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Pasión Cap 88 Fuego en la Piel

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Pasión Cap 88 Fuego en la Piel

Estaba sola en mi depa en Polanco, con las luces de la Ciudad de México parpadeando por la ventana como estrellas chuecas. El aire olía a jazmín del jardín de abajo y a mi perfume de vainilla que me había echado generousito en el cuello y entre las chichis. Órale, Ana, relájate, me dije mientras me veía en el espejo, ajustándome el vestido negro ceñidito que me hacía ver como una diosa cachonda. Hacía semanas que no veía a Marco, mi cabrón favorito, el que me ponía la piel de gallina con solo una mirada. Esta noche iba a ser especial, como si estuviéramos escribiendo Pasión Cap 88 de nuestra propia novela erótica.

El sonido del timbre me sacó del trance. Abrí la puerta y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Olía a tequila reposado y a su colonia terrosa, esa que me recordaba las noches en la playa de Puerto Vallarta. "Mamacita", murmuró, jalándome hacia él con esas manos grandes y callosas de tanto trabajar en su taller de motos. Nuestros cuerpos chocaron, y sentí su dureza contra mi vientre, ya lista para la acción. Lo besé con hambre, saboreando el picor salado de sus labios, mientras sus dedos se clavaban en mi culo como si quisiera marcarme.

¡Neta, este wey me vuelve loca! Cada vez que me toca, es como si mi cuerpo despertara de un sueño largo y caliente.

Lo jalé adentro, cerrando la puerta con el pie. Nos fuimos tropezando al sillón de cuero, riéndonos como pendejos enamorados. "Te extrañé, pendeja", me dijo al oído, su aliento cálido rozándome la oreja. Le mordí el lóbulo suave, sintiendo cómo su pulso se aceleraba bajo mi lengua. Mis manos bajaron por su pecho firme, desabotonando su camisa guayabera con dedos temblorosos. Su piel bronceada olía a sudor fresco y a aventura, y la toqué como si fuera la primera vez, trazando los músculos que se contraían bajo mis yemas.

En el sillón, me sentó en sus piernas, y sentí su verga dura presionando contra mis muslos a través del pantalón. "Qué chido verte así, toda mojada por mí", gruñó, deslizando su mano por mi vestido hasta encontrar mi tanguita empapada. Gemí cuando sus dedos me rozaron el clítoris, un toque eléctrico que me hizo arquear la espalda. El sonido de nuestra respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el lejano bullicio de la ciudad: cláxones, risas de borrachos en la calle, música de cumbia rebajada saliendo de algún antro cercano.

Le quité la camisa de un jalón, besando su pecho, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Él me levantó el vestido, exponiendo mis tetas al aire fresco, y chupó un pezón con avidez, tirando suave hasta que dolió rico. "¡Ay, cabrón!", chillé, clavándole las uñas en la espalda. Su boca bajó por mi vientre, dejando un rastro húmedo y caliente, hasta que me arrancó la tanga con los dientes. El olor a mi excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, como miel caliente.

Me recargó en el sillón y se arrodilló entre mis piernas abiertas. Su lengua me invadió, lamiendo lento al principio, saboreando cada pliegue. Sentí el roce áspero de su barba en mis muslos internos, el calor de su aliento en mi coño palpitante. "Sabes a paraíso, mi reina", murmuró contra mi piel, y metió dos dedos gruesos adentro, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. Mis caderas se movían solas, follándome su boca, mientras mis gemidos subían de tono, ahogados solo por el golpeteo de mi corazón en los oídos.

Esto es Pasión Cap 88, el capítulo donde exploto como volcán. No aguanto más esta tensión, necesito que me llene ya.

Lo empujé suave hacia arriba, desesperada por más. Nos paramos tambaleantes, y le bajé el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, el terciopelo sobre acero. La masturbe lento, viéndolo cerrar los ojos y morderse el labio. "Qué rica verga tienes, papacito", le susurré, poniéndome de rodillas para probarla. La chupé profunda, saboreando el gusto salado y musgoso, mi lengua girando alrededor del glande mientras él me agarraba el pelo con ternura.

Pero no quería acabar así. Lo jalé al cuarto, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Nos tiramos desnudos, piel contra piel, sudados y resbalosos. Él se puso encima, besándome el cuello mientras frotaba su verga contra mi entrada húmeda. "Dime que la quieres", exigió con voz ronca. "Sí, métemela ya, no seas mamón", rogué, envolviendo mis piernas en su cintura.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí largo, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el calor de su cuerpo fundiéndose con el mío. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y embistiendo profundo. El sonido de carne contra carne, chapoteante y obsceno, se mezclaba con nuestros jadeos. Olía a sexo puro, a sudor y fluidos mezclados, embriagador como pulque fermentado.

Aceleró, follándome fuerte, mis tetas rebotando con cada thrust. Le clavé las uñas en los glúteos, urgiéndolo más adentro. "¡Más duro, wey! ¡Fóllame como si fuera la última vez!", grité, y él obedeció, su pelvis chocando contra mi clítoris en ritmo perfecto. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola ardiente desde el estómago, apretándome los músculos alrededor de su verga. Él gruñó, "Me vengo, mi amor", y se corrió dentro, chorros calientes que me empujaron al borde.

Exploté con él, mi coño convulsionando, un grito gutural saliendo de mi garganta mientras luces blancas estallaban en mi visión. Ondas de placer me recorrieron, pies a cabeza, dejando mi cuerpo temblando y laxo. Nos quedamos pegados, su peso reconfortante sobre mí, pulsos latiendo al unísono. Besos suaves en la frente, caricias perezosas en la espalda húmeda.

Después, acurrucados bajo las sábanas revueltas, con el aroma a sexo impregnando todo, le acaricié el pelo revuelto. "Esta fue nuestra Pasión Cap 88, la mejor hasta ahora", le dije, riendo bajito. Él me apretó contra su pecho, su corazón calmándose poco a poco. "Y vendrán más, mi vida. Tú y yo, eternos". Afuera, la ciudad seguía su ritmo loco, pero en nuestro mundo, solo existía esta paz ardiente, este amor que quema y reconforta. Me dormí oliendo su piel, sabiendo que mañana escribiríamos el Cap 89.

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