Relatos
Inicio Erotismo Capítulos Ardientes de Cañaveral de Pasiones Capítulos Ardientes de Cañaveral de Pasiones

Capítulos Ardientes de Cañaveral de Pasiones

7675 palabras

Capítulos Ardientes de Cañaveral de Pasiones

El sol de mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de la hacienda Los Pinos, en las faldas de Veracruz. Las hojas verdes y afiladas se mecían con la brisa caliente, susurrando secretos que solo el viento conocía. Julia caminaba entre los surcos altos, el vestido ligero pegándose a su piel sudada por el calor pegajoso. Hacía semanas que sentía esa comezón en el pecho, un deseo que no la dejaba en paz desde que vio a Miguel por primera vez, el capataz nuevo, con su piel morena curtida por el sol y esos ojos negros que prometían tormentas.

Julia era la hija del patrón, de esas mujeres que crecían entre privilegios pero con el alma inquieta por las pasiones del campo.

¿Por qué carajos me pongo así nomás de verlo?
se preguntaba mientras apretaba los muslos al recordar su risa ronca la noche anterior, en la fiesta de la hacienda. Él bailaba huapango con maestría, las botas pisando fuerte el suelo de tierra, y ella no pudo evitar imaginar esas manos callosas sobre su cintura.

Miguel la vio llegar desde lejos, su silueta recortada contra el verde infinito. Limpiaba el sudor de la frente con el dorso de la mano, el machete colgando del cinturón. Neta, esa mujer lo traía loco. Es la hija del jefe, pendejo, ni lo pienses, se repetía, pero su verga se endurecía solo con verla caminar con ese meneo natural, como si el cañaveral entero la reclamara. Dejó la herramienta y se acercó, fingiendo inspeccionar las matas.

¿Qué onda, Julia? ¿Vienes a ver cómo va la zafra o nomás a dar una vuelta? —dijo él, con esa voz grave que vibraba en el aire caliente.

Ella se sonrojó, pero levantó la barbilla, juguetona. —Las dos cosas, carnal. Este calor me tiene que matarme de sed.

Él sonrió, sacando una güira de agua fresca de su mochila. Sus dedos rozaron los de ella al pasársela, un toque eléctrico que les erizó la piel. Bebieron en silencio, el sonido del agua glugluteando rompiendo la tensión. El aroma dulce de la caña machacada se mezclaba con el sudor salado de sus cuerpos, y Julia sintió un cosquilleo entre las piernas que la hizo apretar los labios.

Acto primero de sus capítulos de cañaveral de pasiones: el encuentro casual que no lo era. Caminaron juntos por los surcos, hablando de la tierra, de las lluvias que tardaban, pero sus miradas se cruzaban cargadas de promesas. Miguel rozó su brazo al señalar una mata enferma, y ella no se apartó. El roce fue como fuego, la piel de él áspera contra la suavidad de la suya.

Neta, quiero que me toque más, que me agarre como si fuera suya
, pensó ella, el pulso acelerándose.

Al atardecer, el sol teñía el cielo de rojo sangre, y el calor cedía un poco. Julia no quería irse. —Quédate un rato, Miguel. Hay un claro más adelante, donde el río se acerca.

Él dudó, pero sus ojos la devoraban. —Simón, pero si nos ven...

Nadie viene por aquí a esta hora, pendejo. Vamos. —rió ella, tomándolo de la mano.

En el claro, el agua del río chapoteaba suave contra las piedras, y las cañas formaban un muro natural. Se sentaron en la orilla, los pies en el agua fresca. El vapor subía del suelo húmedo, cargado del olor terroso y vegetal. Miguel la miró fijo. —Julia, desde que te vi, no pienso en otra cosa. Eres como un sueño en este pinche calor.

Ella se acercó, el corazón latiéndole en la garganta. —Yo tampoco, Miguel. Me traes loca, neta. Sus labios se encontraron en un beso torpe al principio, pero pronto se volvió hambriento. Él la jaló contra su pecho duro, las manos grandes explorando su espalda, bajando hasta las nalgas. Ella gimió contra su boca, saboreando el salado de su sudor mezclado con el dulzor de la caña que masticaba a veces.

