La Pasión de Michelangelo Desatada
Entré al Palacio de Bellas Artes en el corazón de la Ciudad de México, con el bullicio de la Alameda de fondo y ese olor a café y tamales que siempre me recibe como un abrazo viejo. Era jueves por la tarde, y la expo temporal La Pasión de Michelangelo había sido el chisme en redes toda la semana. Réplicas perfectas de sus esculturas, desde el David hasta la Piedad, pero con un enfoque en lo erótico, lo humano, lo que el maestro talló en mármol con una pasión que se sentía viva. Yo, Ana, treintañera soltera y adicta al arte que despierta los sentidos, no me lo podía perder.
El salón principal estaba atestado de gente, pero mis ojos se clavaron en él de inmediato. Alto, moreno, con una camiseta ajustada que marcaba unos pectorales que ni el David envidiaría. Estaba frente a la réplica del David, con los brazos cruzados y una sonrisa pícara, como si supiera que esa figura desnuda lo ponía a mil. Me acerqué, fingiendo interés casual en la placa informativa.
—Órale, güey, ¿no te da envidia esa perfección? —le dije, rompiendo el hielo con mi tono juguetón mexicano.
Se volteó, y sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis labios y en el escote de mi blusa floja. —Nah, carnala, yo prefiero la carne real. Me llamo Marco. ¿Y tú, qué opinas de La Pasión de Michelangelo?
Su voz grave me erizó la piel, y sentí un cosquilleo en el estómago. Charlamos de las curvas de las figuras femeninas en sus bocetos, de cómo el mármol parecía palpitar con deseo contenido. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de hombros. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, y el aire del museo, cargado de humedad subtropical, se volvía espeso.
¿Qué carajos estoy haciendo? Este pendejo me mira como si ya me estuviera desnudando, y yo aquí, sintiendo que mis pezones se endurecen bajo la tela. Neta, la expo esta me tiene caliente.
Salimos juntos, el sol del atardecer tiñendo el cielo de rosa y naranja. Caminamos por Madero, riendo de chistes sobre cómo Michelangelo seguro era un cabrón en la cama para esculpir así. Terminamos en un cafecito escondido en el Centro, con mesas de madera y aroma a chocolate caliente. Nuestras rodillas se tocaron bajo la mesa, y no las apartamos.
—Ven a mi depa, está cerca, en la Condesa —me propuso, su mano rozando la mía—. Sigamos platicando de esa pasión que tanto nos prende.
Dije que sí sin pensarlo dos veces. El deseo era mutuo, palpable, como el calor que subía por mis muslos.
El departamento de Marco era un loft chido, con ventanales enormes que dejaban entrar la brisa nocturna y posters de arte por todos lados. Puso jazz suave, Miles Davis flotando en el aire, y nos servimos unos tequilas reposados que quemaban dulce en la garganta. Nos sentamos en el sofá de piel suave, tan cerca que sentía su aliento en mi cuello.
—Ana, desde que te vi frente al David, supe que eras como esas esculturas: fuerte, sensual, llena de vida —murmuró, su dedo trazando mi brazo.
Me incliné, y nuestros labios se encontraron en un beso lento, exploratorio. Su boca sabía a tequila y menta, cálida y exigente. Mis manos subieron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Él desabotonó mi blusa con dedos hábiles, exponiendo mis senos al aire fresco. Un gemido se me escapó cuando su lengua rodeó un pezón, succionando suave, luego fuerte, enviando chispas directo a mi entrepierna.
¡Qué rico! Este hombre sabe lo que hace. Su lengua es como el cincel de Michelangelo, tallando placer en mi piel.
La ropa voló: mi falda al piso, su pantalón desabrochado revelando una erección dura, palpitante, que me hizo salivar. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Mis caderas se movieron solas, frotándome contra él a través de la tela de mi tanga húmeda. El roce era eléctrico, mi clítoris hinchado rogando más. Él gruñó, manos en mis nalgas, amasándolas con fuerza.
—Estás mojada, mi reina. Neta, me traes loco —dijo, voz ronca.
Deslicé mi mano dentro de sus boxers, envolviendo su verga caliente, venosa, que saltó ante mi toque. La apreté, masturbándolo lento mientras lo besaba con hambre. El olor a sexo empezaba a llenar la habitación: almizcle, sudor, excitación pura. Me quitó la tanga, dedos hundiéndose en mi humedad, curvándose para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda.
Caímos al piso, alfombra persa suave contra mi piel. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de muslos, lamiendo hasta llegar a mi centro. Su lengua plana lamió mi clítoris en círculos, chupando suave, luego metiendo dos dedos que follaban rítmico. Gemí alto, uñas en su cabello, caderas empujando contra su boca. El placer subía en olas, mi cuerpo temblando.
No aguanto más. La Pasión de Michelangelo cobra vida aquí, en nosotros, pura carne y fuego.
Lo volteé, queriendo devorarlo. Tomé su verga en mi boca, saboreando la sal de su pre-semen, lengua girando en la cabeza sensible. Él jadeaba, —¡Chingao, Ana, qué chida boca! Lo chupé profundo, garganta relajada, hasta que me jaló arriba.
Me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Dios! Tan grueso, estirándome delicioso. Empezamos lento, mirándonos a los ojos, sintiendo cada centímetro deslizarse. Sus embestidas se aceleraron, piel contra piel chapoteando, sudados y brillantes. Mis senos rebotaban con cada golpe, él los lamía, mordisqueaba. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje, clítoris frotando su pubis. Él desde abajo, manos en mis caderas guiándome, gruñendo.
El orgasmo me golpeó como un rayo: visión borrosa, cuerpo convulsionando, gritando su nombre mientras lo ordeñaba con mis contracciones. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, rugiendo, cuerpo rígido.
Quedamos jadeantes, enredados en el piso, el corazón latiéndonos como tambores. Su semen goteaba lento, mezclándose con mi humedad. Me besó la frente, suave ahora.
—Eso fue arte puro, como La Pasión de Michelangelo —susurró.
Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, manos explorando perezosas. En la cama, platicamos de todo: de la expo, de la vida en la CDMX, de pasiones futuras. Me dormí en su pecho, oliendo a él, satisfecha, empoderada. Al amanecer, con café y chilaquiles en la cocina, supe que esto era solo el principio. La pasión de Michelangelo nos había unido, pero la nuestra ardía más fuerte.