Semana de la Pasion de Cristo en Carne Viva
El sol de mediodía caía a plomo sobre las calles empedradas de Taxco, Guerrero, durante la Semana de la Pasión de Cristo. Tú, con tu blusa de algodón pegada al cuerpo por el sudor, caminabas entre la multitud que se agolpaba para ver la procesión. El aire estaba cargado de incienso y copal, ese olor ahumado que te picaba en la nariz y te hacía recordar las misas de tu infancia en el pueblo. Los tambores retumbaban en tu pecho como un corazón acelerado, y las voces graves de los penitentes cantaban "Perdona a tu pueblo Señor", mientras cargaban andas pesadas con imágenes de Jesús flagelado.
Tu piel ardía bajo el sol, y sentías cómo el calor subía desde tus muslos hasta tu entrepierna, un hormigueo que no era solo del clima. Habías venido de la ciudad para desconectarte, para sumergirte en la tradición que tu familia aún veneraba, pero algo en ti clamaba por más que rezos y vigilias.
¿Por qué carajos vengo a estos ritos si lo que necesito es soltarme, wey?pensabas, mientras te abrías paso entre la gente.
Entonces lo viste. Alto, moreno, con el torso semidesnudo cubierto solo por una túnica morada áspera que rozaba su piel bronceada. Javier, decían que se llamaba, uno de los cucapah que cargaba la cruz en la procesión del Viernes Santo. Sus músculos se tensaban con cada paso, el sudor corría por su pecho como ríos brillantes, y sus ojos negros te atraparon por un segundo eterno. Tú sentiste un jalón en el estómago, como si la pasión que todos recordaban esa semana se hubiera encarnado en él. Él te miró de vuelta, una sonrisa pícara asomando bajo la corona de espinas de plástico que llevaba puesta.
La procesión avanzó, pero tú te quedaste rezagada, el corazón latiéndote en las sienes. El olor a sudor masculino mezclado con el incienso te mareaba, y tus pezones se endurecieron contra la tela fina de tu sostén. No mames, Ana, contrólate, te dijiste, pero tus pies ya te llevaban siguiéndolo discretamente cuando la multitud se dispersó al atardecer.
El segundo día, Sábado de Gloria, el pueblo bullía con cohetes y campanas. Tú paseabas por el mercado, comprando tamales de ceniza que olían a masa fresca y canela, cuando sentiste una mano cálida en tu hombro. Era él, Javier, ahora con camisa blanca ajustada que marcaba cada curva de su abdomen. ¡Hola, morra! ¿Te gustó la procesión? dijo con voz ronca, su aliento oliendo a pulque fresco.
—Chido, wey. Pero tú cargando esa cruz... neta parecías el mero mero de la Pasión —respondiste, juguetona, sintiendo cómo tu voz temblaba un poco. Sus ojos bajaron por tu escote, y tú notaste cómo su verga se movía bajo los jeans ajustados. El deseo te picó como chile en la lengua, caliente y punzante.
Hablaron horas, sentados en una banca de la plaza con vista al zócalo. Él te contó de su vida en el pueblo, cómo cada Semana de la Pasión de Cristo lo hacía sentir vivo, como si cargara no solo madera sino todos sus pecados. Tú le confesaste tu huida de la ciudad, el estrés del jale, la necesidad de sentir algo real. Sus rodillas se rozaron, y ese contacto envió chispas por tu espina dorsal.
Quiero tocarlo, lamer ese sudor salado de su cuello, pensabas, mientras el sol se ponía tiñendo todo de rojo sangre.
La tensión creció esa noche en la velada. La iglesia rebosaba de velas parpadeantes, el aire denso de cera derretida y flores de cempasúchil. Tú estabas arrodillada en el banco, fingiendo orar, pero tu mente volaba a Javier, que estaba a unos metros, su silueta recortada contra el altar. Sentías tu concha humedeciéndose, el calor entre las piernas como un fuego lento. Él se acercó al salir, su mano rozando la tuya. ¿Vamos a caminar, carnala? susurró, y tú asentiste, el pulso acelerado como los redobles de tambor.
