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Pasión Sabado

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Pasión Sabado

Era un sábado cualquiera en la bulliciosa Guadalajara, pero para mí, Ana, ese día olía a promesa. El sol se había escondido dejando un cielo morado que se colaba por las ventanas de mi departamento en Chapalita. Me miré en el espejo, ajustando el escote de mi vestido negro ajustado que marcaba mis curvas como si fueran un mapa del tesoro. Neta, me sentía chida, lista para soltarme en la noche. Había quedado con mis cuates en el bar de la colonia Americana, pero en el fondo, lo que buscaba era esa chispa, esa pasión sábado que te hace olvidar el pinche estrés de la semana.

El aire estaba cargado de jazmín del jardín y el eco lejano de mariachis practicando en alguna casa vecina. Me rocié un poco de perfume con notas de vainilla y almizcle, ese que siempre atrae miradas. Bajé las escaleras con tacones que resonaban como un latido acelerado. En la calle, el olor a tacos al pastor de la taquería de la esquina me tentó, pero resistí. Órale, Ana, hoy no comes, hoy devoras, me dije mientras subía al Uber.

El bar estaba a reventar, luces neón parpadeando sobre cuerpos sudorosos bailando cumbia rebajada. Pedí un michelada helada, el limón explotando en mi lengua con sal y chile que picaba justo. Ahí lo vi: Carlos, un vato alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido. Estaba con unos amigos, riendo fuerte, camisa blanca arremangada mostrando brazos fuertes. Nuestras miradas chocaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas con alas de fuego.

¿Quién es este pendejo que me pone así de nerviosa? Neta, su sonrisa es pecado.

Se acercó con una cerveza en la mano, oliendo a colonia fresca y tabaco sutil. "Qué onda, morra, ¿vienes mucho por acá?", dijo con voz grave que vibró en mi pecho. Charlamos de todo: del tráfico infernal de la ciudad, de cómo el chilaquiles de mi abuelita es lo mejor del mundo, de sueños locos. Cada roce accidental de sus dedos en mi brazo enviaba descargas eléctricas por mi piel. El sudor de la pista de baile nos pegaba, y cuando me invitó a bailar, no pude decir que no.

Sus manos en mi cintura eran firmes pero suaves, guiándome al ritmo de la música. Sentí su aliento cálido en mi cuello, mezclándose con el mío. "Estás cañona", murmuró, y yo reí, presionando mi cadera contra la suya. Ahí abajo, su dureza creciente me rozó, prometiendo lo que vendría. La tensión crecía como una tormenta, mis pezones endureciéndose bajo la tela, el calor entre mis piernas humedeciéndose con anticipación.

Acto dos: la escalada. Salimos del bar tambaleándonos de risa y deseo, el aire nocturno fresco contrastando con nuestro calor. Caminamos por las calles empedradas, luces de faroles doradas iluminando su rostro anguloso. "Vámonos a tu depa, wey", propuse, y él asintió con ojos hambrientos. En el taxi, sus labios encontraron los míos: beso salado de cerveza y dulce de promesas, lenguas danzando como en una salsa ardiente.

En mi departamento, la puerta apenas cerró y ya estábamos devorándonos. Lo empujé contra la pared, mis uñas arañando su pecho mientras le quitaba la camisa. Su piel morena olía a hombre, a sudor limpio y deseo puro. "Te quiero ya", gemí, y él me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo como enredaderas. Me llevó a la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso.

Se tomó su tiempo, besando mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula donde el pulso latía desbocado. Sus manos exploraban: apretando mis senos, pellizcando pezones que dolían de placer. Bajó despacio, dejando un rastro de besos húmedos por mi vientre. El aroma de mi excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce como miel de maguey. Cuando su lengua tocó mi clítoris, arqueé la espalda, gimiendo fuerte: "¡Pinche sí, carnal!". Lamía con hambre, chupando, succionando, mis jugos cubriendo su barbilla. Mis dedos enredados en su cabello negro, tirando, guiándolo mientras olas de placer me recorrían.

Esto es la pasión sábado en su máxima expresión, neta no aguanto más.

Lo volteé, queriendo mi turno. Le bajé el pantalón, su verga saltando libre: gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la dureza de acero vivo. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su pre-semen, metiéndomela hasta la garganta mientras él gruñía: "¡Qué chingona eres, Ana!". Lo masturbé lento, viendo cómo sus bolas se tensaban, su abdomen contrayéndose.

La intensidad subía. Me monté encima, frotando mi humedad contra él, lubricándonos mutuamente. "Entra en mí", supliqué, y lo hice: bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo llenarme hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, paredes vaginales apretándolo como guante. Cabalgamos juntos, mis caderas girando, sus manos en mis nalgas azotando suave. Sudor perlando nuestros cuerpos, resbalando, oliendo a sexo crudo. Gemidos mezclados con el slap-slap de piel contra piel, el catre crujiendo en protesta.

Cambié de posición: él encima, misionero profundo, mirándonos a los ojos. Cada embestida golpeaba mi punto G, enviando chispas. "Más fuerte, pendejo", lo reté, y él obedeció, follando con furia controlada. Mis uñas en su espalda dejando marcas rojas, piernas temblando. El clímax se acercaba: mi vientre contrayéndose, respiración entrecortada. "¡Me vengo!", grité, y exploté en oleadas, jugos chorreando, cuerpo convulsionando. Él siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, chorros calientes inundándome, su peso colapsando sobre mí en éxtasis compartido.

Final: el resplandor. Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose como olas en la playa de Puerto Vallarta. Su semen goteaba lento de mí, cálido recordatorio. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eso fue la pura pasión sábado", murmuró él, trazando círculos en mi piel sensible. Reí bajito, oliendo nuestros cuerpos mezclados: sudor, semen, perfume vencido.

Nos duchamos juntos bajo el agua caliente, jabón deslizándose por curvas y músculos, manos lavando con caricias perezosas. En la cama fresca con sábanas limpias, platicamos hasta el amanecer: de viajes soñados a la Riviera Maya, de antojos de enchiladas potosinas. No hubo promesas locas, solo esa conexión profunda, empoderadora.

Este sábado me cambió, me recordó que la vida es para sentirla a full, sin frenos.

Al salir el sol, tiñendo la habitación de oro, lo besé en la puerta. "Vuelve cuando quieras, carnal". Él sonrió, ese pendejo irresistible, y se fue. Yo cerré la puerta, el eco de la noche aún vibrando en mi piel, lista para el próximo pasión sábado. La ciudad despertaba afuera, pero yo ya había vivido mi propio amanecer de placer.

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