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Cañaveral de Pasiones Capitulo 42 Fuego en las Hojas Dulces

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Cañaveral de Pasiones Capitulo 42 Fuego en las Hojas Dulces

El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de pasiones, esas cañas altas y verdes que se mecían como amantes en secreto con la brisa caliente de Veracruz. Yo, Ana, caminaba entre ellas con el corazón latiéndome como tambor de banda, el sudor pegándome la blusa al pecho y el short vaquero al trasero. Hacía años que trabajaba en estos campos, cortando caña desde que mi carnal se fue pa'l norte, pero hoy no era un día cualquiera. Era el día en que Miguel me había mandado ese mensajito: "En el claro del fondo güey te espero Neta que te extraño". Órale, mi chulo, siempre tan directo, tan macho veracruzano.

El aire olía a tierra húmeda, a savia dulce que se escapaba de las cañas cortadas, y a ese perfume terroso que me ponía la piel chinita. Mis botas chapoteaban en el lodo fresco, y cada paso me recordaba lo viva que estaba, lo mucho que mi cuerpo pedía a gritos el roce de sus manos callosas.

¿Y si alguien nos ve? ¿Y si el capataz anda rondando?
me decía la voz chismosa en mi cabeza, pero la otra, la caliente, la que manda, respondía: ¡Que se vayan todos al carajo! Esto es nuestro cañaveral de pasiones capítulo 42, nuestra historia que nadie entiende.

Llegué al claro, ese rincón escondido donde las cañas formaban un muro natural, alto como tres hombres. Ahí estaba él, Miguel, recargado en una caña gruesa, sin camisa, el torso bronceado brillando de sudor, los músculos de sus brazos tensos como cuerdas de guitarra. Sus ojos negros me clavaron en el sitio, y su sonrisa pícara, esa que dice ven pa'cá mamacita sin palabras. —¡Ana! Mi reina, al fin llegaste —dijo con esa voz ronca que me eriza los vellos de la nuca.

Me acerqué despacio, sintiendo el pulso acelerado en las sienes, el calor subiéndome por las piernas. Sus manos me rodearon la cintura, ásperas por el machete, pero suaves en mi piel. Olía a hombre de campo, a sudor limpio mezclado con el dulzor de la caña. Nuestros labios se juntaron en un beso lento, saboreando el salado de su boca, el sabor a café de la mañana que aún le quedaba. Qué rico, pensé, mientras su lengua jugaba con la mía, explorando como si fuera la primera vez.

Acto primero de nuestra pasión: las caricias inocentes que no lo son. Sus dedos bajaron por mi espalda, metiéndose bajo la blusa, rozando la curva de mis nalgas. Yo le arañé el pecho, sintiendo los pelitos duros bajo mis uñas, el latido fuerte de su corazón. —No seas pendejo, Miguel, aquí nos pueden pillar —le susurré, pero mis caderas ya se pegaban a las suyas, sintiendo su verga dura presionando contra mi monte de Venus.¿Y qué? Que vean cómo te hago mía —respondió él, mordiéndome el lóbulo de la oreja, enviando chispas de placer por mi espina.

Nos dejamos caer sobre un lecho de hojas secas y cañas tiernas, el suelo blando amortiguando nuestros cuerpos. El viento susurraba entre las hojas, un sonido como risas cómplices, mientras el sol filtraba rayos dorados que bailaban en su piel morena. Yo me quité la blusa, dejando mis tetas libres, los pezones duros como piedras de caña. Él los miró con hambre, lamiéndose los labios.

Es mío, todo mío, este hombre que me vuelve loca
, pensé, mientras él se abalanzaba, chupando uno, pellizcando el otro con delicadeza bruta.

La tensión crecía como la savia en las cañas antes de la cosecha. Sus manos bajaron mi short, deslizándolo por mis muslos, exponiendo mi concha ya mojada, hinchada de deseo. El olor a mi propia excitación se mezcló con el dulzor ambiental, embriagador. Metí la mano en su pantalón, liberando su pito grueso, venoso, palpitante. ¡Madre mía, qué chulada! Lo apreté, sintiendo el calor, la dureza que prometía hacerme gritar. Nos masturbamos mutuamente un rato, jadeos entrecortados, miradas que decían te quiero follar ya.

En el medio de nuestro capítulo, la escalada. Me puse encima, cabalgándolo despacio al principio, sintiendo cómo su verga me abría, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El roce era eléctrico, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo. Él gemía ¡Ay güey qué rico tu chochito!, agarrándome las nalgas, guiando mis movimientos. El sudor nos unía, resbaloso, salado al lamer su cuello. Yo aceleré, rebotando, las cañas crujiendo a nuestro ritmo, como si aplaudieran.

Pero no era solo físico; en mi mente bullían los recuerdos. Capítulo 42 de nuestro cañaveral de pasiones, pensé, recordando las 41 veces que nos habíamos escapado así, desde aquel primer beso robado hace dos años. Él era el capataz nuevo, yo la cortadora huérfana de sueños grandes, pero juntos éramos fuego.

¿Por qué no nos casamos de una vez? ¿Por qué este secreto eterno?
me cuestionaba, mientras su mano subía a mi pecho, apretando. —Te amo, Ana, neta que sí —murmuró, y eso bastó para disipar las dudas, para hundirme más en el placer.

La intensidad subía, mis muslos temblando, su respiración agitada como fuelle. Cambiamos de posición; él encima, embistiéndome fuerte, el slap-slap de piel contra piel ahogando los pájaros. Olía a sexo puro, a semen preeyaculatorio mezclado con mis jugos. Yo le clavé las uñas en la espalda, arqueándome, gritando ¡Más pendejo más!. Él obedecía, sudando ríos, sus bolas golpeando mi culo con cada estocada profunda.

El clímax se acercaba como tormenta veracruzana. Sentí el orgasmo nacer en mi vientre, expandiéndose como ondas en el río. —¡Me vengo Miguel! —grité, y él aceleró, gruñendo como toro. Mi concha se contrajo alrededor de su pito, ordeñándolo, mientras oleadas de placer me cegaban, el mundo reduciéndose a su peso sobre mí, a los espasmos compartidos. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su semen goteando por mis muslos.

En el afterglow, nos quedamos así, enredados, el sol bajando tiñendo las cañas de naranja. Su cabeza en mi pecho, mi mano en su cabello revuelto, oliendo a tierra y pasión consumada. El viento traía el aroma de lluvia lejana, prometiendo refrescar nuestro calor. Esto es la vida, pensé, besando su frente. —¿Sabes? Este ha sido el mejor capítulo —dijo él, riendo bajito.Capítulo 42 del cañaveral de pasiones, mi amor. Y vendrán más.

Nos vestimos despacio, robándonos besos, promesas susurradas. Salimos del claro tomados de la mano, el cañaveral testigo mudo de nuestro secreto. Mañana volveríamos al corte, a la rutina, pero en el alma sabríamos que el fuego nunca se apaga. Aquí, en este paraíso verde, nuestra historia seguía escribiéndose, hoja a hoja, pasión a pasión.

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