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Juan David de Pasion de Gavilanes el Fuego de la Noche

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Juan David de Pasion de Gavilanes el Fuego de la Noche

La noche en la hacienda de Gavilanes olía a tierra húmeda después de la lluvia y a jazmines que trepaban por las paredes de adobe. El aire estaba cargado de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si cada poro respirara deseo. Yo, Gabriela, acababa de llegar de la ciudad para visitar a mi prima, pero nada me preparó para él. Juan David de Pasion de Gavilanes, como lo llamaban en el pueblo por su fama de romper corazones con esa mirada oscura y ese cuerpo forjado en el trabajo del rancho. Alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la camisa blanca ajustada, sudada por el día de arreo de ganado. Su voz grave, con ese acento norteño que me erizaba la piel, resonaba cuando saludó:

"¡Órale, Gabriela! Bienvenida, mija. ¿Ya traes hambre o nomás sed?"

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

Este wey es puro peligro, pensé, mientras mis ojos bajaban a sus manos grandes, callosas, imaginando cómo se sentirían sobre mi piel.
La cena fue animada, con mariachis tocando rancheras en el patio, el tequila pasando de mano en mano, y él sentado frente a mí, contándome anécdotas del rancho. Cada vez que se inclinaba, su aroma a hombre, a jabón rústico mezclado con sudor fresco, me invadía. Sentía mi corazón latiendo fuerte, mis pezones endureciéndose bajo el vestido ligero de algodón.

La tensión empezó sutil. Cuando bailamos un corrido, su mano en mi cintura era firme pero gentil, guiándome con maestría. Su aliento cálido en mi oreja susurraba: "Te mueves chido, Gabriela. Me traes loco con ese meneo." Mi cuerpo respondía solo, rozándome contra él, sintiendo la dureza creciente en sus jeans. Neta, quería que me besara ahí mismo, bajo las luces de faroles, con el eco de las guitarras.

Pero Juan David era paciente, un verdadero galán de rancho. Me llevó a caminar por el corral, donde las estrellas brillaban como diamantes sobre el cielo negro. El silencio solo roto por el relincho lejano de los caballos. "Aquí en Gavilanes, la pasión no se apura", dijo, deteniéndose para mirarme a los ojos. Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, luego hambrientos. Saboreé el tequila en su lengua, cálida y jugosa, mientras sus manos subían por mi espalda, desatando el lazo de mi vestido. Mi piel ardía donde me tocaba, erizada por el fresco de la noche.

Acto dos: la escalada

Entramos a su cuarto, una habitación amplia con cama king de madera tallada, sábanas de lino crujiente y velas que parpadeaban sombras danzantes en las paredes. El olor a sándalo de su colonia me mareaba. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta.

¡Ay, Dios! Sus labios en mi cuello, chupando suave, me hacen temblar entera.
Yo le arranqué la camisa, mis uñas arañando su pecho ancho, cubierto de vello negro que olía a sal y masculinidad. Sus pezones duros bajo mi lengua, su gemido ronco: "¡Qué rica, Gabriela! No pares, carnal."

Caímos en la cama, cuerpos enredados. Sus manos expertas masajeaban mis senos, pellizcando los pezones hasta que arqueé la espalda, gimiendo alto. Bajó por mi vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar a mis muslos. Abrí las piernas, invitándolo. Su aliento caliente sobre mi panocha ya húmeda me volvió loca. "Estás chorreando, muñeca", murmuró, antes de hundir la lengua. El sabor salado de mi excitación en su boca, el sonido chapoteante de su lamer, el roce áspero de su barba en mis labios sensibles. Mis caderas se movían solas, empujando contra su cara, mientras mis dedos se enredaban en su cabello revuelto.

Pero quería más. Lo empujé boca arriba, desabroché sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. Pura madre, qué pedazo de hombre. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la dureza como hierro envuelta en terciopelo. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado, mientras él gruñía: "¡Métetela, Gabriela! Chúpamela toda." La tragué profunda, mi garganta acomodándose, el olor almizclado de su entrepierna llenándome las fosas nasales. Sus caderas subían, follándome la boca con ritmo, pero siempre atento a mis jadeos.

La tensión crecía, insoportable. "Te quiero adentro, Juan David", rogué. Él sonrió, pícaro, colocándose encima. La punta rozó mi entrada, lubricada, resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente.

Siento cada vena, cada pulso. Me llena completa, tocando lo más hondo.
Empezamos lento, mirándonos a los ojos, sudor perlando su frente, goteando en mi pecho. El slap-slap de piel contra piel, mis uñas en su espalda, su aliento entrecortado en mi oído: "¡Eres mía esta noche, pendeja tan rica!" Aceleramos, la cama crujiendo, mis piernas alrededor de su cintura, clavándolo más profundo. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con nuestro sudor.

Cambié de posición, montándolo. Sus manos en mis nalgas, guiándome arriba-abajo. Veía su cara de placer, ojos entrecerrados, boca abierta. Mis senos rebotando, él los chupaba, mordisqueando. El clímax se acercaba, una ola ardiente en mi vientre. "¡Ya casi, wey! ¡Dame duro!", grité. Él embistió desde abajo, su verga golpeando mi punto G, hasta que exploté. Oleadas de placer me sacudieron, mi panocha contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando. Grité su nombre, lágrimas de éxtasis en los ojos.

Acto tres: el resplandor

Juan David no tardó. Con un rugido gutural, se tensó, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis fluidos. Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse, su mano acariciando mi cabello húmedo. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada. "Gabriela, eso fue de a madre", susurró, besando mi frente. "Neta, me tienes enganchado."

Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, la brisa nocturna entrando por la ventana abierta, trayendo el canto de grillos.

Este hombre no es solo un polvo; hay algo más, una conexión que quema por dentro.
Hablamos bajito de sueños, de ranchos y ciudades, riendo de tonterías. Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, me abrazó fuerte. "Vuelve pronto, mi pasión de Gavilanes", dijo, y supe que esto era solo el principio.

Salí de la hacienda con las piernas flojas, el cuerpo marcado por sus besos, el alma satisfecha. Juan David de Pasion de Gavilanes había encendido un fuego que no se apagaría fácil. Y yo, ansiosa por más noches así, bajo las estrellas de este paraíso norteño.

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