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Pasión y Ley Dificil Mezcla

6896 palabras

Pasión y Ley Dificil Mezcla

Me llamo Ana, abogada en el corazón de la Ciudad de México, donde los rascacielos besan el cielo y el tráfico es un caos eterno que te pone los nervios de punta. Ese día, el aire en mi oficina olía a café recién molido y a las flores de cempasúchil que mi asistente ponía en el escritorio para espantar las malas vibras. Entró él, Rodrigo, mi nuevo cliente. Alto, con esa piel morena que brillaba bajo la luz del sol que se colaba por las persianas, ojos cafés profundos como pozos de chocolate amargo y una sonrisa que me hizo apretar las piernas sin querer. Venía por un pleito de contratos con un proveedor pendejo que no cumplía, nada grave, pero su presencia... neta, me revolvió las tripas.

"¿Y qué, licenciada? ¿Me vas a sacar del hoyo o qué?"
me dijo con esa voz ronca, sentándose frente a mí, sus jeans ajustados marcando todo lo que no debía mirar. Olía a colonia cara mezclada con sudor fresco, como después de un partido de fut en el parque. Intenté concentrarme en los papeles, pero mi mente ya volaba. Pasión y ley, dificil mezcla, pensé mientras firmaba unos documentos. Él era empresario de arte callejero, de esos que pintan murales chidos en Polanco, y yo, la típica chava exitosa que no se distrae con clientes guapos. O eso creía.

Los días siguientes fueron un desmadre. Reuniones en cafeterías de la Condesa, donde el aroma a pan dulce y chocolate caliente flotaba en el aire, y él siempre rozaba mi mano al pasarme el azúcar. Cada roce era como una chispa en mi piel, el corazón latiéndome a mil por hora. ¿Qué chingados me pasa? me preguntaba en el espejo del baño, viéndome las mejillas sonrojadas. Rodrigo contaba anécdotas de sus viajes por Oaxaca, de mezcal que quema la garganta y noches bajo las estrellas, y yo me imaginaba su cuerpo sobre el mío, duro y urgente. La ley me gritaba ética profesional, pero mi cuerpo... ay, mi cuerpo pedía a gritos que lo tocara.

Una noche, después de ganar el caso en una audiencia rápida –el juez le dio en la madre al proveedor–, celebramos en un bar de la Roma. Luces tenues, salsa de fondo que hacía vibrar el piso, y tequilas reposados que sabían a humo y tierra. Él se acercó demasiado, su aliento cálido en mi oreja.

"Ana, desde el primer día supe que eras más que mi abogada. Eres fuego puro."

Mi piel se erizó, los pezones endureciéndose bajo la blusa de seda. Lo miré, sus labios carnosos a centímetros, y susurré:

"Rodrigo, esto es pasión y ley, dificil mezcla. Si cruzamos la línea, no hay vuelta atrás."

Pero ya era tarde. Sus manos en mi cintura, fuertes y seguras, me jalaron hacia él. Bailamos pegados, su verga dura presionando contra mi vientre, un calor que me humedecía las panties. Salimos tambaleantes al coche, el aire nocturno fresco oliendo a jacarandas y escape de autos. En su departamento en la Juárez, todo minimalista con arte mexicano en las paredes, me besó como si el mundo se acabara. Sus labios suaves al principio, luego voraces, lengua explorando mi boca con sabor a tequila y deseo puro.

Caímos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Su aliento en mi cuello, como brisa caliente del desierto. Lamía mis pechos, chupando los pezones hasta que gemí bajito, un sonido gutural que no reconocía como mío. Neta, nunca me habían tocado así, con esa devoción que me hacía sentir reina y puta al mismo tiempo.

"Eres preciosa, Ana. Déjame hacerte mía."
murmuró, bajando por mi abdomen, mordisqueando la piel suave hasta llegar a mis muslos. Separé las piernas por instinto, el olor a mi propia excitación llenando el cuarto, almizclado y dulce. Su lengua en mi clítoris fue éxtasis puro: círculos lentos, succiones que me arqueaban la espalda, dedos hundiéndose en mí, curvándose justo en ese punto que me volvía loca. ¡Chingado, sí! grité en mi cabeza, las uñas clavadas en sus hombros anchos. El sudor nos unía, salado en la lengua cuando lo besé de nuevo.

Lo volteé, queriendo mi turno. Le bajé los boxers, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él jadeaba,

"¡Pinche diosa, me vas a matar!"
y yo me sentía poderosa, empoderada. Lo monté despacio, guiándolo dentro de mí. Estrecha al principio, luego llenándome por completo, un estirón delicioso que me arrancó un grito. Me moví ritmicamente, sus manos en mis caderas marcando el paso, pechos rebotando con cada embestida.

El cuarto se llenó de nuestros sonidos: piel contra piel, chapoteos húmedos, gemidos que subían de tono. Olía a sexo crudo, a sudor mezclado con su colonia. Aceleré, sintiendo el orgasmo construyéndose como una ola en la costa de Puerto Escondido. Él se incorporó, chupando mi cuello mientras me follaba desde abajo, duro y profundo. Pasión y ley, dificil mezcla, pero qué chido sabe, pensé en el vértigo del clímax. Exploté primero, paredes contrayéndose alrededor de él, un grito ahogado que retumbó en mi pecho. Él me siguió segundos después, gruñendo mi nombre, caliente dentro de mí, pulsos que sentía en cada fibra.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su mano acariciaba mi cabello húmedo, besos suaves en la frente. El aire acondicionado zumbaba bajito, trayendo frescura a nuestra piel pegajosa. Me acurruqué en su pecho, oyendo el latido fuerte de su corazón, como tambores aztecas.

"¿Y ahora qué, licenciada? ¿Me demandas por romper las reglas?"
bromeó con una risa ronca.

Reí, trazando círculos en su piel con la uña.

"Neta, Rodrigo, esto fue lo mejor que me ha pasado. La ley puede esperar; la pasión no."

Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de naranja, nos duchamos juntos. Agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón con aroma a lavanda resbalando por nuestros cuerpos. Nos tocamos perezosos, risas y besos bajo el chorro. Salimos a desayunar tamales de elote en un puesto callejero, el vapor subiendo con olor a masa y salsa verde. Caminamos por Reforma, manos entrelazadas, el viento jugando con mi falda.

En mi oficina esa tarde, revisando papeles, sonreí al ver su número en mi celular. Pasión y ley, dificil mezcla, pero la neta vale cada riesgo. Ya no era solo la abogada intocable; era Ana, la mujer que se atreve, que vive el momento con todo. Y sabía que esto era solo el principio de muchas noches ardientes.

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