La Pasion Final
El sol de la tarde caía a plomo sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el mar de un azul turquesa que invitaba a perderse en sus olas. Yo, Ana, caminaba descalza por la arena tibia, sintiendo cada grano rozar mis pies como una caricia preliminar. Hacía meses que no veía a Diego, mi amor de toda la vida, el wey que me hacía temblar con solo una mirada. Él había estado trabajando en la Ciudad de México, pero esta vez regresó con promesas en los ojos y un beso que sabía a tequila reposado.
¿Será esta nuestra pasión final? me pregunté mientras lo veía acercarse, su camisa blanca abierta dejando ver ese pecho moreno y musculoso que tanto extrañaba. Su sonrisa pícara, esa que dice "te voy a comer viva" sin palabras, me erizó la piel. Llevaba shorts ajustados que marcaban todo, y el viento traía su olor, mezcla de sal marina y colonia barata pero irresistible.
—Órale, mi reina, ¿me extrañaste? —dijo con esa voz ronca que me derrite, tomándome de la cintura y jalándome contra él.
—Neta, Diego, no tienes idea —respondí, mordiéndome el labio mientras mis manos subían por su espalda, sintiendo el calor de su piel bajo la tela fina—. Ven, vamos a la cabaña antes de que me vuelva loca aquí mismo.
La cabaña era nuestro refugio, un rincón de palmeras y hamacas con vista al Pacífico, lejos del bullicio de los turistas. Al entrar, el aire olía a coco y a las velas de vainilla que siempre encendía para ambientar. Cerró la puerta con un pie, y sin mediar más palabras, me besó. Sus labios eran urgentes, sabían a mar y a deseo acumulado, su lengua explorando mi boca como si quisiera devorarme entera. Gemí bajito, sintiendo mi cuerpo responder al instante, el pulso acelerado latiendo en mis venas.
Acto primero de nuestra danza: sus manos en mi blusa ligera, quitándosela con lentitud tortuosa, exponiendo mis pechos al aire fresco.
¡Qué chingón se siente su mirada devorándome!pensé, arqueando la espalda para que los viera mejor. Él suspiró, profundo, y bajó la cabeza para lamer un pezón, chupándolo con esa succión que me hace jadear. El sonido de su boca húmeda contra mi piel, el roce de su barba incipiente, todo era fuego puro.
Pero no era solo físico. En mi mente bullían recuerdos: las noches en Guadalajara robándonos besos en el auto, las promesas de futuro que el tiempo había puesto a prueba. Él iba a irse de nuevo, a un proyecto en Cancún, y esta podría ser nuestra pasión final antes de la distancia. Ese pensamiento me apretaba el pecho, pero también avivaba el fuego. Lo quería todo de él, ahora.
Lo empujé hacia la cama king size, con sábanas blancas crujientes que olían a lavanda fresca. Me quité el bikini inferior, quedando desnuda ante él, mi piel bronceada brillando bajo la luz dorada que se colaba por las cortinas. Diego se desvistió rápido, su verga ya dura saltando libre, gruesa y venosa, palpitando por mí. Es mía, pensé con un orgullo carnal.
—Ven aquí, cabrona —gruñó juguetón, jalándome sobre él—. Quiero sentirte mojada por mí.
Monté sus caderas, frotándome contra su longitud, sintiendo la humedad entre mis piernas untándose en él. El roce era eléctrico, cada movimiento enviando chispas por mi espina dorsal. Sus manos amasaban mis nalgas, apretando fuerte, dejando marcas que mañana dolerían rico. Olía a sudor fresco, a hombre excitado, y yo me perdía en ese aroma embriagador.
El medio tiempo llegó con besos que bajaban por mi cuello, mordiscos suaves en la clavícula que me arrancaban gemidos ahogados. Me volteó boca abajo, su cuerpo cubriendo el mío como una manta pesada y caliente. Sentí su peso, delicioso, sus dedos abriéndose paso entre mis muslos, encontrando mi clítoris hinchado. ¡Ay, wey, qué bien lo haces! grité en mi cabeza mientras él lo masajeaba en círculos lentos, introduciendo dos dedos en mi calor húmedo. El sonido era obsceno: chapoteos jugosos, mis jugos lubricando todo.
—Estás chorreando, mi amor —susurró en mi oído, su aliento caliente provocándome escalofríos—. Neta, me vuelves loco.
Me giró de nuevo, colocándome de rodillas. Entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Dios! El estiramiento, el roce de su grosor contra mis paredes internas, era puro éxtasis. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida profunda haciendo que mis tetas rebotaran y mi voz se quebrara en quejidos. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con el rugido lejano de las olas, creando una sinfonía erótica.
Pero había más: en su mente, yo lo sabía, luchaba igual que yo. Sus ojos, cuando me miraba, decían no quiero que esto sea el fin. Aceleró, sus caderas chocando con fuerza, una mano en mi cadera y la otra en mi pelo, jalándolo suave para arquearme. Sudábamos juntos, el olor salado impregnando el aire, mi boca seca pidiendo más. Lamí sus labios, probando el salitre de su piel, mientras él gruñía mi nombre como una oración.
La tensión crecía, mis músculos internos apretándolo, ordeñándolo.
Esta es nuestra pasión final si no luchamos por más, pensé con el corazón en la garganta. Le clavé las uñas en la espalda, dejando surcos rojos que mañana recordaría. Él respondió mordiendo mi hombro, el dolor placentero empujándome al borde.
—Córrete conmigo, Ana, córrete en mi verga —ordenó con voz entrecortada, su ritmo volviéndose salvaje.
El clímax nos golpeó como una ola gigante. Mi cuerpo se convulsionó, el placer explotando desde mi centro en oleadas que me nublaron la vista, estrellas bailando en mis párpados. Grité, un alarido gutural que salió del alma, mientras él se vaciaba dentro de mí, chorros calientes inundándome, su gemido ronco vibrando contra mi cuello. Nos quedamos así, unidos, temblando en el afterglow, el sudor enfriándose en nuestra piel pegajosa.
Después, en la quietud, él me abrazó fuerte, nuestros cuerpos entrelazados bajo las sábanas revueltas. El sol se ponía, pintando el cuarto de naranja y rosa, y el aroma de sexo flotaba pesado, mezclado con el jazmín del jardín. Besó mi frente, suave ahora, tierno.
—No va a ser nuestra pasión final, mi vida —murmuró, su mano acariciando mi vientre—. Te amo demasiado para dejarte ir. Me quedo aquí, contigo.
Sonreí, lágrimas de alivio picando en mis ojos. Neta, qué chido, pensé, acurrucándome en su pecho que subía y bajaba tranquilo. El mar cantaba su nana afuera, y en ese momento supe que esto era solo el principio de muchas más noches así. Nuestra pasión no tenía fin; era eterna, como el Pacífico besando la arena.