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Pura Pasion Annie Ernaux

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Pura Pasion Annie Ernaux

Estaba recostada en mi cama king size en el corazón de Polanco, con las luces tenues del atardecer colándose por las cortinas de lino blanco. El aire acondicionado zumbaba bajito, como un susurro secreto, mientras el aroma del café recién hecho se mezclaba con el perfume de jazmín que flotaba desde el balcón. En mis manos, el libro: Pura Pasion Annie Ernaux. Lo había comprado en una librería chida de la Roma, atraída por esa portada minimalista y el título que prometía un fuego crudo, sin adornos. Annie Ernaux escribía como si te metiera en su piel, contándote cada latido de deseo sin pudor. Leía en voz alta fragmentos, mi voz ronca por el calor del día.

Qué neta, esta mujer sabe de pura pasion, pensé, mientras mis dedos rozaban las páginas ásperas. Sentía un cosquilleo en el vientre, como si sus palabras me encendieran por dentro. Hacía meses que no tenía un encuentro de verdad, solo toques solitarios que no llenaban el vacío. De repente, mi teléfono vibró sobre la mesita de noche. Era él, Marco, mi amigo de la uni que se había convertido en algo más, un pendejo encantador con ojos cafés que te desnudan con una mirada.

—Órale, güey, ¿qué onda? ¿Sales esta noche? —su voz al otro lado, grave y juguetona, con ese acento chilango que me erizaba la piel.

—Ven pa'cá, Marco. Trae tequila y ganas —le contesté, mi pulso acelerándose como en las páginas de Ernaux.

Colgué y me miré en el espejo del clóset. Mi cuerpo curvilíneo, piel morena brillando bajo la luz ámbar, pechos firmes que pedían ser tocados. Me puse un vestido negro ceñido, sin bra, solo tanga de encaje. El deseo ya bullía, inspirado en esa pura pasion Annie Ernaux que devoraba.

La puerta sonó media hora después. Marco entró con una sonrisa pícara, botella en mano, camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar su pecho velludo y tatuado con un águila mexicana estilizada. Olía a colonia fresca y a sudor limpio del tráfico. Nos abrazamos, su cuerpo duro contra el mío, y el roce de sus labios en mi mejilla fue eléctrico.

Qué chingona te ves, carnala —murmuró, su aliento cálido en mi cuello.

Nos sentamos en el sofá de terciopelo gris, sirviéndonos shots de tequila reposado. El líquido quemaba la garganta, dulce y ahumado, mientras charlábamos de tonterías: el pinche tráfico, la nueva taquería en la esquina. Pero mis ojos se clavaban en sus manos fuertes, imaginándolas en mí, como Ernaux describía esos amores obsesivos. Le conté del libro, pasándoselo.

—Lee esto, pendejo. Es pura pasion, como lo que siento ahorita.

Él lo hojeó, riendo bajito. —Neta? Suena cabrón. ¿Quieres que te lea en voz alta?

Su voz grave recitaba las palabras francesas adaptadas, y cada frase avivaba el fuego entre mis piernas. El calor subía, mi piel se erizaba con el roce accidental de su muslo contra el mío. Tensionaba el aire, espeso como miel.

Acto uno cerrado, el deseo latente como un volcán a punto de estallar. Me levanté para poner música, cumbia rebajada suave, con bajos que vibraban en el piso. Bailamos pegados, su erección presionando mi vientre, mis pezones endurecidos rozando su pecho. Sus manos bajaron a mis caderas, apretando con fuerza juguetona.

—No mames, estás ardiendo —dijo, mordisqueando mi oreja. Su lengua húmeda dejó un rastro salado que me hizo gemir bajito.

Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Nuestros besos eran fieros, lenguas danzando con sabor a tequila y menta. Le quité la camisa, lamiendo su piel salada, inhalando su aroma masculino mezclado con el mío, floral y almizclado. Sus dedos se colaron bajo mi vestido, encontrando la tanga empapada.

Esto es lo que Ernaux describe, pura pasion sin filtros, solo cuerpos hablando
, pensé, mientras él gemía mi nombre, Ana, como una oración.

La intensidad crecía. Me despojé del vestido, quedando en tanga, mis curvas expuestas bajo su mirada hambrienta. Él se desvistió rápido, su verga gruesa y venosa saltando libre, palpitante. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, el calor irradiando a mi palma. La masturbé lento, viendo pre-semen perlar la punta, mientras él me chupaba los pezones, succionando con hambre que me arqueaba la espalda.

Qué rico, Ana, no pares —gruñó, sus caderas moviéndose al ritmo de mi puño.

Lo llevé a la cama, donde el libro yacía abierto. Leí un párrafo en voz alta, mi voz entrecortada por jadeos, mientras él me quitaba la tanga con los dientes. Su boca descendió, lengua explorando mis pliegues húmedos, saboreando mi néctar dulce y salado. El sonido de su lamida era obsceno, chapoteante, mezclado con mis gemidos ahogados. Olía a sexo puro, almizcle y sudor, el cuarto cargado de feromonas.

Mi clítoris hinchado bajo su lengua experta, círculos lentos que me volvían loca. Introdujo dos dedos, curvándolos contra mi punto G, el placer como olas crecientes. Esto es escalada, tensión que rompe todo, reflexioné, mis uñas clavándose en su cuero cabelludo.

Lo volteé, poniéndome encima en 69. Su verga en mi boca, salada y pulsante, la chupé profunda, garganta relajada por el deseo. Él devoraba mi coño, dedos en mi ano juguetón, todo consensual, explorando límites con confianza mutua. El sudor nos unía, piel resbaladiza, pulsos latiendo al unísono.

Me vengo, cabrón —advertí, y exploté en su boca, jugos inundándolo mientras temblaba, visión borrosa de placer.

Él se incorporó, ojos en llamas. —Entra en mí, ya —supliqué, abriendo piernas. Su verga me penetró lento, estirándome delicioso, cada centímetro un éxtasis. Nos movimos rítmicos, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando mi culo. Cambiamos posiciones: de lado, él atrás, mano en mi clítoris, mordiendo mi hombro.

El clímax se acercaba, tensión máxima. —Dame todo, Marco, pura pasion —jadeé, evocando a Ernaux en mi mente.

Se corrió primero, chorros calientes llenándome, contrayéndome alrededor. Mi segundo orgasmo me sacudió, gritando su nombre, cuerpo convulsionando en olas interminables.

Quedamos jadeantes, enredados en sábanas húmedas. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aroma de sexo impregnaba el aire, mezclado con jazmín marchito.

Eres increíble, Ana. Como ese libro tuyo —dijo, acariciando mi cabello.

Pura pasion Annie Ernaux no es solo palabras, es esto: conexión cruda, empoderada, sin remordimientos
, pensé, sonriendo en la penumbra.

Nos dormimos así, cuerpos satisfechos, el corazón latiendo en paz. Al amanecer, el sol pintó nuestras pieles doradas, promesa de más noches así. El libro cerrado en la mesita, testigo mudo de nuestra propia historia.

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