Acto segundo: la escalada. Miguel la recostó sobre la yerba suave, el vestido de ella subiéndose por los muslos. Besaba su cuello, mordisqueando la piel sensible, inhalando su aroma a jazmín y mujer excitada. —Qué rica hueles, mamacita, murmuró, mientras sus dedos desabotonaban la blusa, liberando sus pechos llenos. Los labios de él capturaron un pezón, chupando con hambre, la lengua girando en círculos que la hicieron arquearse.

Julia jadeaba, las manos enredadas en su cabello negro y revuelto.

¡Ay, Dios, qué rico! Su boca es puro fuego
. Desabrochó el cinturón de él, liberando su verga gruesa y dura, palpitante en su palma. Era caliente, venosa, y ella la acarició despacio, sintiendo cómo él gruñía de placer. El sonido ronco la mojó más, el calor entre sus piernas convirtiéndose en un río propio.

Él bajó la mano por su vientre, metiéndose bajo la falda, encontrando sus bragas empapadas. —Estás chingada de mojada, Julia. ¿Todo por mí? —susurró, frotando el clítoris hinchado con el pulgar, mientras dos dedos se hundían en su calor resbaladizo.

Sí, cabrón, todo por ti. No pares, suplicó ella, las caderas moviéndose al ritmo de su mano. El squish squish de sus jugos llenaba el aire, mezclado con el croar de ranas y el susurro de las cañas. El orgasmo la golpeó como una ola, el cuerpo temblando, los músculos apretando sus dedos mientras gritaba su nombre al cielo crepuscular.

Miguel no esperó más. Se quitó la ropa rápido, su cuerpo musculoso brillando con sudor bajo la luz menguante. Ella lo miró, admirando el pecho velludo, los abdominales marcados por el trabajo duro. —Ven, métemela ya, lo urgió, abriendo las piernas.

Él se posicionó, la punta rozando su entrada húmeda, torturándola un segundo antes de empujar lento. Julia sintió cada centímetro estirándola, llenándola por completo. —¡Qué chingona estás adentro! Tan apretada y caliente, jadeó él, empezando a moverse, primero despacio, saboreando la fricción deliciosa.

El ritmo aumentó, sus cuerpos chocando con palmadas húmedas, el sudor goteando de él sobre sus pechos. Ella clavó las uñas en su espalda, oliendo su masculinidad cruda, probando el sal en su hombro cuando lo mordió.

Este es el capítulo más ardiente de cañaveral de pasiones, el nuestro, prohibido y perfecto
. Miguel la volteó, poniéndola a cuatro patas, agarrando sus caderas mientras la embestía profundo, el ángulo golpeando ese punto que la volvía loca.

Los gemidos se volvieron gritos ahogados, el placer construyéndose como una tormenta. Ella se corrió otra vez, las paredes convulsionando alrededor de él, ordeñándolo. —Me vengo, Julia, ¡ah! —rugió él, llenándola con chorros calientes, colapsando sobre su espalda jadeante.

Acto tercero: el afterglow. Yacían entrelazados en la yerba, el río lamiendo sus pies, el aire fresco secando el sudor. Miguel la besó suave en la sien. —Esto no fue un sueño, ¿verdad?

Ella rió bajito, trazando círculos en su pecho. —Neta que no, mi amor. Pero habrá más capítulos de cañaveral de pasiones. Este apenas empieza.

Se vistieron con calma, robándose besos entre risas, el corazón ligero como la brisa nocturna. Caminaron de vuelta tomados de la mano, el cañaveral testigo mudo de su secreto. Julia sentía una paz profunda, el deseo saciado pero ya brotando nuevo.

Quién iba a decir que entre estas cañas encontraría mi pasión verdadera
. La luna salió, plateando las hojas, y ellos supieron que volverían, una y otra vez, a escribir sus páginas ardientes.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.