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La Pasión Frases en la Piel

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La Pasión Frases en la Piel

La noche en Polanco olía a jazmín y a lluvia reciente, ese aroma que se pega a la piel como una promesa. Yo, Ana, acababa de salir del trabajo en la Condesa, con el cuerpo cansado pero el alma inquieta. Llevaba semanas sin ver a Marco, mi carnal de toda la vida, el vato que me hacía vibrar con solo una mirada. Nos conocimos en la uni, allá en la UNAM, y desde entonces, neta, no ha habido otro que me prenda como él.

Lo encontré en el bar de siempre, con su camisa negra ajustada que marcaba esos pectorales que tanto me gustaban. Me vio entrar y su sonrisa se iluminó como luces de neón en Reforma. Órale, morra, ¿qué onda? Pensé que te habías perdido, dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Nos abrazamos fuerte, su olor a colonia cítrica y sudor fresco invadiéndome los sentidos. Pedimos unos tequilas reposados, y mientras el hielo tintineaba en los vasos, empezó a soltarme la pasión frases. Eres como el tequila en mi sangre, quemas despacio pero me dejas loco, murmuró cerca de mi oreja, su aliento cálido rozándome el lóbulo.

Mi corazón latió más rápido. ¿Por qué carajos me afecta tanto? pensé, mientras sus dedos jugaban con el borde de mi blusa. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico, de la nueva rola de Natalia Lafourcade, pero entre líneas, la tensión crecía. Sus ojos cafés me devoraban, y yo sentía el calor subiendo por mis muslos. Vámonos de aquí, mi reina, propuso al fin, y no lo pensé dos veces. Salimos tomados de la mano, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego que ya ardía adentro.

En su depa en Lomas, todo era lujo sutil: luces tenues, velas de vainilla encendidas, y una playlist de cumbia rebajada sonando bajito. Me sirvió un mezcal ahumado, y nos sentamos en el sofá de piel suave. Esto va a ser chingón, me dije, mientras él se acercaba. Sus labios rozaron los míos en un beso lento, probando el sabor salado del tequila en mi lengua. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando el brasier con maestría. Tu piel es mi adicción, Ana, suave como el mezcal en la garganta, susurró, otra de esas la pasión frases que me deshacían.

¡Puta madre, este wey sabe cómo hacerme suya sin decir una palabra de más!

Me quitó la blusa con delicadeza, sus dedos trazando senderos de fuego por mis hombros. Yo le arranqué la camisa, sintiendo el calor de su pecho contra mis tetas. Olía a hombre puro, a deseo crudo mezclado con el humo del mezcal. Nos besamos con hambre, lenguas danzando como en una salsa callejera. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura presionando contra la tela. Estás listo para mí, ¿verdad, pendejo? le dije juguetona, y él rio bajito, ese sonido gutural que me mojaba al instante.

Lo empujé al sofá y me subí encima, frotándome contra él. Sus manos amasaron mis nalgas, firmes y posesivas. Te quiero sentir toda, mi chula, cada curva tuya es poesía, soltó, y juro que mi concha palpitó. Le desabroché el cinturón, liberando su miembro grueso, venoso, que saltó ansioso. Lo tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. Él gimió, un sonido animal que reverberó en mi vientre.

Me puse de rodillas entre sus piernas, el piso fresco contra mis rodillas desnudas. Lo miré a los ojos mientras lamía la punta, saboreando el gusto salado y almizclado de su pre-semen. Sí, así, cabrón, mírame mientras te chupo, pensé, metiéndomelo hasta la garganta. Él enredó los dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, solo acompañando el ritmo. Los sonidos húmedos de mi boca llenaban la habitación, mezclados con sus jadeos roncos. Eres una diosa, Ana, tu boca es fuego puro, gruñó, y aceleré, sintiendo mi propia humedad empapando las bragas.

No aguanté más. Me levanté, me quité la falda y las tangas de un jalón, quedando desnuda ante él. Mi piel brillaba bajo la luz ámbar, pezones duros como piedras. Marco se lamió los labios, ojos hambrientos. Ven aquí, mi amor, déjame probarte. Me acostó en el sofá, abriendo mis piernas con ternura. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo despacio, círculos expertos que me hicieron arquear la espalda. Olía a mi propia excitación, dulce y musgosa, y él la devoraba como si fuera el mejor taco de la taquería. ¡Ay, wey, no pares, neta que me vas a matar!

Introdujo dos dedos, curvándolos justo en ese punto que me volvía loca. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Estás chorreando por mí, ¿eh? Dime que me quieres dentro, murmuró contra mi piel. Sí, Marco, métemela ya, no aguanto, supliqué, voz entrecortada. Se posicionó entre mis muslos, la cabeza de su verga rozando mi entrada húmeda. Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo.

Empezamos a movernos, un ritmo pausado al principio, piel contra piel chapoteando. Sus embestidas profundas me robaban el aliento, el sudor perlando su frente, goteando en mi pecho. Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Más fuerte, carnal, dame todo, le pedí, y él obedeció, clavándose con fuerza, golpeando mi cervix en olas de placer. La habitación apestaba a sexo: sudor, fluidos, pasión cruda. Nuestros gemidos se fundían con la música, un coro primitivo.

Esto es lo que necesitaba, esta conexión que va más allá de la carne, sus palabras prendiendo el alma mientras su cuerpo enciende el fuego.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas guiaban, pero yo mandaba el ritmo, rebotando sobre él, mis tetas saltando. Lo veía desde arriba, músculos tensos, boca entreabierta en éxtasis. Eres mi reina, Ana, cabalga hasta que explotes, jadeó, pellizcando mis pezones. El orgasmo me golpeó como rayo: contracciones violentas, mi concha apretándolo como puño, chorros de placer escapando. Grité su nombre, el mundo borrándose en blanco.

Él no tardó, gruñendo como fiera mientras se vaciaba dentro de mí, semen caliente inundándome. Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas sincronizándose. Su mano acariciaba mi pelo húmedo, besos suaves en mi cuello. Te amo, morra, cada la pasión frases es por ti, susurró. Yo sonreí, sintiendo la paz post-orgasmo, el corazón lleno.

Nos quedamos así un rato, envueltos en sábanas frescas que olían a nosotros. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en ese depa, habíamos creado nuestro universo. Neta, este vato es lo mejor que me ha pasado, pensé mientras me dormía en su pecho, su latido como arrullo. La pasión no se acababa con el clímax; era eterna, como esas frases que nos unían piel con piel, alma con alma.

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