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La Fruta de la Pasión o Maracuyá que Enciende el Alma

6331 palabras

La Fruta de la Pasión o Maracuyá que Enciende el Alma

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre el mercado, haciendo que el aire oliera a sal marina mezclada con el dulzor de las frutas maduras. Yo, Ana, caminaba entre los puestos con una canasta en la mano, sintiendo el sudor perlar mi escote bajo la blusa ligera de algodón. Qué chido está este calor, pensé, mientras mis ojos se posaban en un montón de fruta de la pasión o maracuyá, esas bolitas moradas y arrugadas que prometían un jugo explosivo adentro. El vendedor, un moreno alto con sonrisa pícara y brazos tatuados, me miró de arriba abajo.

"¿Qué onda, güerita? ¿Buscas algo que te prenda de verdad?", dijo con voz ronca, mientras partía una maracuyá en dos. El jugo ácido y dulce se derramó sobre sus dedos morenos, goteando lento como una promesa. Lo probó, lamiendo el pulgar con deliberada lentitud, y sus ojos negros se clavaron en los míos. Mi pulso se aceleró. Neta, este wey está cañón.

"Dame un kilo de esa fruta de la pasión o maracuyá", respondí, tratando de sonar casual, pero mi voz salió un poco temblorosa. Se llamaba Marco, me dijo, y mientras pesaba las frutas, su mano rozó la mía. Un chispazo eléctrico me recorrió la piel, directo al vientre. Hablamos de tonterías: el mar, las fiestas en la playa, cómo esa fruta siempre le recordaba a besos prohibidos. Al pagar, me invitó a su casa cercana, "para que pruebes cómo se come de verdad". Reí, pero algo en su mirada me dijo que no era broma.

¿Y si digo que sí? ¿Qué pierdo? Solo una tarde de calor y deseo.

Llegamos a su bungalow frente al mar, con hamacas colgando y brisa que entraba por las ventanas abiertas. Olía a coco y jazmín. Marco sacó una botella de mezcal y cortó varias maracuyás, sirviéndome el jugo en un vaso helado. "Prueba esto, Ana. Es como el sexo: ácido al principio, dulce después". Bebí, y el sabor me explotó en la lengua: tangy, fresco, con esa acidez que pica justo en el fondo de la garganta. Nos sentamos en el porche, las olas rompiendo abajo, y el sol tiñendo todo de oro.

La plática fluyó como el mezcal: de amores pasados que no prendieron, de noches solitarias en la playa. Su rodilla rozó la mía, y no me aparté. Me está viendo como si ya me tuviera en su cama. Contó cómo la fruta de la pasión o maracuyá era su vicio, cómo la usaba para seducir. "Untada en la piel, sabe a paraíso". Mi cuerpo respondió antes que mi mente: pezones endureciéndose bajo la blusa, un calor húmedo entre las piernas. Lo miré fijo. "Muéstrame".

Entramos a la casa, el aire más denso, cargado de expectativa. Marco me acercó, su aliento cálido en mi cuello. "Estás preciosa, Ana. Como una diosa del mar". Sus labios rozaron mi oreja, y yo gemí bajito. Me desabrochó la blusa con dedos hábiles, exponiendo mis senos al aire fresco. Los besó, lamiendo lento, mientras yo enredaba mis manos en su pelo negro y revuelto. Olía a sal y hombre, a deseo puro. Bajó mis shorts, y sus dedos exploraron mi humedad. "Estás chorreando, carnala. Qué rico".

Yo no me quedé atrás. Le quité la camisa, admirando su pecho musculoso, marcado por el sol. Desabroché su pantalón, y su verga saltó libre, dura y palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor, las venas latiendo bajo mi palma. "Qué pinga tan chida, Marco". Él rio ronco, y me tendió una maracuyá partida. "Úsala". Partí la fruta sobre su pecho, el jugo verde-dorado chorreando por sus músculos. Lo lamí, el sabor ácido mezclándose con su sudor salado. Es como fuego líquido en mi boca. Él gruñó, arqueándose.

Me recostó en la cama king size, sábanas blancas oliendo a lavanda fresca. Untó jugo de fruta de la pasión o maracuyá en mis pezones, chupándolos con avidez. El roce de su lengua áspera, el pinchazo dulce de la fruta, me hizo jadear. Bajó, trazando un camino de besos por mi vientre, hasta mi chochita hinchada. Partió otra maracuyá sobre mí, el jugo fresco goteando en mi clítoris. "¡Órale, qué frío!", exclamé riendo, pero pronto gemí cuando su boca lo devoró todo. Lamía el jugo mezclado con mi excitación, su lengua girando, succionando. Mis caderas se alzaron solas, persiguiendo su placer.

Esto es el cielo, wey. No pares.

El calor subía, mis uñas clavándose en sus hombros. "Te quiero adentro, Marco. Fóllame ya". Él se posicionó, su verga rozando mi entrada resbaladiza. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada pulgada, gruesa y caliente, llenándome hasta el fondo. "¡Qué apretadita estás, Ana! Neta, me vas a volver loco". Empezó a moverse, embestidas profundas, el sonido de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos y el romper de las olas afuera.

Yo lo monté después, cabalgándolo con furia. Sus manos en mis nalgas, guiándome, el jugo de maracuyá aún pegajoso entre nosotros. Sudor goteando, pechos rebotando, su mirada clavada en la mía. "Más rápido, güerita. Dámelo todo". El clímax se acercaba como una ola gigante: tensión en el bajo vientre, pulsos acelerados, olor a sexo y fruta madura llenando la habitación. Grité su nombre cuando exploté, contracciones ordeñando su verga, jugos mezclados chorreando. Él me siguió segundos después, gruñendo, llenándome con chorros calientes.

Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas. El sol se ponía, tiñendo la habitación de rosa y naranja. Marco me besó la frente, trazando círculos perezosos en mi espalda. "Esa fruta de la pasión o maracuyá siempre cumple", murmuró. Reí, saboreando el regusto ácido en mis labios. Qué tarde tan cabrona. Ojalá repita. Nos duchamos juntos, agua tibia lavando el jugo y el sudor, manos explorando aún con ternura. Salimos al porche, mezcal en mano, mirando el mar. Algo había cambiado: no solo placer, sino una conexión chida, como si la fruta hubiera despertado algo profundo en nosotros.

Al despedirnos en la puerta, con promesa de volver, sentí su mano en mi mejilla. "Vuelve cuando quieras, Ana. Trae más maracuyá". Sonreí, caminando de regreso al mercado con el cuerpo satisfecho, el alma ligera. El atardecer olía a sal y pasión, y supe que esa fruta no sería la última que compartiríamos.

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