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Novela Diario de una Pasion Desbordante

7006 palabras

Novela Diario de una Pasion Desbordante

Entrada 1: El primer roce que lo cambió todo

Hoy empecé esta novela diario de una pasion que no sé a dónde me va a llevar, pero neta que siento que mi vida dio un vuelco. Me llamo Ana, tengo 28 años y vivo en la Condesa, aquí en la CDMX, rodeada de cafés chidos y calles llenas de vida. Todo arrancó hace una semana en el Mercado de Medellín. Estaba comprando unos mangos maduritos, de esos que chorrean jugo cuando los muerdes, y de repente lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace mojar las panties sin permiso. Se llamaba Diego, un carnal de 30 que trabaja en una galería de arte por la Roma.

Órale, qué ojos cafés tan intensos tenía. Me miró como si ya supiera todos mis secretos, y cuando me ofreció ayuda con las bolsas, su mano rozó la mía. Fue eléctrico, como un chispazo que me subió por el brazo hasta el pecho. Sentí el calor de su piel, áspera por el trabajo, contra mi palma suave. ¿Qué chingados me pasa? pensé, mientras mi corazón latía a mil. Hablamos de tonterías, de tacos al pastor y de cómo el aire de la ciudad huele a smog mezclado con el aroma de las taquerías. Me invitó a un café y acepté, porque ¿por qué no? Esa noche, en mi depa, me toqué pensando en él, imaginando su boca en mi cuello, su aliento caliente contra mi oreja.

Querido diario, esta pasión que siento es como un volcán despertando. No sé si es amor o puro deseo carnal, pero ya quiero más.

Entrada 2: La cena que avivó el fuego

Pasaron tres días y Diego me mandó un mensaje: "Mamacita, ¿cena esta noche? Te invito a unos chilaquiles en el Sanborns de Madero." No pude decir que no. Llegué con mi vestido negro ajustadito, el que marca mis curvas de morra bien puesta. Él estaba guapísimo, con camisa blanca arremangada, dejando ver sus antebrazos fuertes. Cenamos riéndonos de pendejadas, hablando de música – él es fan de Café Tacvba, yo de Natalia Lafourcade – y de cómo la noche en el Zócalo huele a elotes asados y mariachi lejano.

Después caminamos por las calles empedradas, el viento fresco rozando mis piernas desnudas. Su mano encontró la mía, y apreté sus dedos, sintiendo las callosidades que me ponían caliente. Es tan hombre, pensé, mientras mi cuerpo se erizaba. Me acercó a una fuente, el agua salpicando suave, y me besó. ¡Ay, Dios! Sus labios eran firmes, con sabor a tequila y menta. Su lengua exploró mi boca con hambre, y yo respondí chupándola, mordisqueando, mientras mis pezones se endurecían contra el vestido. Sentí su verga dura presionando mi vientre, gruesa y palpitante. Nos separamos jadeando, el olor a su colonia masculina invadiéndome, mezclado con mi propia excitación húmeda.

Me llevó a su depa en la Roma Norte, un lugar chulo con arte en las paredes y velas que olían a vainilla. Nos besamos en el sofá, sus manos subiendo por mis muslos, rozando el encaje de mis calzones. No pares, le susurré al oído, mi voz ronca. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mis chichis, lamiendo los pezones duros como piedras, chupándolos hasta que gemí fuerte. Yo le bajé el pantalón, liberando esa pinga enorme, venosa, que saltó lista para mí. La tomé en la mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado, y la masturbé lento, viendo cómo se ponía más roja y brillante con mi saliva.

Esta novela diario de una pasion se pone intensa. Mi cuerpo arde, quiere ser poseída.

Pero nos detuvimos ahí, riéndonos nerviosos. Quiero que sea perfecto, dijo él, y yo asentí, aunque mi panocha palpitaba de necesidad. Esa noche soñé con él follándome sin piedad.

Entrada 3: La entrega total

Han pasado dos días de tortura deliciosa, mandándonos fotos calientes – yo en lencería roja, él con la verga tiesa en la mano. Hoy lo invité a mi depa. Preparé mole poblano casero, el aroma picante llenando el aire, con arroz y nopales frescos. Llegó con una botella de mezcal de Oaxaca, ese que quema la garganta como el deseo.

Comimos en la terraza, las luces de la ciudad parpadeando abajo, el sonido de cláxones lejanos y perros ladrando. Hablamos de todo: de sueños, de miedos, de cómo esta conexión nos hace sentir vivos. Eres mi pasión desbordante, me dijo, y me besó con urgencia. Esta vez no paramos. Lo llevé a mi cuarto, la cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como seda.

Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel. Su cuerpo era puro músculo, pecho ancho con vello oscuro que olía a jabón y hombre. Besé su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando por su abdomen hasta su verga. La chupé despacio, saboreando el precum salado, metiéndomela hasta la garganta mientras él gemía ¡Órale, Ana, qué rica boca! Mis manos en sus bolas pesadas, masajeándolas, sintiendo cómo se contraían.

Me tumbó en la cama, abriendo mis piernas. Estás empapada, mi amor, murmuró, oliendo mi aroma almizclado de excitación. Su lengua en mi clítoris, lamiendo círculos perfectos, chupando suave luego fuerte. Gemí alto, mis caderas moviéndose solas, el placer subiendo como olas. Metió dos dedos gruesos en mi chocha, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, mientras lamía sin parar. ¡Sí, carnal, así! grité, corriéndome fuerte, mi jugo chorreando por sus dedos, el cuerpo temblando en espasmos.

Pero quería más. Cógeme ya, le rogué, jalándolo hacia mí. Se puso condón – siempre responsable, qué chido – y entró despacio. ¡Ay, qué llenura! Su verga gruesa estirándome, pulsando dentro. Empezó a bombear lento, profundo, cada embestida rozando mis paredes sensibles. El sonido de piel contra piel, chapoteando húmedo, llenaba la habitación. Sudábamos, el olor a sexo intenso, sus bolas golpeando mi culo.

Aceleró, follándome duro, mis uñas en su espalda, dejando marcas. Eres tan puta rica, jadeó él, y yo respondí ¡Más pendejo, dame todo! Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis chichis rebotando, sintiendo su pinga tocar mi cervix. Él desde abajo, pellizcando mis pezones, mirándome con ojos de fuego. Luego a cuatro patas, él agarrando mis caderas, embistiéndome salvaje, su mano en mi clítoris frotando. El orgasmo nos pegó juntos: yo gritando, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo; él gruñendo, llenando el condón con chorros calientes.

Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor. Me abrazó, besando mi frente, el corazón latiendo al unísono. El aire olía a nosotros, a pasión satisfecha, con el eco de la ciudad afuera.

Esta novela diario de una pasion apenas empieza. Diego es mi todo, y sé que vendrán más noches así de locas.

Ahora duermo en sus brazos, sintiendo su respiración calma contra mi piel. Mañana será otro capítulo.

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