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El Libro Pasional

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El Libro Pasional

Yo caminaba por las calles empedradas de Coyoacán esa tarde soleada de sábado, con el aire cargado del olor a churros recién fritos y el bullicio de la gente charlando en las tienditas. Qué chido estar aquí sola, pensé, sintiendo la brisa juguetona rozando mis piernas bajo la falda ligera de algodón. De repente, un puesto de libros usados llamó mi atención. Entre pilas polvorientas, vi uno que brillaba como si me estuviera esperando: El Libro Pasional. La portada era de cuero desgastado, con letras doradas que prometían secretos ardientes.

Órale, mija, ese librito es pura dinamita —me dijo el vendedor, un morro bien puesto, de unos veintiocho, con ojos cafés intensos y una sonrisa pícara que me hizo cosquillas en el estómago. Se llamaba Diego, lo supe porque su nombre estaba garabateado en una etiqueta—. Lo encontré en una casa vieja de Xochimilco. Dicen que enciende pasiones que ni te imaginas.

¿Y si de verdad lo hace? ¿Y si me prendo como nunca?

Le pagué los cien varos sin pensarlo dos veces, sintiendo ya un calorcillo traicionero entre las piernas. Llegué a mi departamentito en la Roma, con sus paredes blancas y el aroma a café de olla que siempre preparo. Me tiré en la cama king size, con las sábanas suaves oliendo a lavanda fresca, y abrí el libro. Las páginas crujieron como un susurro prohibido, y las palabras saltaron a devorarme.

El principio contaba de una mujer como yo, Ana —neta, mi nombre—, que encuentra un amante en las sombras de un jardín. Sus descripciones eran cañonas: el roce de dedos ásperos en la piel sudorosa, el sabor salado de besos robados, el gemido ahogado que vibra en el pecho. Sentí mi corazón latiendo fuerte, como tambores en una fiesta de pueblo. Mis pezones se endurecieron contra la blusa delgada, y bajé la mano despacito, rozando mi panocha a través de las panties de encaje. No mames, esto está muy perrón, me dije, mientras el calor subía por mis muslos.

Pero el libro no era solo palabras; tenía ilustraciones sutiles, sombras de cuerpos entrelazados que me hicieron imaginarlo todo. Leí más, página tras página, y el deseo creció como una ola en la costa de Puerto Escondido. Sudaba un poquito, el cuarto olía a mi propia excitación, ese almizcle dulce que me volvía loca. Pensé en Diego, en su voz ronca diciendo dinamita. Saqué mi cel y busqué su número —lo había anotado en una libreta impulsivamente—. Le mandé un whatss: "El librito ya me tiene loca. ¿Vienes a ver?". Respondió en segundos: "Neta? Ya voy, güerita 🔥".

Me levanté de un brinco, corrí al baño. El espejo me devolvió una cara sonrojada, labios carnosos pidiendo beso. Me quité la ropa despacio, sintiendo el aire fresco en mi piel desnuda, mis chichis firmes y el culazo que tanto me gustaba. Me puse un babydoll rojo que compré en Insurgentes, transparente lo justo para volver loco a cualquiera. El timbre sonó como un trueno, y abrí la puerta con el pulso acelerado.

Diego estaba ahí, con jeans ajustados que marcaban su paquete y una playera negra que olía a colonia barata pero rica, como las de los galanes de telenovela. —¿Ya te encendió el wey? —preguntó, entrando con esa seguridad de macho mexicano que me derrite.

Ven y averígualo, pendejo —le contesté juguetona, jalándolo por la playera. Nuestros cuerpos chocaron en la entrada, su pecho duro contra mis tetas suaves. Sentí su verga ya medio parada presionando mi vientre, y un jadeo se me escapó. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando la carne con hambre, mientras su boca devoraba la mía. Sabía a menta y a algo salvaje, su lengua explorando como si quisiera comerme viva. El beso era ruidoso, chupetones y suspiros que llenaban el aire.

¡Chingado, qué rico! Esto es mejor que el libro, neta.

Lo llevé a la cama arrastrando los pies, tropezando con la alfombra. Caímos juntos, él encima, su peso delicioso aplastándome. Me arrancó el babydoll con un movimiento brusco pero tierno, exponiendo mis pezones rosados que lamió como helado de garrafa. Gemí fuerte, arqueando la espalda, mientras sus dedos bajaban por mi ombligo, rozando el monte de Venus. —Estás mojadísima, Ana —murmuró contra mi piel, oliendo mi aroma de mujer en celo.

Le quité la playera, besando su pecho moreno, saboreando el sudor salado. Bajé la mano a su bragueta, liberando esa verga gruesa, venosa, que saltó como resorte. La apreté, sintiendo su pulso loco bajo la piel caliente. —Qué chingona —le dije, masturbándolo despacio mientras él metía dos dedos en mi concha chorreante. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con nuestros jadeos. Me corría ya, pero aguanté, queriendo más.

El medio se volvió puro fuego lento. Nos volteamos, yo arriba, frotando mi clítoris hinchado contra su abdomen marcado. Sus manos amasaban mi culo, dándome nalgadas suaves que ardían rico. —Cabrona, muévete así —gruñó, y yo lo hice, bailando como en una noche de antro en la Condesa. El olor a sexo nos envolvía, sudor, fluidos, pasión cruda. Bajé despacio, empalándome en su pija dura. ¡Ay, wey! La sentía llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, su mirada clavada en mí como si fuera una diosa azteca.

Él se incorporó, chupándome los pezones mientras yo subía y bajaba, el ritmo acelerando. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, mi jugo corriéndole por los huevos. —¡Más duro, Diego! —le pedí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con fuerza controlada. Sentía cada vena, cada throbb, mi interior palpitando alrededor de él. El clímax se acercaba, tensión en el bajo vientre como cuerda de guitarra a punto de romperse.

Nos cambiamos, él atrás, en cuatro como perritos en calor. Su verga entró de nuevo, profunda, golpeando mi punto G. Agarró mis caderas, follando con pasión de novela. El cuarto resonaba con mis gritos —¡Sí, cabrón, así!— y sus gruñidos animales. Olía a nosotros, a piel caliente, a entrega total. El orgasmo me explotó como piñata en feria, olas de placer sacudiéndome, contrayendo mi panocha alrededor de su pija. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes que sentí chorrear por mis muslos.

Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas, respirando agitados. Su mano acariciaba mi pelo húmedo, yo besaba su cuello salado. —El libro pasional nos juntó, ¿no? —dijo él, riendo bajito.

Neta, pero tú lo hiciste real —respondí, sintiendo una paz chida en el pecho, como después de un buen pozole en familia.

Nos quedamos así, platicando de libros y sueños, el sol poniéndose tiñendo la habitación de naranja. El deseo se calmó, pero dejó un fuego latente, prometiendo más páginas por escribir juntos. Qué vida tan perrona, pensé, acurrucada en sus brazos fuertes.

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