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Obsesión Pasional en la Piel

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Obsesión Pasional en la Piel

Desde el balcón de mi depa en Polanco, con el skyline de la CDMX brillando como un mar de luces neón, lo vi por primera vez. Diego, el wey que acababa de mudarse al edificio de enfrente. Alto, moreno, con esa playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Neta, mi corazón dio un brinco. No era solo su cuerpo, era esa forma en que caminaba, confiado, como si el mundo le perteneciera. Sentí un calor subiéndome por el estómago, una obsesión pasional que me jaló de golpe, como si me hubieran inyectado fuego líquido en las venas.

Yo, Valeria, treintañera soltera con un jale chido en una agencia de diseño, no soy de las que se cuelgan de un carnal así nomás. Pero con él fue diferente. Cada noche, desde mi balcón, lo espiaba mientras fumaba un cigarro en el suyo. El humo se mezclaba con el aroma de las jacarandas que subía desde la calle, y yo imaginaba su olor: sudor fresco, colonia barata pero sexy, como esas de mercado que duran toda la noche.

¿Qué carajos me pasa? ¿Por qué no puedo dejar de pensar en cómo sería besarlo, morderle el cuello hasta dejarle mi marca?
Me tocaba despacito, con los dedos rozando mi piel bajo el camisón de satén, escuchando el tráfico lejano y el pulso acelerado en mis oídos.

Una tarde de esas calurosas de mayo, con el sol pegando como plomo derretido, nos topamos en el elevador del gym del edificio. Él sudado, con el torso reluciente bajo la luz fluorescente, oliendo a esfuerzo puro y hombre. Yo, en leggings y top deportivo, sintiendo mis pezones endurecerse al instante.

Órale, vecina, ¿vienes del cardio? —me dijo con esa sonrisa pícara, voz grave que me vibró en el pecho.

—Sí, wey, sudando la gota gorda —respondí, mordiéndome el labio sin querer—. Tú pareces que acabas de conquistar el mundo.

Reímos, y el elevador pitó al llegar. Nuestros brazos se rozaron al salir, una chispa eléctrica que me dejó la piel erizada. Esa noche no dormí, mi mente reproduciendo su risa, el calor de su piel tan cerca. La obsesión pasional crecía como lumbre en zacate seco.

Al día siguiente, lo invité a unas chelas en mi terraza. "Ven a ver el atardecer, carnal", le mandé por Whats. Llegó con una six de Indio y papas fritas, vestido casual pero que le marcaba todo. Nos sentamos en las sillas de mimbre, el sol tiñendo el cielo de naranja y rosa, el viento trayendo olor a tacos de la fonda de abajo.

Estás bien buena, Valeria —soltó de repente, sus ojos clavados en mis labios—. Neta, desde que te vi, no dejo de pensar en ti.

Mi pulso se disparó.

¡Es mutuo, pendejo! Quiero arrancarte la ropa aquí mismo.
En vez de eso, me acerqué, nuestras rodillas tocándose. Hablamos de todo: del pinche tráfico, de lo chido que es vivir en Polanco, de cómo la vida nos había puesto en el mismo edificio por algo. Sus manos grandes rozaban las mías al pasar la chela, y cada roce era como un beso preliminar. El alcohol calentaba mi sangre, y el aroma de su piel —jabón mezclado con sudor del día— me mareaba.

La tensión subió cuando anocheció. Las luces de la ciudad parpadeaban abajo, y el aire se sentía espeso, cargado de promesas. Él me miró fijo, su aliento cálido en mi cara.

—Valeria, me traes loco. Esa obsesión que siento... es pasional, wey. No aguanto más.

Lo besé. Sus labios eran suaves pero firmes, con sabor a cerveza y deseo puro. Nuestras lenguas se enredaron, un duelo húmedo y caliente que me dejó jadeante. Sus manos subieron por mi espalda, apretándome contra él, y sentí su verga dura presionando mi muslo. ¡Qué chingón! Mi coño palpitaba, mojado ya, ansioso.

Lo jalé adentro, cerrando la puerta con el pie. El depa olía a mi perfume de vainilla y a las velas que había encendido. Lo empujé contra la pared del pasillo, mordiéndole el cuello mientras él gemía bajito, sus dedos clavándose en mis nalgas.

Esto es lo que necesitaba, esta obsesión pasional que nos quema a los dos.

En el sillón de la sala, nos desvestimos con prisa pero saboreando cada centímetro. Su pecho ancho, cubierto de vello suave, olía a sal y masculinidad. Lamí sus pezones, sintiendo cómo se endurecían bajo mi lengua, mientras él me quitaba el brasier y chupaba mis tetas con hambre. Sus manos eran mágicas: una amasando mi seno, la otra bajando a mi entrepierna, rozando mi clítoris hinchado a través de las panties empapadas.

Estás chorreando, morra —murmuró, voz ronca, metiendo un dedo dentro de mí. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. El placer era eléctrico, ondas que me recorrían desde el coño hasta la nuca. Lo monté, su verga gruesa y venosa palpitando contra mi entrada. Bajé despacio, sintiéndolo estirarme, llenarme por completo. ¡Ay, cabrón! El roce era perfecto, su calor envolviéndome.

Cabalgamos con ritmo creciente. Sus caderas subían para embestirme más hondo, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. Sudábamos, el olor a sexo crudo llenando el aire —mio, suyo, nuestro—. Le arañé la espalda, dejando surcos rojos, y él me jaló el pelo suave, besándome con furia.

Esta obsesión pasional nos va a consumir, pero qué rico arder juntos.
Cambiamos: él encima, mis piernas en su espalda, penetrándome profundo. Cada estocada rozaba mi punto G, el orgasmo construyéndose como tormenta.

Vente conmigo, Valeria —gruñó, su ritmo volviéndose salvaje.

Exploté primero, un grito ahogado saliendo de mi garganta mientras mi coño se contraía alrededor de su verga, jugos calientes chorreando. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío. Nos quedamos así, pegados, pulsos latiendo al unísono, el sudor enfriándose en nuestra piel.

Después, en la cama king size con sábanas de algodón egipcio, nos acurrucamos. El ventilador zumbaba suave, trayendo aire fresco. Él me acariciaba el pelo, yo trazaba círculos en su pecho.

Neta, esto fue la neta —dijo, riendo bajito—. Tu obsesión pasional me contagió.

Sonreí, besándole el hombro.

Esto no es el fin, es el principio de algo que quema delicioso.
Afuera, la ciudad seguía su ritmo eterno, pero adentro, en nuestra burbuja de piel y suspiros, todo era perfecto. La pasión no se apaga; se enciende más.

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