Subieron por callejones estrechos, iluminados solo por la luna y faroles tenues. El aire fresco de la sierra olía a pino y tierra mojada después de una llovizna repentina. Sus manos encontraron tu cintura, y tú te pegaste a él, sintiendo la dureza de su pecho contra tus tetas. Te vi en la procesión, y supe que eras para mí, murmuró, su boca cerca de tu oreja, el aliento caliente haciendo que se te erizaran los vellos.
—Yo también, pendejo. Me pusiste caliente desde el primer vistazo —dijiste, riendo bajito, y lo besaste. Sus labios eran suaves pero urgentes, sabían a tequila y sal, su lengua invadiendo tu boca como una promesa. Tus manos bajaron por su espalda, arañando la tela, mientras él te apretaba el culo con fuerza posesiva. El beso se profundizó, y sentiste su verga tiesa presionando tu vientre, gruesa y palpitante.
La escalada fue imparable. Javier te llevó a su casa, una posada antigua con patio empedrado y hamaca colgando. Afuera, el pueblo dormía bajo el manto de la Semana Santa, pero adentro, el aire se llenó de jadeos. Te quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Qué chingonas tetas tienes, morra, gruñó, chupando un pezón hasta que gemiste alto, el sonido rebotando en las paredes de adobe. Tú le bajaste los pantalones, liberando su verga morena y venosa, que saltó dura como la cruz que había cargado.
Te arrodillaste, no por penitencia sino por puro antojo, y la lamiste desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado que brotaba. Él gimió, enredando dedos en tu pelo.
Esto es mi pasión, carajo, no la de ningún santo, pensaste, mientras lo tragabas más profundo, tus jugos chorreando por tus muslos.
Te levantó y te llevó a la cama de madera crujiente, el olor a sábanas limpias y su aroma masculino envolviéndote. Te abrió las piernas, admirando tu concha depilada y brillante. Estás chorreando por mí, ¿verdad? dijo, y metió dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que te hacía arquear la espalda. Tú gritaste, el placer como un latigazo eléctrico, mientras él lamía tu clítoris hinchado, su lengua rápida y experta.
La intensidad subió cuando te montó. Su verga entró despacio al principio, estirándote deliciosamente, llenándote hasta el fondo. ¡Ay, wey, qué rica! jadeaste, clavando uñas en su culo firme. Él embistió fuerte, el sonido de piel contra piel mezclándose con vuestros gemidos, el sudor goteando de su frente a tus tetas. Sentías cada vena pulsando dentro, rozando tus paredes sensibles, el olor a sexo crudo impregnando el cuarto.
Cambiaron posiciones, tú encima, cabalgándolo como una diosa pagana en medio de la santidad. Tus caderas giraban, apretándolo con tu concha, mientras él te amasaba las nalgas. Vente conmigo, Ana, córrete en mi verga, ordenó, y el orgasmo te golpeó como un cohete de la procesión, olas de placer sacudiéndote, tu grito ahogado en su boca. Él se vino segundos después, llenándote con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el tuyo.
Se quedaron así, enredados, el afterglow envolviéndolos como niebla matutina. Afuera, las campanas anunciaban el Domingo de Resurrección, pero en esa cama, la pasión había resucitado algo en ti. Javier te besó la frente, su mano acariciando tu vientre suave.
Esta Semana de la Pasión de Cristo no la voy a olvidar nunca, carnal, murmuraste, sintiendo su semen escurrir lento entre tus piernas.
Al amanecer, salieron al patio. El sol naciente pintaba de oro las buganvillas, y el aroma a café de olla se mezclaba con el de vuestros cuerpos aún marcados por la noche. No hubo promesas grandiosas, solo una mirada que decía esto apenas empieza. Tú te sentiste empoderada, dueña de tu deseo, lejos de culpas religiosas. La Semana de la Pasión de Cristo había sido carnal, viva, tuya.