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Como Reavivar La Pasion Dormida

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Como Reavivar La Pasion Dormida

Yo era Ana, una morra de treinta y tantos, casada con Marco desde hace diez años. Vivíamos en un depa chido en la colonia Roma, con vista a los árboles y el bullicio de la Ciudad de México que nos arrullaba cada noche. Pero últimamente, la rutina nos había chingado. Él llegaba del trabajo hecho pedo de cansancio, yo de la oficina con la cabeza en las nubes, y acabábamos cenando en silencio frente al tele, sin un beso que valiera la pena. ¿Cómo reavivar la pasión? me preguntaba yo mientras me miraba al espejo esa mañana, tocándome las curvas que aún me ponían caliente a mí misma. Neta, no iba a dejar que nuestro fuego se apagara como vela barata.

Decidí que esa noche sería la buena. Salí temprano del curro, pasé por el mercado de San Juan por unos chiles secos, chocolate amargo y una botella de mezcal artesanal de Oaxaca. En casa, prendí velas de vainilla que olían a pecado puro, puse a sonar una playlist de cumbias sensuales de Celso Piña, ese acordeón que te hace mover las caderas sin querer. Me metí al baño, llené la tina con agua caliente y pétalos de rosa que compré en la tiendita de la esquina. El vapor subía cargado de ese aroma dulce y terroso, y mientras me desnudaba, sentí un cosquilleo en la piel, como si mi cuerpo ya supiera lo que venía.

Si Marco me ve así, con el pelo suelto y oliendo a diosa, ¿resistirá? Tengo que ser yo la que encienda la mecha esta vez. No más noches muertas, wey.

Me puse un vestido negro ajustado, sin bra, que dejaba ver el escote justo lo necesario para volverlo loco. El tejido rozaba mis pezones endurecidos cada vez que me movía, y ya sentía esa humedad traicionera entre las piernas. Cuando oí la llave en la puerta, mi corazón dio un brinco. Marco entró, corbata floja, camisa arremangada mostrando esos antebrazos fuertes que tanto me gustaban.

¡Órale, mi reina! —dijo, oliendo el aire como perro de caza—. ¿Qué es este olor tan rico? ¿Celebramos algo?

Le sonreí con picardía, caminando despacio hacia él, mis tacones cliqueando en el piso de madera.

—Hoy reavivamos la pasión, carnal. Ven, siéntate. Te sirvo un mezcalito.

La cena fue puro fuego lento. Le platiqué del día mientras le ponía en el plato un mole de olla con un toque picante que hacía que sus labios brillaran. Cada bocado, lo miré fijo, lamiéndome los labios sutilmente. Él se reía, pero vi cómo sus ojos bajaban a mis tetas, cómo su mano rozaba mi muslo bajo la mesa. El mezcal nos calentaba la garganta, un ardor que bajaba directo al estómago y más allá. Afuera, la ciudad rugía con cláxones y risas lejanas, pero adentro, solo existía el rasgueo de la guitarra en la rola y nuestros alientos acelerados.

Después de comer, lo jalé a bailar. La cumbia nos envolvió, sus manos en mi cintura, mi culo presionado contra su entrepierna. Sentí su verga endureciéndose contra mí, dura como piedra, y me mordí el labio para no gemir ahí mismo.

Estás cañona esta noche, Ana —murmuró en mi oído, su aliento caliente con sabor a chocolate y chile.

Y tú estás listo para comerme entera, ¿verdad? —le contesté, girándome para besarlo. Nuestros labios se encontraron suaves al principio, probando, saboreando el mezcal en su lengua. Luego, el beso se volvió hambriento, dientes chocando, manos explorando. Le quité la camisa de un jalón, mis uñas arañando su pecho velludo, oliendo su sudor fresco mezclado con colonia barata que me volvía loca.

Lo llevé al baño, donde el agua aún tibia nos esperaba. Nos desnudamos mutuamente, riéndonos como chamacos. Su cuerpo era el mapa que conocía de memoria: el vientre firme, la verga tiesa apuntando al techo, venas palpitantes. La mía, suave y húmeda, lista para él. Nos metimos a la tina, el agua chapoteando, salpicando nuestras pieles ardientes. Me senté en sus piernas, sintiendo su calor contra mi panochita. Sus manos subieron por mi espalda, masajeando, pellizcando mis nalgas con fuerza juguetona.

Esto es, neta. Así se reaviva la pasión. No con palabras, sino con piel contra piel, con ese fuego que quema adentro.

Le mordí el cuello, saboreando la sal de su piel, mientras él chupaba mis tetas, lengua girando alrededor de los pezones oscuros y duros. Gemí bajito, el sonido rebotando en las baldosas. Mi mano bajó, agarró su pinga gruesa, la acarició despacio, sintiendo cómo latía en mi palma. Él gruñó, un sonido animal que me empapó más.

Te necesito ya, mi amor —jadeó.

Salimos empapados, dejando huellas de agua por el pasillo hasta la recámara. La cama nos esperaba con sábanas frescas de algodón egipcio que compré pensando en noches como esta. Me tiró sobre ella, su peso delicioso aplastándome, besos bajando por mi vientre. Olía a mi propia excitación, ese almizcle dulce que lo enloquecía. Separó mis piernas con ternura, pero firme, y su lengua encontró mi clítoris hinchado. Lamidas lentas, círculos perfectos, chupando como si fuera el mejor dulce del mundo. Mis caderas se alzaron solas, manos enredadas en su pelo, gritando su nombre.

¡Marco, sí, así, cabrón!

El placer subía como ola, tenso, apretado en mi bajo vientre. Él metió dos dedos dentro de mí, curvándolos justo ahí, ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteos rítmicos mezclados con mis jadeos y su respiración agitada. Me vine fuerte, temblando entera, olas de calor explotando desde mi centro, piernas apretando su cabeza.

Pero no paramos. Lo volteé, queriendo devolvérselo. Besé su pecho, bajando por el camino de vello hasta su verga. La tomé en la boca, saboreándola salada y caliente, lengua jugando en la punta. Él se arqueó, manos en mis hombros, gimiendo ronco. Mi hombre, todo mío, pensé, mientras lo chupaba más profundo, garganta relajada, oliendo su masculinidad pura.

No aguanto más, Ana —suplicó.

Me subí encima, guiándolo dentro de mí. Lentamente, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. Nuestros ojos se clavaron, sudores mezclándose, el cuarto lleno del olor a sexo crudo. Empecé a moverme, cabalgándolo, tetas rebotando, uñas en su pecho. Él embestía desde abajo, fuerte, profundo, cada choque enviando chispas por mi espina.

El ritmo aceleró, piel contra piel palmoteando, respiraciones entrecortadas. Sentí su verga hincharse más, mi panocha apretándolo como puño. Gemidos se volvieron gritos, la cama crujiendo bajo nosotros. Vine otra vez, convulsionando alrededor de él, y eso lo llevó al borde. Se vino con un rugido, caliente dentro de mí, pulsos interminables que nos unieron en éxtasis.

Caímos exhaustos, enredados, corazones latiendo al unísono. El aire olía a nosotros, a pasión reavivada. Lo besé suave, probando el sudor en su labio.

Te amo, mi vida —susurró, acariciando mi pelo.

Yo más. Y esto solo es el principio —le contesté, sonriendo en la penumbra.

Nos quedamos así, platicando pendejadas entre risas, planeando más noches locas. La pasión dormida había despertado, feroz y eterna. Afuera, la ciudad seguía su rollo, pero nuestro mundo era perfecto, caliente, vivo.

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