Pasión por el Fútbol Frases que Arden
El estadio Azteca rugía como un volcán en erupción, el aire cargado con ese olor inconfundible a sudor, cerveza y emoción pura. Yo, Karla, estaba ahí en la grada, con la camiseta de las Águilas bien puesta, gritando hasta quedarme ronca. ¡Vamos América, cabrones! Cada gol era un latido en mi pecho, una descarga eléctrica que me erizaba la piel. La pasión por el fútbol me corría por las venas como tequila añejo, ardiente y adictiva.
Al lado mío, un wey alto, moreno, con ojos que brillaban más que las luces del estadio, se paró de un brinco cuando Henry Martín metió el segundo. ¡Órale, qué chingón! gritó, y su voz grave me vibró en el cuerpo. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el balón rodara directo a mi entrepierna. Se llamaba Diego, lo supe porque su cuate lo aventó una chela y gritó su nombre.
—¡Puta madre, qué pasión por el fútbol frases como esta! —me dijo riendo, alzando su lata—. "El fútbol es vida o muerte", ¿no?
Me reí, sintiendo el calor de su brazo rozando el mío. Neta, este pendejo es guapo, pensé, mientras el sudor nos pegaba la ropa al cuerpo. —Simón, wey. Y tú, ¿siempre gritas así de rico?
El partido siguió, pero ya no lo veía igual. Cada pase, cada tackle, lo imaginaba en su piel morena, dura como el césped pisoteado. Al final, ganamos tres a uno, y la euforia nos envolvió. Diego me jaló del brazo: —Vamos por unas cheves, carnala. Hay que celebrar esta pasión por el fútbol.
Salimos del estadio hechos un desmadre, el ruido de las trompetas y los cánticos retumbando en mis oídos. Caminamos hasta un bar chiquito cerca del Estadio, con mesas de madera astillada y olor a tacos al pastor. Pedimos unas frías, y entre sorbos, empezó lo bueno. Diego recitaba frases de fútbol como si fueran poesía erótica.
—"El fútbol no es cuestión de vida o muerte, es algo más importante", dijo Bill Shankly, wey. ¿Qué opinas?
Yo me acerqué, sintiendo su aliento con sabor a limón y sal. Mi piel olía a él ya, a hombre sudado y excitado. Pasión por el fútbol frases que me ponían caliente. —Yo digo que es puro fuego, Diego. Como cuando tocas el balón y sientes el pulso acelerado, listo para meter gol.
Él sonrió, pícaro, y su mano rozó mi muslo bajo la mesa. Un toque leve, pero eléctrico, como un foul que te deja temblando. Hablamos de Maradona, de Hugo Sánchez, de cómo el "Pelé" mexicano nos hacía vibrar. Pero entre frases, sus ojos bajaban a mis tetas, apretadas por la camiseta. Yo sentía mi chucha humedeciéndose, el calor subiendo por mis piernas.
—Vámonos a mi depa, Karla —murmuró, su voz ronca como un narrador en tiempo extra—. Quiero oírte gritar goles en mi cama.
¿Y por qué no? pensé, mientras su boca rozaba mi oreja. El deseo era un partido empatado, y yo quería el desempate.
El taxi nos dejó en su colonia, un departamentito modesto pero chido, con posters de Chicharito en las paredes y olor a hombre soltero: colonia barata y algo de weed vieja, pero nada heavy. Apenas cerramos la puerta, sus labios chocaron contra los míos. Sabían a cerveza y victoria, duros y urgentes. Lo empujé contra la pared, mis uñas clavándose en su espalda mientras le quitaba la playera. Su pecho era puro músculo, marcado por horas de jugar fut en la liga amateur, sudoroso y salado al tacto.
—Pasión por el fútbol, frases que encienden —jadeé, lamiendo su cuello, oliendo su aroma macho mezclado con el mío, dulce y húmedo.
Diego me cargó como si fuera el trofeo, sus manos grandes amasando mis nalgas. Me aventó en la cama, el colchón crujiendo bajo nuestro peso. Me desvistió despacio, besando cada centímetro: mis pezones duros como pelotas de Champions, mi ombligo, bajando hasta mi tanga empapada. ¡Ay, wey! gemí cuando su lengua rozó mi clítoris, un tiro libre perfecto.
Yo no me quedé atrás. Le bajé el pantalón, su verga saltó dura, venosa, palpitando como un corazón en prórroga. La chupé con ganas, saboreando su precum salado, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca. Esto es mejor que cualquier golazo, pensé, mientras él gruñía y me jalaba el pelo suave, sin fuerza bruta, puro acuerdo mutuo.
Nos volteamos, yo encima, cabalgándolo despacio al principio. Su pija entraba y salía, rozando mis paredes calientes, un ritmo como el de un contragolpe. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa, el sonido de carne chocando llenando el cuarto. —¡Más rápido, Karla, como Layún en el área! —jadeó, y reí entre gemidos.
Escalamos juntos, mis tetas rebotando, sus manos guiándome. Sentía cada vena de su verga pulsando dentro, mi chucha apretándolo como guante. El olor a sexo nos ahogaba, almizcle y deseo puro. Internalmente, luchaba:
No quiero que acabe, pero ya vengo, carajo, pensé, mientras el orgasmo se armaba como un penal bien cobrado.
Explotamos al unísono. Él se arqueó, llenándome con chorros calientes, yo temblando encima, mi grito ahogado en su boca. ¡Gooool! chillé, riendo y llorando de placer. Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas, el corazón latiendo al unísono como tambores de estadio.
Después, acostados, con su brazo alrededor de mi cintura, piel aún tibia y pegajosa. Fumamos un cigarro —nada más, puro relax—, y hablamos bajito. —Esa pasión por el fútbol frases nos unió, ¿verdad? —dijo, besándome la frente.
—Simón, Diego. Pero esto fue el verdadero campeonato. Neta, qué chido fue.
Me fui al amanecer, con su número en el celular y el cuerpo marcado por sus besos. Caminando por la calle, el sol calentándome la piel, supe que volvería. El fútbol es pasión, pero esto... esto era fuego eterno. Próximo partido, wey, en tu cama.