronizados con mi corazón. Gritos nuestros mezclados: "¡Me vengo, carnal!", y él: "¡Lléname, Karla!". El orgasmo explotó en oleadas, mi concha contrayéndose alrededor de su leche caliente que brotaba a chorros, inundándome. Sentí cada espasmo, el calor espeso goteando por mis muslos, olor almizclado intenso. Él se corrió gritando como en cruz, pero de puro gozo.

En el afterglow, el acto tres perfecto, nos quedamos tirados en la alfombra, cuerpos enredados, sudor enfriándose en la piel. Le besé las marcas rojas de la flagelación, suaves ahora, y él me acarició la espalda con ternura. "Qué chingonería, amor. La pasión de Cristo nunca fue tan buena", dijo riendo bajito. Yo asentí, mi cabeza en su pecho oyendo su pulso calmarse, el incienso apagándose solo.

Nos levantamos lento, ducha juntos con agua tibia lavando pecados ficticios, jabón oliendo a lavanda mexicana. En la cama, envueltos en sábanas frescas, reflexioné: esto nos unió más, un ritual nuestro que empodera, que celebra el cuerpo sin culpas. Mañana, Semana Santa sigue en las calles, pero nuestra flagelación de Jesús la pasión de Cristo queda grabada en la carne y el alma, lista pa' resucitar cuando queramos.

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