Pasión en Italiano
Estaba en el café de la Roma, ese rinconcito chulo con mesas de madera y el aroma del café recién molido flotando en el aire como una promesa. Yo, Ana, con mi falda ligera que rozaba mis muslos cada vez que me movía, sorbía mi latte mientras ojeaba el teléfono. El sol de la tarde se colaba por las ventanas, calentando mi piel morena y haciendo que el ambiente se sintiera cargado, como antes de una tormenta. Neta, ¿por qué hoy me siento tan inquieta? pensé, cruzando las piernas para calmar ese cosquilleo traicionero entre ellas.
Entonces lo vi entrar. Alto, con esa piel oliva que gritaba Mediterráneo, ojos oscuros como el chocolate amargo que tanto me gustaba, y una sonrisa que parecía sacada de una película italiana. Vestía una camisa blanca arremangada, dejando ver unos antebrazos fuertes, y jeans que se ajustaban justo donde debían. Se sentó en la mesa de al lado, pidió un espresso en un italiano fluido que me erizó la piel. Pasión en italiano, murmuré para mí misma, imaginando cómo sonaría mi nombre en esa lengua ronca y seductora.
Nuestros ojos se cruzaron. Él sonrió, levantando su taza en un brindis silencioso. Yo le devolví la mirada, sintiendo un calor subir por mi cuello. "¿Todo bien?", le pregunté en español, con esa voz juguetona que uso cuando quiero coquetear. "Perfetto", respondió él, con acento que me derritió. Se llamaba Marco, venía de Roma de viaje de negocios, pero su mirada decía que buscaba mucho más que contratos. Charlamos, el tiempo voló entre risas y anécdotas. Él me contaba de las noches en Trastevere, yo de las fiestas en la Condesa. Cada palabra suya era un roce invisible, y yo sentía mi pulso acelerarse, mis pezones endureciéndose bajo la blusa fina.
Este wey me tiene loca, neta. Su voz, ese italiano que sale como caricia... quiero que me hable al oído mientras me toca.
La tensión crecía con cada sorbo. Su rodilla rozó la mía bajo la mesa, accidental al principio, pero luego se quedó ahí, firme, caliente. Yo no me aparté. Al contrario, apreté un poco, invitándolo. "Vamos a caminar", propuso él, pagando la cuenta antes de que yo protestara. Salimos a la calle empedrada, el bullicio de la Roma envolviéndonos: cláxones lejanos, risas de parejas, el olor a tacos al pastor de un puesto cercano mezclándose con su colonia fresca, cítrica. Caminamos hombro con hombro, su mano rozando mi espalda baja, enviando chispas por mi espina dorsal.
En una placita sombreada por jacarandas, se detuvo. "Ana, eres fuego", dijo en italiano, traduciéndolo después con un beso en la mejilla que duró demasiado. Sus labios eran suaves, cálidos, con gusto a espresso y deseo puro. Yo giré la cara, capturando su boca. El beso fue explosivo: lenguas danzando, manos enredándose en el pelo, el mundo desapareciendo. Sentí su erección presionando contra mi vientre, dura, prometedora. Órale, qué prieta la tiene este italiano, pensé, mordiéndome el labio mientras nos separábamos jadeantes.
"Ven conmigo", susurró, tomándome de la mano. Fuimos a su hotel cercano, un boutique chido con lobby perfumado a lavanda. En el ascensor, no aguantamos: me acorraló contra la pared, besándome el cuello, lamiendo esa zona sensible que me hace gemir. Sus manos subieron por mis muslos, levantando la falda, dedos rozando mis bragas ya húmedas. "Estás mojada por mí", gruñó en mi oído, su aliento caliente haciendo que mis rodillas flaquearan. Yo palpé su paquete, sintiendo el calor y la rigidez a través de la tela. "Sí, por ti, cabrón", respondí riendo, arañando su pecho.
La puerta de la habitación se abrió y nos lanzamos adentro. Luz tenue, cama king size con sábanas blancas crujientes. Me quitó la blusa con urgencia, besando mis senos liberados, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Gemí fuerte, arqueándome, el placer como electricidad recorriendo mi cuerpo. Olía a su sudor limpio, a mi propia excitación almizclada. Le desabroché los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, masturbándolo lento, viendo cómo sus ojos se cerraban de puro gusto. "Bella mia", jadeó en italiano, esa pasión en italiano volviéndome loca de lujuria.
Lo empujé a la cama, montándome encima. Le besé el torso, lamiendo sus abdominales salados, bajando hasta su miembro. Lo engullí, saboreando su pre-semen salado, chupando con hambre mientras él gemía "Dio, Ana!". Su mano en mi pelo, guiándome sin forzar, puro acuerdo mutuo. Me levantó, volteándome para un 69 perfecto: su lengua en mi clítoris, lamiendo mis labios hinchados, metiendo dedos que me follaban suave. Yo lo mamaba profundo, garganta relajada, bolas en la mano. El cuarto se llenó de sonidos húmedos, jadeos, el crujir de la cama.
Esto es el paraíso, wey. Su lengua sabe justo dónde, me va a hacer venir ya...
La intensidad subía. Me corrí primero, temblando sobre su boca, jugos chorreando mientras gritaba su nombre. Él no paró, prolongando el orgasmo hasta que supliqué. Entonces me puso a cuatro patas, entrando de golpe. Su verga me llenó, estirándome delicioso, golpeando mi punto G con cada embestida. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas azotando mi clítoris, sus manos amasando mis nalgas. "Más fuerte, Marco, fóllame como en Italia", le pedí, empujando hacia atrás. Él obedeció, gruñendo palabras en italiano que sonaban a poesía sucia, acelerando hasta que sudábamos como locos, el aire espeso de sexo.
Cambié de posición, cabalgándolo ahora, controlando el ritmo. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, yo rebotando, sintiendo cada vena de su polla frotando mis paredes. El olor de nuestros cuerpos mezclados, sudor, semen, mi crema cubriéndolo todo. Lo miré a los ojos, viendo su entrega, su placer puro. "Ven conmigo", le ordené, y explotamos juntos: yo convulsionando, ordeñándolo, él llenándome con chorros calientes, gritando en esa lengua que me había seducido desde el principio.
Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su cabeza en mi pecho, besando suave, mi mano acariciando su espalda. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción profunda. "Eso fue pasión en italiano", murmuró riendo, y yo asentí, besándolo perezosa. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero nosotros flotábamos en esa burbuja de calma post-orgasmo. Neta, esto no pasa todos los días. Mañana quién sabe, pero hoy fue perfecto, pensé mientras el sueño nos envolvía, sus brazos fuertes protegiéndome.