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El Significado de la Pasion

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El Significado de la Pasion

La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio chido de la Ciudad de México que te envuelve como un abrazo caluroso. Las luces de neón parpadeaban sobre las banquetas llenas de morras y carnales vestidos para matar, y el aire traía olor a tacos al pastor y mezcal ahumado. Yo, Ana, estaba sentada en la barra de La Cantina Escondida, un lugar bien perrón con mesas de madera oscura y cumbia sonando bajito de fondo. Tenía un caballito de mezcal en la mano, el gusano flotando como un secreto, y la mente dando vueltas. ¿Qué chingados es la pasión, de verdad? me preguntaba, después de tanto novio pendejo que prometía fuego y solo daba cenizas.

La pasión no es solo sexo, neta. Es algo que te quema por dentro, que te hace sentir viva hasta los huesos. Pero ¿dónde la encuentro? ¿En un pinche like de Instagram o en un beso que te deje sin aliento?

Ahí fue cuando lo vi. Diego, con su camisa negra ajustada que marcaba los músculos del pecho, jeans que le quedaban como pintados y una sonrisa que iluminaba más que las luces del bar. Se acercó con esa confianza de los chilangos que saben lo que traen entre manos, pero sin ser mamón. —Órale, morra, ¿me invitas a un trago o qué? dijo, con voz grave que me erizó la piel. Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Platicamos de todo: del pinche tráfico de Reforma, de lo chido que es un buen taco de suadero, y de pronto, la plática giró a lo profundo.

—Yo creo que la pasión es como el mezcal este —dijo él, sirviéndose otro—. Te quema la garganta, pero después te deja un sabor que no olvidas. ¿Tú qué piensas, Ana? ¿Cuál es el significado de la pasión para ti?

Su pregunta me pegó directo. Lo miré a los ojos, cafés y profundos como un pozole hirviendo, y sentí que el bar se achicaba. —No sé, carnal. Tal vez sea algo que se siente, no que se explica. Bailamos después, su mano en mi cintura firme pero suave, el sudor de nuestros cuerpos mezclándose con el ritmo de la cumbia. Su aliento olía a mezcal y menta, y cada roce de su cadera contra la mía me hacía apretar las piernas. La tensión crecía, como un volcán a punto de reventar.

Salimos del bar tomados de la mano, el aire fresco de la noche contrastando con el calor que traíamos adentro. En el Uber, no aguantamos más. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como en una pista de baile. Su mano subió por mi muslo, bajo la falda corta, y yo gemí bajito contra su boca. —Diego, neta que me traes loca —susurré. Él solo sonrió, sus dedos trazando círculos en mi piel que me ponían la piel de gallina.

Llegamos a su depa en la colonia Roma, un lugar chido con ventanales que daban a las luces de la ciudad y una cama king size que parecía hecha para pecados. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared, besándome el cuello mientras sus manos desabotonaban mi blusa. Sentí su erección dura contra mi vientre, y un jadeo se me escapó. —Déjame mostrarte el verdadero pasion significado, Ana —murmuró contra mi oreja, su voz ronca como grava—. No es solo follar, es conectarte hasta el alma.

Me quitó la ropa despacio, saboreando cada centímetro. Sus labios bajaron por mi clavícula, chupando mis pezones hasta que se pusieron duros como piedras. Yo arqueé la espalda, oliendo su colonia mezclada con sudor masculino, ese aroma que te hace agua la boca. Le arranqué la camisa, mis uñas clavándose en su espalda tatuada con un águila prehispánica. Qué chingón se veía, todo músculos tensos y piel morena brillante.

Esto es la pasión, pensé. No control, solo entrega. Su toque me hacía sentir poderosa, deseada, como si fuera la única morra en el mundo.

Caímos en la cama, las sábanas frescas contra mi piel ardiente. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de muslos hasta llegar a mi centro húmedo. Su lengua me lamió despacio, saboreándome como si fuera el mejor postre. —Estás deliciosa, ricura —gruñó, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía de placer. Yo me retorcía, agarrando las sábanas, el sonido de mis gemidos rebotando en las paredes. El olor a sexo llenaba el aire, almizclado y dulce, y cada lamida me acercaba más al borde.

No quise que él hiciera todo el trabajo. Lo empujé boca arriba, montándome encima. Su verga estaba tiesa, gruesa, palpitando en mi mano mientras la lamía desde la base hasta la punta, probando su salado pre-semen. —Chúpamela, Ana, sí así —jadeó él, sus caderas subiendo. Lo hice profundo, hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca. Luego me subí a horcajadas, guiándolo dentro de mí. Lentamente, centímetro a centímetro, hasta que me llenó por completo. El estirón era perfecto, dolor y placer mezclados.

Cabalgamos así, mis tetas rebotando con cada embestida, sus manos en mis caderas marcando el ritmo. Sudábamos como locos, el slap-slap de piel contra piel ahogando la cumbia lejana de la calle. Cambiamos: él encima, misionero profundo, sus ojos clavados en los míos. —Mírame, siente esto —dijo, clavándose fuerte pero cariñoso—. Esto es pasión, neta. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, arañándole la espalda, gritando su nombre mientras el orgasmo me partía en dos. Olas de placer me recorrieron, mi coño apretándolo como un puño, leche caliente saliendo de mí.

Él no paró, siguió dándome hasta que explotó dentro, su semen caliente llenándome, gruñendo como animal. Colapsamos juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. El cuarto olía a nosotros, a sexo crudo y mezcal derramado. Me besó la frente, suave, mientras nos calmábamos.

Después, acostados enredados, con la ciudad zumbando afuera, platicamos. —Ahora sí entiendo el significado de la pasión, Diego —le dije, trazando su pecho con el dedo—. Es esto: conexión, fuego compartido, sin pendejadas. Él rio bajito, abrazándome más fuerte. —Exacto, morra. Y hay más donde salió esto.

Me dormí pensando que la pasión no se explica, se vive. Y qué chido vivirla así, con alguien que te hace sentir reina.

Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, nos despertamos con besos perezosos. No hubo promesas locas, solo la promesa de más noches como esa. Salí de su depa con las piernas flojas, pero el alma llena. La pasión, su verdadero significado, lo había encontrado en la piel de un carnal que sabía cómo encenderla.

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