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Kate Winslet Diario de una Pasión

5963 palabras

Kate Winslet Diario de una Pasión

La lluvia caía a cántaros sobre el balcón de nuestro depa en Polanco, ese sonido constante como un tambor que me ponía de nervios. Era viernes por la noche, y María y yo nos habíamos acomodado en el sofá con unas chelas frías y un balde de palomitas. Neta, qué chido estar así, solos, sin pedos del trabajo. Ella se acurrucó contra mí, su cabeza en mi pecho, oliendo a ese perfume de vainilla que me volvía loco.

"¿Qué peli ponemos, carnal?", le pregunté, pasando el control remoto por su muslo suave. María levantó la cara, sus ojos cafés brillando con picardía. "Algo romántico, pero con pasión de a de veras. ¿Qué tal Kate Winslet en Diario de una Pasión? La vi hace tiempo y me dejó mojadita". Reí bajito, sintiendo cómo mi verga se movía un poco al imaginarla así. "Órale, pues. Si te prende Kate Winslet, yo no me quejo".

La pantalla se iluminó con esa historia de amor eterno, Noah y Allie besándose bajo la lluvia como si el mundo se acabara. María suspiró, su mano descansando en mi pierna, rozando peligrosamente cerca de mi paquete. Yo la miré de reojo: su blusa holgada dejaba ver el encaje de su brasier negro, y sus shorts cortos mostraban esas nalgas redondas que me tenían loco. Pinche suerte la mía, pensé, mientras el corazón me latía más rápido con cada escena.

¿Por qué esta peli siempre me calienta tanto? Kate Winslet con ese cuerpo curvilíneo, esos labios carnosos... pero es María la que tengo aquí, mi reina mexicana, lista para ser mi Allie.

En la peli, la pareja hacía el amor por primera vez, lentos, explorándose como si fuera sagrado. Sentí la mano de María apretar mi muslo, su respiración cambiando. "Mira cómo se tocan, Luis... qué envidia", murmuró, girándose para besarme el cuello. Su lengua caliente dejó un rastro húmedo, y olía a palomitas y a su excitación sutil, ese aroma almizclado que me ponía la verga dura como piedra.

La abracé por la cintura, metiendo la mano bajo su blusa. Su piel era seda caliente, los pezones ya tiesos contra mi palma. "Estás cañona, mi amor", le dije al oído, mordisqueando su lóbulo. Ella gimió bajito, un sonido que vibró en mi pecho como un trueno lejano. La película seguía, pero ya no la veíamos; era solo pretexto. Sus dedos bajaron a mi short, rozando mi erección a través de la tela. No mames, qué chingón se siente.

Nos besamos con hambre, lenguas enredándose, saboreando la cerveza y el dulce de sus labios. La recosté en el sofá, quitándole la blusa despacio, admirando sus tetas perfectas, grandes y firmes, con pezones rosados pidiendo atención. Los chupé suave al principio, luego más fuerte, sintiendo cómo se arqueaba contra mi boca. "¡Ay, Luis, sí! Chúpamelas rico", jadeó, sus uñas clavándose en mi espalda.

La lluvia afuera arreciaba, golpeando las ventanas como aplausos a nuestro fuego. Bajé sus shorts, besando su vientre plano, inhalando el olor de su sexo húmedo. Sus bragas estaban empapadas, y al quitárselas, vi su concha rosada, hinchada de deseo, brillando. "Estás chorreando, nena", le dije, pasando un dedo por sus labios vaginales. Ella tembló, abriendo las piernas. "Es por ti, pendejo. Lámeme, hazme volar".

Esto es mi diario de una pasión, como la de Kate Winslet en esa peli. Cada lamida, cada gemido, lo grabo en mi mente para siempre.

Me hundí entre sus muslos, lamiendo su clítoris con la lengua plana, saboreando su jugo salado y dulce a la vez. María gritaba mi nombre, sus caderas moviéndose contra mi cara, el olor de su arousal llenando el aire. Metí dos dedos dentro, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. "¡Sí, cabrón, ahí! No pares". Su cuerpo se tensó, y explotó en un orgasmo que la hizo sacudirse, mojándome la barbilla.

Pero no paré. La quería más. Me quité la ropa rápido, mi verga saltando libre, venosa y gruesa, goteando precum. Ella la miró con hambre, masturbándome despacio. "Qué vergota tienes, mi rey. Métemela ya". La puse a cuatro patas en el sofá, admirando su culo perfecto, redondo como fruta madura. Escupí en mi mano, lubricando, y la penetré de un solo empujón. Pinche paraíso, su concha apretada me succionaba, caliente y resbalosa.

Empecé a bombear lento, sintiendo cada centímetro de ella envolviéndome. El sonido de piel contra piel se mezclaba con sus gemidos y la lluvia. "Más fuerte, Luis, cógeme como animal", rogó. Agarré sus caderas, dándole con todo, mis bolas golpeando su clítoris. Sudábamos, el olor a sexo crudo impregnaba la sala. La volteé, poniéndola encima, para verla cabalgarme. Sus tetas rebotaban, su pelo revuelto, ojos perdidos en placer.

"Te amo, María. Eres mi Kate Winslet, mi pasión eterna", le dije entre jadeos. Ella sonrió, apretándome con sus paredes internas. "Y tú mi Noah mexicano, con esta verga que me parte en dos". Aceleramos, el sofá crujiendo, hasta que sentí el orgasmo subir como lava. "Me vengo, nena". "¡Dentro, lléname!". Exploté, chorros calientes llenándola, mientras ella se corría otra vez, gritando, su concha ordeñándome hasta la última gota.

Caímos exhaustos, enredados, la película terminando en la tele con esa nota de amor imposible. La lluvia amainaba, dejando un fresco olor a tierra mojada. María besó mi pecho, trazando círculos en mi piel sudada. "Eso fue mejor que la peli, ¿verdad?". Reí, abrazándola fuerte. "Mil veces mejor. Mi diario de una pasión tiene una nueva página gracias a Kate Winslet".

Y así, en esta noche de tormenta, encontramos nuestro propio diario de una pasión, eterno como el de ellos, pero nuestro, carnal, mexicano y jodidamente perfecto.

Nos quedamos así horas, hablando susurros, planeando más noches así. Su cuerpo pegado al mío, cálido y satisfecho, era el paraíso. Mañana sería otro día, pero esta pasión nos unía más que nunca.

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