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Pasión de Cristo Imágenes Desnudas

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Pasión de Cristo Imágenes Desnudas

Era Viernes Santo en mi pueblo de Oaxaca, el aire cargado de incienso y murmullos devotos. Yo, Lupe, caminaba por las calles empedradas, con el sol quemándome la piel morena mientras veía las pasión de cristo imagenes que adornaban los altares improvisados. Esas figuras de Jesús azotado, coronado de espinas, con el cuerpo marcado por el sufrimiento, me ponían la piel chinita de una manera que no era solo por fe. Neta, había algo carnal en esas imágenes, como si el dolor se mezclara con un placer prohibido que me hacía apretar las piernas sin querer.

El olor a copal flotaba pesado, y el sonido de las matracas y los tambores retumbaba en mi pecho. Llevaba un huipil ligero que se pegaba a mis curvas por el sudor, mis chichis rebotando con cada paso. De repente, lo vi: un wey alto, moreno, con ojos negros como la noche, cargando una cruz en la procesión. Se llamaba Diego, lo supe después. Su espalda ancha brillaba bajo el sol, los músculos tensos bajo la camisa blanca que se transparentaba. Me miró fijo, y sentí un cosquilleo en el ombligo que bajó directo a mi entrepierna.

¿Qué chingados me pasa? Estas imágenes de la Pasión me están volviendo loca, o es él que parece un Cristo vivo, listo para redimirme de otra forma.

La procesión avanzó, pero yo me quedé rezagada, fingiendo ajustar mi rebozo. Él dejó la cruz un momento para beber agua de un garrafón, y sus labios gruesos se mojaron, goteando por el cuello. Órale, qué rico. Nuestras miradas se cruzaron de nuevo, y supe que no era solo devoción lo que ardía ahí.

Después de la procesión, el pueblo se vació un rato. Me senté en una banca de la plaza, con el calor haciendo que mi piel oliera a vainilla y sudor. Diego se acercó, quitándose el sombrero de palma. "¿Qué onda, morra? Te vi bien clavada en las imágenes de la Pasión. ¿Te mueven mucho?" Su voz grave me erizó los vellos.

"Sí, wey, esas pasión de cristo imagenes me hacen sentir... viva. Como si el sufrimiento tuviera un lado chido, ¿sabes?" Le contesté, mordiéndome el labio sin darme cuenta. Nos pusimos a platicar de las tradiciones, pero el aire se cargaba de otra cosa. Él olía a tierra mojada y hombre, un aroma que me hacía mojarme las calzones.

Gradualmente, la tensión creció. Me contó que era carpintero, que tallaba santos para las iglesias. "Pero a veces imagino cuerpos sin ropa, puros y pecadores a la vez." Su mano rozó la mía accidentalmente, y fue como electricidad. Sentí mi corazón latiendo fuerte, mis pezones endureciéndose contra la tela del huipil. Él lo notó, y su mirada bajó a mis tetas, hambrienta.

No mames, Lupe, este pendejo te va a comer viva aquí mismo si no te controlas. Pero qué ganas de dejar que lo haga, de sentir su pasión como esas imágenes.

Le propuse ir a mi casa, que estaba cerca, vacía porque mi familia andaba en misa. Caminamos en silencio, el roce de su brazo contra el mío mandando chispas. Al entrar, cerré la puerta y ya estaba jadeando. Él me acorraló contra la pared de adobe fresco, su aliento caliente en mi cuello.

El beso fue como un latigazo: sus labios carnosos devorando los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a agua bendita y deseo puro. Gemí bajito, mis manos en su pelo negro revuelto. "Eres como Él, marcado por el esfuerzo", le susurré, mientras le quitaba la camisa. Su pecho era un mapa de músculos sudados, pezones oscuros que lamí despacio, saboreando la sal. Él gruñó, "Tú eres mi Virgen pecadora, Lupe."

Lo empujé al catre, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando como un corazón herido. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la piel suave sobre la dureza. "Mírala, como la corona de espinas, punzante y lista para flagelarme." Él rio ronco, pero sus ojos ardían. Le chupé la cabeza, lengua girando alrededor del prepucio, probando el líquido salado que brotaba. Olía a macho puro, a sexo en Semana Santa.

Mis dedos se colaron en mi panocha, ya empapada, el clítoris hinchado pidiendo roce. Diego me volteó, arrancándome el huipil. Mis nalgas redondas quedaron al aire, y él las amasó fuerte, dejando huellas rojas como llagas. "Qué chingonas estás, morra. Quiero pintarte con mi pasión." Su lengua bajó por mi espalda, hasta mi ano, lamiendo suave mientras sus dedos abrían mis labios inferiores, frotando el jugo que chorreaba por mis muslos.

¡Ay, Diosito! Esto es mejor que cualquier imagen de la Pasión. Su toque quema como el sol en el Gólgota, pero duele tan rico.

La intensidad subió. Me puso de rodillas en el piso de laza, como en oración, y entró en mí de una. Su verga me llenó, estirándome delicioso, golpeando profundo. Cada embestida era un azote, el sonido de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos. Sudábamos como condenados, el olor a sexo invadiendo la habitación, mezclado con el incienso que aún traía pegado a la piel. Agarré las sábanas, arqueando la espalda, mis tetas balanceándose pesadas.

"Más fuerte, Diego, flagélame con tu cruz." Él obedeció, jalándome el pelo suave, mordiendo mi hombro mientras aceleraba. Sentí el orgasmo construyéndose, como una procesión interminable, el calor subiendo desde mis entrañas. Él se tensó, gruñendo "Me vengo, Virgen mía." Eyaculó adentro, chorros calientes bañándome las paredes, mientras yo explotaba, mi panocha contrayéndose alrededor de él, jugos salpicando.

Nos quedamos tirados, respirando agitados, su semen goteando de mí sobre las sábanas. El sol entraba por la ventana, dorando nuestros cuerpos entrelazados. Acaricié su cara, aún jadeante. "Neta, wey, esas pasión de cristo imagenes nos unieron de la forma más chida." Él sonrió, besándome la frente. "Fue nuestra propia Pasión, Lupe. Sagrada y culera a la vez."

Después, nos bañamos juntos en el tinaco, el agua fresca lavando el sudor pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas en mis curvas, mi boca en su cuello otra vez. No hubo prisa, solo ternura en el afterglow. Salimos a la calle al atardecer, el pueblo reviviendo con cohetes y risas. Caminamos de la mano, sabiendo que esto no acababa ahí. La fe y el deseo se habían mezclado en nosotros, como las imágenes que nos encendieron.

Desde ese Viernes Santo, cada vez que veo una pasión de cristo imagen, mi cuerpo recuerda su toque, el pulso de su verga, el sabor de su piel. Y Diego se volvió mi devoción diaria, un Cristo carnal que me redime una y otra vez.

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