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Pasión Olímpica Sumergida

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Pasión Olímpica Sumergida

El sol de la Ciudad de México caía a plomo sobre la piscina olímpica del Centro Deportivo Olímpico Mexicano. El agua brillaba como un espejo turquesa, reflejando las siluetas atléticas que cortaban su superficie con precisión quirúrgica. Diego se lanzaba desde el trampolín de diez metros, su cuerpo moreno y musculoso surcando el aire antes de perforar el agua con un splash mínimo. Salió jadeando, el cloro impregnando su piel, el corazón latiéndole como un tambor de guerra. Neta, pensó, este entrenamiento me va a matar, pero órale, por los Juegos Olímpicos lo que sea.

Desde el otro lado de la piscina, Sofía lo observaba. Ella era la reina de los clavados sincronizados, con curvas que desafiaban la gravedad y una flexibilidad que volvía loco a cualquiera. Su traje de baño negro ceñía sus pechos firmes y su culazo redondo, gotas de agua resbalando por su piel olivácea como perlas de deseo. Diego la miró de reojo mientras se secaba con una toalla raída. Qué chula, wey, se dijo, si no estuviera tan enfocado en las Olimpiadas, ya le entraría. Pero la pasión olímpica ardía en ambos, un fuego que los consumía en cada salto, en cada entrenamiento.

Sofía se acercó al borde, sus pies descalzos chapoteando el azulejo mojado. "Órale, Diego, ¿ya te cansaste o qué? Pareces pendejo flotando ahí abajo", le gritó con esa voz ronca, juguetona, típica de chilanga que no se anda con rodeos. Él soltó una carcajada, el sonido rebotando en las gradas vacías. "Ven pa'cá, mamacita, y te muestro lo que es un clavado de verdad". Ella sonrió, mostrando dientes blancos y perfectos, y se subió al trampolín sincronizado. Juntos, practicaron la rutina: saltos idénticos, cuerpos girando en el aire, piernas estiradas como flechas. Al caer, sus manos se rozaron bajo el agua, un toque eléctrico que les erizó la piel a pesar del frescor clorado.

Después del entrenamiento, en el vestidor mixto que usaban los de élite —porque neta, en México las reglas se doblan para los que van a las Olimpiadas—, el vapor de las regaderas llenaba el aire con olor a jabón y sudor limpio. Diego se quitó el traje, su verga semierecta por el roce accidental de antes, colgando pesada entre sus muslos velludos. Sofía entró envuelta en una toalla, pero se soltó el cabello negro y largo, que cayó como cascada sobre sus hombros. "Ay, wey, mis hombros me duelen cañón. ¿Me das un masajito?", pidió con ojos pícaros.

¿Qué pedo? Esto es la pasión olímpica pura, pero si le digo que sí, ¿dónde nos lleva?

Diego tragó saliva, el pulso acelerándose. "Pásate, carnala". Ella se sentó en el banco de madera, la toalla cayendo un poco, revelando la curva de su nalga. Sus manos fuertes, callosas de tanto agarrar el trampolín, amasaron sus hombros. Sofía gimió bajito, un sonido que le vibró directo a la entrepierna. "Qué chido, Diego, no pares. Neta que tienes manos de oro". Él olió su aroma: mezcla de cloro, sudor salado y un toque floral de su shampoo. Sus pezones se endurecieron bajo la toalla floja, rozando accidentalmente su antebrazo. El aire se cargó de tensión, el vapor envolviéndolos como un velo íntimo.

La mente de Diego era un torbellino. Mierda, su piel es tan suave, como terciopelo mojado. Si bajo las manos un poquito más.... Sofía giró la cabeza, sus ojos cafés clavándose en los de él. "¿Sabes qué? Esta pasión olímpica nos está volviendo locos a los dos. Siento tu verga dura contra mi espalda, no seas pendejo, admítelo". Él rio nervioso, pero su cuerpo lo traicionaba, la polla ahora tiesa como barra de hierro, palpitando contra ella. "Neta, Sofía, desde que te vi hoy, no pienso en otra cosa. Pero las Olimpiadas...". Ella se levantó de golpe, la toalla cayendo al piso. Desnuda, gloriosa: pechos medianos con areolas oscuras, vientre plano marcado por abdominales, coño depilado reluciendo húmedo.

"Chíngate las Olimpiadas por un rato, wey. Quiero sentirte". Lo empujó contra la pared de azulejos fríos, sus labios chocando en un beso salvaje. Lenguas danzando, sabor a menta y cloro, manos explorando. Diego gruñó, palmeando su culo firme, dedos hundiéndose en la carne elástica. Ella le mordió el labio inferior, bajando la mano para acariciar su verga gruesa, venosa, el prepucio retrayéndose al revelar el glande morado hinchado. "Qué rica verga, Diego, neta que la quiero adentro".

El vapor los envolvía, gotas resbalando por sus cuerpos entrelazados. Sofía se arrodilló, el piso mojado salpicando sus rodillas. Tomó su polla en la boca, chupando con hambre, lengua girando alrededor del frenillo. Diego jadeó, el sonido gutural rebotando en las baldosas. ¡Puta madre, qué calientita y húmeda! Su saliva sabe a victoria. Olía a sexo incipiente, almizcle mezclado con cloro. Ella lo miró desde abajo, ojos lujuriosos, mientras lo mamaba profundo, garganta contrayéndose.

No aguantó más. La levantó, piernas alrededor de su cintura, espalda contra la pared. Su coño chorreaba, labios hinchados rozando la punta de su verga. "¡Métemela ya, cabrón!", exigió ella, empoderada, guiando la penetración. Entró de un solo empujón, apretada como guante de látex caliente, jugos lubricando cada centímetro. Diego embistió, pelvis chocando con plaf húmedos, tetas rebotando contra su pecho. "¡Ay, qué rico, más fuerte!", gritaba Sofía, uñas clavándose en su espalda, dejando surcos rojos.

Esto es la pasión olímpica en su máxima expresión, carnal. Sus paredes me aprietan, me ordeñan, voy a explotar.

Cambiaron posiciones: ella de espaldas, manos en el banco, culo en pompa. Diego la penetró desde atrás, bolas golpeando su clítoris, mano alcanzando para frotarlo en círculos. Sofía aullaba, "¡Sí, wey, así, no pares! Me vengo, me vengo...". Su coño se contrajo en espasmos, chorros calientes empapando sus muslos. Él aceleró, gruñendo como bestia, el orgasmo subiendo desde las bolas. "¡Me corro, Sofía!". Eyaculó dentro, chorros espesos llenándola, goteando por sus piernas mientras temblaban juntos.

Se derrumbaron en el banco, cuerpos sudorosos pegados, respiraciones entrecortadas. El vapor se disipaba, dejando el aire fresco. Sofía besó su cuello, saboreando sal. "Neta que fue chingón, Diego. Pero mañana volvemos a entrenar, ¿eh? Esta pasión olímpica nos va a llevar a las medallas". Él sonrió, acariciando su cabello húmedo. Qué mujer, wey. No solo el cuerpo, el alma también arde.

Salieron del vestidor tomados de la mano, el sol poniente tiñendo el cielo de naranja. La piscina brillaba aún, testigo mudo de su unión. En México, la vida es así: sudor, pasión y sueños olímpicos que se entretejen en algo más grande. Y ellos, listos para conquistar el mundo, juntos.

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