Pasión de Cristo en Semana Santa
El sol de mediodía caía a plomo sobre las calles empedradas de Taxco, Guerrero, durante esa Semana Santa que olía a incienso quemado y flores de bugambilia marchitas. Yo, María, de veintiocho años, caminaba entre la multitud devota, con mi rebozo negro cubriéndome los hombros y el escote que tanto me avergonzaba. La procesión de la Pasión de Cristo avanzaba lenta, con el Jesús de madera cargado por morenos costaleros que sudaban ríos bajo sus capirotes. El tamborazo retumbaba en mi pecho, mezclándose con el aroma dulzón de las velas y el sudor masculino que flotaba en el aire caliente.
¿Por qué carajos siento este calor en el vientre? me pregunté, apretando las manos contra el rosario que me clavaba las cuentas en la palma. Siempre había sido la niña buena, la que rezaba novenas y ayudaba en la iglesia, pero este año algo había cambiado. Quizás era la soledad después de mi ruptura con ese pendejo de ex, o el ayuno que me tenía mareada y sensible. Mis ojos se clavaron en él: un tipo alto, de piel morena bronceada, con el torso semidesnudo bajo la túnica morada de un nazareno. Llevaba una cruz ligera en el hombro, pero su mirada... ay, su mirada me traspasó como un latigazo.
Cuando la procesión se detuvo frente a la plaza, nuestros ojos se cruzaron. Él sonrió de lado, una sonrisa chueca y pícara que no pegaba con la solemnidad del momento.
¡Órale, María, contrólate! Esto es la Pasión de Cristo, Semana Santa, no un antro de perreo!me regañé en silencio, pero mis pezones se endurecieron contra la blusa de algodón, rozando la tela con cada respiración agitada.
Al final del Viacrucis, cuando la gente se dispersó hacia las posadas por unas memelas con salsa, él se acercó. Se llamaba Rodrigo, un chilango que venía cada año a participar por devoción familiar, pero con un cuerpo de gym que gritaba pecado. —Neta que luces como una virgen en ayuno, pero con ojos de loba —me dijo bajito, su aliento cálido oliendo a atole de chocolate. Reí nerviosa, sintiendo un cosquilleo en las nalgas que bajaba hasta mis muslos.
—No seas mamón —le contesté, pero no me aparté cuando su mano rozó mi brazo, áspera por el trabajo manual, enviando chispas por mi piel. Caminamos juntos hacia una callejuela estrecha, lejos del bullicio, donde el eco de las matracas aún resonaba. Hablamos de la Pasión de Cristo, de cómo el sufrimiento de Jesús nos recordaba el control del cuerpo, pero sus ojos devoraban mis labios hinchados por el mordisqueo nervioso.
El deseo empezó como un fuego lento. Me invitó a su casa rentada, una casita colonial con patio de buganvilias. ¿Qué estoy haciendo? Esto es Semana Santa, pendeja, pensé, pero mis pies lo siguieron. Dentro, el aire era fresco, perfumado con copal de la iglesia vecina. Se acercó despacio, su pecho ancho presionando contra el mío.
Sus manos en mi cintura, firmes pero tiernas, como si pidiera permiso con cada caricia.—Si no quieres, paramos, reina —murmuró, su voz ronca como trueno lejano.
—No pares, cabrón —jadeé, y lo besé. Sus labios sabían a sal y canela, su lengua invadiendo mi boca con hambre contenida. Gemí contra él, sintiendo su verga endurecerse contra mi vientre, gruesa y palpitante bajo la tela. Me quitó el rebozo, la blusa, exponiendo mis tetas llenas al aire fresco. Sus dedos jugaron con mis pezones oscuros, pellizcándolos suave hasta que dolió rico, haciendo que mi panocha se humedeciera como nunca.
En el cuarto, con velas parpadeando sombras en las paredes de adobe, la tensión escaló. Yo luchaba por dentro: La Pasión de Cristo nos enseña sacrificio, pero esto... esto es mi sacrificio al placer. Rodrigo me tendió en la cama de sábanas ásperas, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi clavícula. Bajó por mi panza suave, inhalando profundo mi aroma almizclado de mujer en celo. —Hueles a miel de maguey, chula —gruñó, y su boca encontró mi clítoris hinchado.
¡Madre santa! Su lengua era un torbellino, chupando, lamiendo, metiendo dedos gruesos en mi coño empapado que chorreaba jugos pegajosos. Mis caderas se arqueaban solas, clavando uñas en su espalda morena, oliendo a hombre puro, a tierra mojada después de lluvia. ¡Más, pinche chingón, hazme volar! grité en mi mente, mientras mis gemidos llenaban el cuarto, mezclándose con el lejano tañido de campanas de la catedral. Él lamía sin prisa, saboreando cada contracción de mis paredes internas, hasta que el primer orgasmo me azotó como un rayo, haciendo que mi cuerpo se convulsionara, squirteando en su boca ávida.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mis nalgas redondas, mordisqueando la carne tierna. Sentí su verga rozar mi entrada, caliente como hierro forjado. —Dime si sí, mi reina —pidió, y yo asentí, empinando el culo como perra en brama. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué verga tan culera, tan perfecta! Su grosor me llenaba, rozando ese punto adentro que me volvía loca. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un choque húmedo de piel contra piel, sus bolas peludas golpeando mi clítoris.
El ritmo creció, salvaje. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo impregnando el aire, mezclado con el incienso que entraba por la ventana abierta. Sus manos amasaban mis tetas colgantes, pellizcando pezones mientras me taladraba.
Esto es mi pasión, mi Semana Santa privada, lejos de cruces y ayunos, pensé en éxtasis. Él gruñía en mi oído: —¡Te aprietas como guante, pendejita caliente! Aceleró, follándome duro, el catre crujiendo bajo nosotros, mis jugos resbalando por mis muslos temblorosos.
Me giró de nuevo, cara a cara, queriendo verme gozar. Nuestros ojos se clavaron mientras entraba de nuevo, profundo, su pubis frotando mi clítoris. Besos feroces, lenguas enredadas, sal de sudor en la boca. Sentía su pulso acelerado contra mi pecho, su verga hinchándose más, lista para explotar. —Vente conmigo, Rodrigo, lléname —supliqué, y el clímax nos golpeó juntos. Él rugió, chorros calientes inundando mi útero, mientras yo me deshacía en espasmos, mordiendo su hombro para no gritar tan fuerte que nos oyeran en la procesión.
Quedamos jadeantes, enredados en sábanas empapadas. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón latiendo al ritmo del mío. Afuera, las campanas tañían la medianoche, recordándonos la Pasión de Cristo en Semana Santa, pero en ese momento, nuestra pasión era santa a su modo. Me acarició el pelo revuelto, besó mi frente perlada de sudor. —Eres fuego puro, María. Vuelve mañana, si quieres repetir el Viacrucis —dijo con picardía.
Me vestí despacio, sintiendo el semen tibio escurrir por mis piernas, una marca secreta de nuestra unión. Salí a la noche estrellada, el aire fresco calmando mi piel enrojecida. Caminé de regreso a casa con una sonrisa interna, el cuerpo saciado pero el alma en paz. Esa Semana Santa no solo reviví la Pasión de Cristo, sino que descubrí la mía propia: ardiente, consensual, empoderadora. Neta que valió la pena cada latigazo de placer.